| Alessandro Baricco |
| Seda (fragmento)
59.
"Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin." |
| Julio Cortázar |
| Rayuela Cap. 68: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.". |
| J.M.Coetzee |
| Desgracia (fragmento) “Él disfruta con la alegría de ella, una alegría sin afectación. Le sorprende que una hora y media por semana en compañía de una mujer le baste para sentirse feliz, a él, que antes creía necesitar una esposa, un hogar, un matrimonio. En fin de cuentas, sus necesidades resultan ser muy sencillas, livianas y pasajeras, como las de una mariposa. No hay emociones, o no hay ninguna salvo las más difíciles de adivinar: un bajo continuo de satisfacción, como el runrún del tráfico que arrulla al habitante de la ciudad hasta que se adormece, o como el silencio de la noche para los habitantes del campo”. |
| Laura Restrepo |
| Delirio (fragmento) "Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien. Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles, la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza, hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender. La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa." |
| Virginia Woolf |
| Las olas (fragmento) "El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías." |
| Angeles Mastretta |
| Mujeres de ojos grandes ( fragmento) "Cuando la tía Carmen se enteró de que su marido había caído preso de otros perfumes y otro abrazo, sin más ni más lo dio por muerto. Porque no en balde había vivido con él quince años, se lo sabía al derecho y al revés, y en la larga y ociosa lista de sus cualidades y defectos nunca había salido a relucir su vocación de mujeriego. La tía estuvo siempre segura de que antes de tomarse la molestia de serlo, su marido tendría que morirse. Que volviera a medio aprender las manías, los cumpleaños, las precisas aversiones e ineludibles adicciones de otra mujer, parecía más que imposible. Su marido podía perder el tiempo y desvelarse fuera de la casa jugando cartas y recomponiendo las condiciones políticas de la política misma, pero gastarlo en entenderse con otra señora, en complacerla, en oírla, eso era tan increíble como insoportable. De todos modos, el chisme es el chisme y a ella le dolió como una maldición aquella verdad incierta. Así que tras ponerse de luto y actuar frente a él como si no lo viera, empezó a no pensar más en sus camisas, sus trajes, el brillo de sus zapatos, sus pijamas, su desayuno, y poco a poco hasta sus hijos. Lo borró del mundo con tanta precisión, que no sólo su suegra y su cuñada, sino hasta su misma madre estuvieron de acuerdo en que debían llevarla a un manicomio."
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| Pablo Neruda |
| Poema 14:
Juegas todos los días con la luz del universo./
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua./
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto/
como un racimo entre mis manos cada día./
A nadie te pareces desde que yo te amo. /
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas. /
¿Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur? /
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías. /
De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada. /
El cielo es una red cuajada de peces sombríos. /
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos. /
Se desviste la lluvia. /
Pasan huyendo los pájaros. /
El viento. El viento. /
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres. /
El temporal arremolina hojas oscuras /
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo. /
Tú estás aquí. Ah tú no huyes. /
Tú me responderás hasta el último grito. /
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo. /
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos. /
Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas, /
y tienes hasta los senos perfumados. /
Mientras el viento triste galopa matando mariposas /
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela. /
Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí, /
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan. /
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos /
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes. /
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote. /
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado. /
Hasta te creo dueña del universo. /
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues, /
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos. /
Quiero hacer contigo /
lo que la primavera hace con los cerezos./ (20 poemas de amor y una canción desesperada)
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| Milan Kundera |
| La insoportable levedad del ser (fragmento). "Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiro como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.....Y le dio pena que en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte). Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera que quería: El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.
(...)
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
(...)
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes."
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| jueves, julio 28, 2005 |
| Cuento: De Tritones y Salamandras por Yolanda Arroyo Pizarro |
Dedicado a Salamandra, el poemario de Octavio Paz (1961). Premio Autora Notable 2003—Editorial Pegaso Argentina
Tocó mis pliegues luego de mirarme a los ojos incandescentes. Cambiaron de color. Somos de sangre fría, pero en ese momento la mía se calentó. Descubrí que éramos muy similares. Manos y pies como aletas anfibias, escamas transparentes camaleónicas, branquias de membrana fina y alveolar en forma de serpiente. La fascinación de saberlo, de descubrir todo aquello de mí, le hizo cambiar sus colores termales. Pestañeé; erupciones de volcán inexplorado afloraron entre mis poros. Aspiré; piedras de coral en mares de neptuno me harían recodarlo desde ese momento para toda la vida. Exhalé; su naturaleza de salamandra con aroma de madera le hizo expeler perfume de especias. Olía a su madriguera, lo pude intuir.
Me comunicó lo del libro, su vivienda permanente desde que el amo le descubriera. Antes dormitaba nervioso, entre las hojas con lunares por letras; ahora se adecuaba al aposento de los versos con textura serena. El libro es el regalo a la mujer, y él, reptil flamante, su custodio.
El amo lo había descubierto por voz de la fémina sobresaltada. Ella, observando al lagarto con gracia, le había otorgado permiso para pernoctar a sus anchas. Espíritu elemental del fuego era el salamandra. Y ella, una sirena con dotes mágicos y poderes gitanescos obtenidos en un rito hechicero boca a boca, lava y mil fuegos.
El libro a veces humea a cigarro, a Cohíba, a tequila azul agave; en ocasiones, si se le lame lentamente, sabe a mermelada de melocotones. Él entonces, salamandra macho al fin, se sale y lo deja impregnarse de la esencia azafrán que la mujer del amo despide en cada convulsión. Vive en secreto totalmente conquistado por la hembra. Resiente que muchas veces su dueño también despida una convulsión perdido sobre ella.
“Soy un anfibio batracio”, le expliqué para convencerlo, para darle conversación y para tratar de hacerle parpadear, porque se quedaba en silencio mucho rato mirando mi complejidad escamosa. Cosa rara ésa, no huía ya de mí para irse a esconder en las páginas, ni merodeaba con sorna mi aspereza de unos doce besos de longitud. Tampoco corría ya por las paredes. Me olfateaba, me cercaba circularmente, me estudiaba imperioso. Aunque todavía se perdía fantaseando con mi cola y sus rojos y verdes y turquesas, como viendo a la gitana, en vez de verme a mí. “Yo sé perfectamente lo que eres. Cola de anguila” me llamó en una ocasión y ese día expandí mi cresta provocando la prolongación de la suya que se cernía altiva por encima del lomo. “Y tú tienes la piel granujienta” imputé yo, “de color pardo con manchas negruzcas en el dorso y rojizas en el vientre que saben a mar azul”. Entonces le pasé la lengua y concluí: “Salado.”
Que me parecía a la mujer del amo, decía él, y me confesó varias veces que en las noches de su acoplamiento vagaba insomne, mirándolos aparearse hasta un rato infinito. Yo me quise reproducir escuchándolo. Me llegó el celo y sus palabras me provocaron. Prismas y vitrales de agua; aire en combustión. Salamandras y tritones. La conciencia nos trató de convencer de nuestras diferencias, pero escalamos más allá de la conjunción de especies, permitiéndonos gemidos híbridos. El macho situado bajo la hembra; abrazos de patas anteriores y posteriores. Acto en desenfreno. Espermatóforos en el suelo. Abro mi espacio de hembra para él; luego nos dirigimos al agua. Deposito los huevos, los suyos, los míos; me besa los ojos y regresa al libro a vivir tomándome de las patas. Al cabo del tiempo y de los siglos, nos saludan las larvas aún sin branquias, inmortalizando nuestro paso por esencias en perfume pacholí.
Los amos continúan amándose en abrazo de eternidad sobre sabanas de milenios y tierra seca. Él a veces le lee poemas de Octavio Paz. Ella entonces decide aferrarse a su nuca. Se deja seducir. Con cautela, en más de una ocasión, la gitana abre el libro. Miles de ojos acompañados de un salamandra y una tritón se mecen entre las metáforas.
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posteado por Yolanda Arroyo Pizarro @ 11:51 PM  |
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| lunes, julio 25, 2005 |
| Cuento: Rapiña por Yolanda Arroyo Pizarro |
"El desenlace del cuento es estremecedor, pero es la conclusión lógica de una historia que desde la primera línea cautiva al lector. Cumple, cabalmente, lo que decía Quiroga de que “en un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia de las tres últimas.” Prof. Milagros Martínez Roche 12 mo. Certamen Literario Primer Premio 2005 Universidad Politécnica de Puerto Rico
Sus gritos superaban los elevados decibeles a los que cualquier ser humano común y corriente estaría acostumbrado, pero no había más gente por los alrededores—todos se hallaban en los diferentes cierres de campaña de los políticos de turno y los que no, observaban los acontecimientos desde sus televisores—, así que la resonancia tan sólo rebotaba en las paredes de la nada, en el espacio vacío que no era lo único que la escuchaba, pero que parecía ser lo único que le respondería. La nada. La nada y sus captores; ellos también recibían el impacto sonoro de aquel grito sobrenatural, descomunal, pero lo ignoraban como quienes se hacen indiferentes ante la angustia, ante la desesperación, ante tanto dolor. La impunidad profanaba las paredes del solitario callejón.
El más viejo de los dos hombres la tenía tomada del cuello, de espaldas a él, mientras el otro le rasgaba la ropa con torpeza. Ella movía la cabeza a diestra y siniestra, a la vez que pataleaba con todas sus fuerzas, y contorneaba el cuerpo como serpiente cascabel. A veces lograba morder a quien la tenía presa de la garganta, únicamente para provocar una bofetada mayor a la anterior, o un tirón de cabello que parecía desnucarla en cada una de las ocasiones.
Yo había comenzado por accidente a observar el espectáculo, congelado ante el pavor que me sobrevino, y acuartelado tras saberme tan impotente. La casualidad me había transportado hasta la susodicha calleja, justo detrás de aquel gigantesco zafacón —que ahora me servía de escondite—, en busca de cajas vacías para la mudanza que llevaría a cabo en los siguientes días. La victoria del partido contrincante era prácticamente un hecho, aunque aún faltaran cuarenta y ocho horas para el sufragio. Mi puesto no era uno de confianza, por cierto bastante insignificante, pero había llegado a él por una pala que parecía no volvería a renovar. Y sin la pala, no podría continuar mis funciones. Nadie me emplearía con mis antecedentes, con aquel secreto a cuestas.
Cavilando en ello había encontrado las cajas vacías mientras la soledad de aquel rincón se había ocupado de separarme del bullicio a distancia. El rugido de la muchacha me había puesto sobre aviso de que algo andaba mal.
Dejé a un lado todo para mirar mejor, con mucha pausa. No los había escuchado acercarse; ellos tampoco me habían visto ni escuchado a mí. Luego, la tiraron al suelo y comenzaron a darle de puños y patadas. Me agaché, evitando ser divisado, siguiendo algún estúpido instinto de supervivencia que rechazaba la premisa de mi superior fuerza física en contraste a la de aquellos dos hombres mucho más enclenques.
Sudando la gota gorda, me cubrí con alguno de los cartones y bolsas encontrados en la basura de aquel corredor maldito. Me aferré a la corbata que colgaba de mi cuello, como queriendo asfixiarme, y de algún modo mágico desaparecer. Me tapé la boca con una de las manos, no recuerdo cual y apreté la mandíbula. Entonces alcé el rostro bañado en sudor hacia arriba. Fue cuando lo descubrí. Era un búho.
Observaba con ojos grandes y muy abiertos la escena, lo mismo que yo. Curiosamente dirigía su cuello en rápidos movimientos de un lado a otro; a veces parecía que daba un giro total y absoluto a su cresta. Se hallaba detenido en una cornisa, majestuoso, pasando juicio sobre todo cuanto ocurría. Infundía terror y provocaba envidia; envidia porque podía marcharse en cualquier momento, a su antojo, y no ser echado en falta. Sin embargo se quedó. En un momento dado, mientras el más joven de los hombres agarraba las caderas de la chiquilla, el ave abrió grandes las alas. No fue hasta que la jovencita volvió a gritar ensordecedoramente, y volvió a contornearse como evitando ser dirigida hacia su funesto destino, que el búho abrió el pico y ululó.
El chillido, como el de un loco eremita, detuvo la ciudad, los altavoces, la publicidad, las pancartas en la infinita distancia. Sucumbió la ciudad precedida al silencio de las constelaciones en el firmamento, a la escasez de luna. Los dos hombres, petrificados momentáneamente, buscaron a tientas el origen del silbido ronco que no pertenecía a la garganta atrapada. Descubrieron el penacho de plumas brillosas y resplandecientes del rey de las aves nocturnas, encima del techo de una edificación abandonada. En otra dimensión, un chamán invocaba las deidades para que el búho hiciera acto de presencia. El ave no apareció en ese otro universo; se quedó con todos nosotros en éste, aquí, en medio del infernal recoveco torcedor de vidas.
El plumífero era un ejemplar avanzado en años, lo demostraba su chillido como el de un viejo chiflado. Internándose en la oscuridad, atravesando el cielo entre las noctámbulas nubes, logró materializarse y llegar a aquel destino de ángel vengador que le aguardaba.
Dio otro alarido, en medio de la quietud del alero, del cual colgaba una bandera partidista, justo en el instante en que la muchachita emitía un contundente clamor, un bramido frenético que para nada mostraba indicio alguno de rendición sin resistencia. El lamento de ella llegó acompañado de más forcejeos, y por ende sus forcejeos fueron recompensados con más golpes y dislocaciones.
Los hombres intercambiaron lugares. Fue cuando, aún agachado, pude reparar en el recién revelado rostro femenino que no superaba los diez años de edad. Los ojos apretados, resistiendo el embate, la boca ensangrentada acolchonada de golpes, los senos apenas florecidos y morados, la entrepierna destrozada.
Bajé la cabeza y las manos me recorrieron el cabello. Fueron tantos los recuerdos que divagaron por mi mente mientras razonaba, que el poder de ver detrás de las máscaras, el movimiento silencioso y veloz de la violencia, la visión aguda del llanto bajo las sábanas, el enlace entre el mundo oscuro e invisible y el poder de la luna, todo ello se manifestó ante mí con la sola presencia de aquel búho. Su plumaje de color oscuro rojizo, pardo y moteado en el lomo; el vientre amarillo, salpicado de manchas y atravesado de algunas líneas grisáceas bastante confusas supieron leerme el rencoroso corazón y la profundidad de mis intenciones.
El pico corto, inclinado y cubierto de plumas en la base, se abrió nuevamente. El pescuezo giró esta vez dando la vuelta por completo; las patas revestidas hasta las uñas, se encorvaron. Entonces se echó a volar.
Cuando dejé de mirarlo y regresé mi atención a la niña, ya los tétricos personajes se habían marchado, dejándola desamparada. Ella yacía desnuda en el suelo, maltratada, herida, como una flor que ha sido deshojada a la fuerza y cuyos pétalos luego han sido triturados sin la menor vacilación.
Su respiración era poca. Sus latidos muy vagos, muy leves, según pude comprobar luego de haberme acercado. La mayoría de sus huesos estaban rotos, incluido el del pubis; todos los orificios que palparon mis dedos estaban rasgados. Toqué sus pechos. Su piel languidecía temblorosa, embadurnada de sangre salada, en ocasiones agria según descubriera mi lengua. El rapaz nocturno acompañó nuevamente un muy débil aúllo que emitió la jovencita, esta vez de manera más desolada si fuera posible mientras sentía otra sombra sobre ella. Pronóstico de lo predecible, símbolo de mal agüero. El grito del búho siempre es señal de una muerte que acecha.
Las plumas de los búhos son suaves y aterciopeladas, no hacen ningún sonido cuando se lanzan a través de las negras capas del cielo. El silencio previo a que el búho se abalance, es el silencio de una bala; nunca se percibe hasta que te golpea. En algún lugar del crepúsculo, a merced de las tinieblas del terreno, creí oír cómo algo inocente se rompía, y emitía un último chillido antes de expirar.
Salí corriendo del callejón, luego de haberme limpiado la boca y la pelvis de fluidos. El ave voló sobre mi cabeza, como intentando descansar en una rama, como deseando posarse sobre ella. Entonces se lanzó en picada. |
posteado por Yolanda Arroyo Pizarro @ 1:44 AM  |
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| Autora |
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Nombre: Yolanda Arroyo Pizarro
País: Puerto Rico
Datos: Edad: 38 años "Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días."
Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Ha sido elegida como una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Ha sido merecedora de varias premiaciones literarias a nivel nacional e internacional; seis en Argentina, una en Chile, siete en Puerto Rico. Ha escrito para los periódicos El Nuevo Día, El Vocero de Puerto Rico, Claridad y La Expresión y sus ensayos y columnas se encuentran en la página de literatura ciudadseva.com, las revistas virtuales Cataliticos.com, Derivas.net, Letras Salvajes, Letralia.com y Narrativa Puertorriqueña. Algunos de sus cuentos confluyen en las revistas culturales Identidad de la UPR Aguadilla, Revista Púrpura, Preámbulos y Tonguas de la UPR Río Piedras. Es autora de los libros de cuentos, Ojos de Luna (2007) y Origami de letras (2004), además de una novela Premio PEN Club 2006, Los documentados (2005).
Todo sobre mi perfil...
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Libros Publicados |
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 Ojos de Luna, Terranova Editores (2007);Libro del Año 2007, Periódico El Nuevo Día; Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña.
 Los documentados, Ediciones Situm (2005); Premio PEN Club 2006
 Origami de letras, Publicaciones Puertorriqueñas (2004)
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 Antología: El Futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana. Eterna Cadencia Editora(2009)Argentina
 Poesía de los poetas hispanohablantes del mundo. Un homenaje a las mujeres rotas y a Simone de Beauvoir, en el centenario de su natalicio. Literalia Editores (2008)
 Los otros cuerpos: Antología de temática gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora, Editorial Tiempo Nuevo (2007)
 Bogotá 39: Antología de cuento latinoamericano, Ediciones B (2007) Colombia
 Antología Universidad Politecnica de Puerto Rico (2007)
 Antología Universidad Politecnica de Puerto Rico (2005)
 Antología en honor a Sor Juana Inés de la Cruz, Argentina, Pegaso Ediciones(2004)
 Antología en honor a Alfonsina Storni, Argentina, Pegaso Ediciones(2003)
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