lunes, febrero 28, 2011

Cuento: Rapiña por Yolanda Arroyo Pizarro

"El desenlace del cuento es estremecedor, pero es la conclusión lógica de una historia que desde la primera línea cautiva al lector. Cumple, cabalmente, lo que decía Quiroga de que “en un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia de las tres últimas.”
Prof. Milagros Martínez Roche
12 mo. Certamen Literario
Primer Premio 2005 Universidad Politécnica de Puerto Rico


Sus gritos superaban los elevados decibeles a los que cualquier ser humano común y corriente estaría acostumbrado, pero no había más gente por los alrededores—todos se hallaban en los diferentes cierres de campaña de los políticos de turno y los que no, observaban los acontecimientos desde sus televisores—, así que la resonancia tan sólo rebotaba en las paredes de la nada, en el espacio vacío que no era lo único que la escuchaba, pero que parecía ser lo único que le respondería. La nada. La nada y sus captores; ellos también recibían el impacto sonoro de aquel grito sobrenatural, descomunal, pero lo ignoraban como quienes se hacen indiferentes ante la angustia, ante la desesperación, ante tanto dolor. La impunidad profanaba las paredes del solitario callejón.

El más viejo de los dos hombres la tenía tomada del cuello, de espaldas a él, mientras el otro le rasgaba la ropa con torpeza. Ella movía la cabeza a diestra y siniestra, a la vez que pataleaba con todas sus fuerzas, y contorneaba el cuerpo como serpiente cascabel. A veces lograba morder a quien la tenía presa de la garganta, únicamente para provocar una bofetada mayor a la anterior, o un tirón de cabello que parecía desnucarla en cada una de las ocasiones.

Yo había comenzado por accidente a observar el espectáculo, congelado ante el pavor que me sobrevino, y acuartelado tras saberme tan impotente. La casualidad me había transportado hasta la susodicha calleja, justo detrás de aquel gigantesco zafacón —que ahora me servía de escondite—, en busca de cajas vacías para la mudanza que llevaría a cabo en los siguientes días. La victoria del partido contrincante era prácticamente un hecho, aunque aún faltaran cuarenta y ocho horas para el sufragio. Mi puesto no era uno de confianza, por cierto bastante insignificante, pero había llegado a él por una pala que parecía no volvería a renovar. Y sin la pala, no podría continuar mis funciones. Nadie me emplearía con mis antecedentes, con aquel secreto a cuestas.

Cavilando en ello había encontrado las cajas vacías mientras la soledad de aquel rincón se había ocupado de separarme del bullicio a distancia. El rugido de la muchacha me había puesto sobre aviso de que algo andaba mal.

Dejé a un lado todo para mirar mejor, con mucha pausa. No los había escuchado acercarse; ellos tampoco me habían visto ni escuchado a mí. Luego, la tiraron al suelo y comenzaron a darle de puños y patadas. Me agaché, evitando ser divisado, siguiendo algún estúpido instinto de supervivencia que rechazaba la premisa de mi superior fuerza física en contraste a la de aquellos dos hombres mucho más enclenques.

Sudando la gota gorda, me cubrí con alguno de los cartones y bolsas encontrados en la basura de aquel corredor maldito. Me aferré a la corbata que colgaba de mi cuello, como queriendo asfixiarme, y de algún modo mágico desaparecer. Me tapé la boca con una de las manos, no recuerdo cual y apreté la mandíbula. Entonces alcé el rostro bañado en sudor hacia arriba. Fue cuando lo descubrí. Era un búho.

Observaba con ojos grandes y muy abiertos la escena, lo mismo que yo. Curiosamente dirigía su cuello en rápidos movimientos de un lado a otro; a veces parecía que daba un giro total y absoluto a su cresta. Se hallaba detenido en una cornisa, majestuoso, pasando juicio sobre todo cuanto ocurría. Infundía terror y provocaba envidia; envidia porque podía marcharse en cualquier momento, a su antojo, y no ser echado en falta. Sin embargo se quedó. En un momento dado, mientras el más joven de los hombres agarraba las caderas de la chiquilla, el ave abrió grandes las alas. No fue hasta que la jovencita volvió a gritar ensordecedoramente, y volvió a contornearse como evitando ser dirigida hacia su funesto destino, que el búho abrió el pico y ululó.

El chillido, como el de un loco eremita, detuvo la ciudad, los altavoces, la publicidad, las pancartas en la infinita distancia. Sucumbió la ciudad precedida al silencio de las constelaciones en el firmamento, a la escasez de luna. Los dos hombres, petrificados momentáneamente, buscaron a tientas el origen del silbido ronco que no pertenecía a la garganta atrapada. Descubrieron el penacho de plumas brillosas y resplandecientes del rey de las aves nocturnas, encima del techo de una edificación abandonada. En otra dimensión, un chamán invocaba las deidades para que el búho hiciera acto de presencia. El ave no apareció en ese otro universo; se quedó con todos nosotros en éste, aquí, en medio del infernal recoveco torcedor de vidas.

El plumífero era un ejemplar avanzado en años, lo demostraba su chillido como el de un viejo chiflado. Internándose en la oscuridad, atravesando el cielo entre las noctámbulas nubes, logró materializarse y llegar a aquel destino de ángel vengador que le aguardaba.

Dio otro alarido, en medio de la quietud del alero, del cual colgaba una bandera partidista, justo en el instante en que la muchachita emitía un contundente clamor, un bramido frenético que para nada mostraba indicio alguno de rendición sin resistencia. El lamento de ella llegó acompañado de más forcejeos, y por ende sus forcejeos fueron recompensados con más golpes y dislocaciones.

Los hombres intercambiaron lugares. Fue cuando, aún agachado, pude reparar en el recién revelado rostro femenino que no superaba los diez años de edad. Los ojos apretados, resistiendo el embate, la boca ensangrentada acolchonada de golpes, los senos apenas florecidos y morados, la entrepierna destrozada.

Bajé la cabeza y las manos me recorrieron el cabello. Fueron tantos los recuerdos que divagaron por mi mente mientras razonaba, que el poder de ver detrás de las máscaras, el movimiento silencioso y veloz de la violencia, la visión aguda del llanto bajo las sábanas, el enlace entre el mundo oscuro e invisible y el poder de la luna, todo ello se manifestó ante mí con la sola presencia de aquel búho. Su plumaje de color oscuro rojizo, pardo y moteado en el lomo; el vientre amarillo, salpicado de manchas y atravesado de algunas líneas grisáceas bastante confusas supieron leerme el rencoroso corazón y la profundidad de mis intenciones.

El pico corto, inclinado y cubierto de plumas en la base, se abrió nuevamente. El pescuezo giró esta vez dando la vuelta por completo; las patas revestidas hasta las uñas, se encorvaron. Entonces se echó a volar.

Cuando dejé de mirarlo y regresé mi atención a la niña, ya los tétricos personajes se habían marchado, dejándola desamparada. Ella yacía desnuda en el suelo, maltratada, herida, como una flor que ha sido deshojada a la fuerza y cuyos pétalos luego han sido triturados sin la menor vacilación.

Su respiración era poca. Sus latidos muy vagos, muy leves, según pude comprobar luego de haberme acercado. La mayoría de sus huesos estaban rotos, incluido el del pubis; todos los orificios que palparon mis dedos estaban rasgados. Toqué sus pechos. Su piel languidecía temblorosa, embadurnada de sangre salada, en ocasiones agria según descubriera mi lengua. El rapaz nocturno acompañó nuevamente un muy débil aúllo que emitió la jovencita, esta vez de manera más desolada si fuera posible mientras sentía otra sombra sobre ella. Pronóstico de lo predecible, símbolo de mal agüero. El grito del búho siempre es señal de una muerte que acecha.

Las plumas de los búhos son suaves y aterciopeladas, no hacen ningún sonido cuando se lanzan a través de las negras capas del cielo. El silencio previo a que el búho se abalance, es el silencio de una bala; nunca se percibe hasta que te golpea. En algún lugar del crepúsculo, a merced de las tinieblas del terreno, creí oír cómo algo inocente se rompía, y emitía un último chillido antes de expirar.

Salí corriendo del callejón, luego de haberme limpiado la boca y la pelvis de fluidos. El ave voló sobre mi cabeza, como intentando descansar en una rama, como deseando posarse sobre ella. Entonces se lanzó en picada.

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Acerca de mí

Mi foto
"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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