viernes, octubre 19, 2007

Después del viaje: Entrevista a Yolanda Arroyo Pizarro

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Yolanda Arroyo Pizarro: Después del viaje
Por Marioantonio Rosa
Especial para En Rojo
Periódico Claridad



Si en el insomnio estás, y el no dormir, va quedando en una gracia fija a la palabra, entonces dormir es desvariar, y en rico insomnio las palabras son grandes y fieles. Y es que el duermevela puede tener un carámbano de fantasía capaz de estremecer a un escritor, volverle intenso, empujarlo a la escritura iluminada. No soy capaz de decir cuánto me faltan las calles, escribe Charles Dickens en 1846 en Lausana. El gran escritor, amparado en su muy personal insomnio, se dejaba llevar por sus pies caminando medio Londres, buscando los ángulos, buscando otra ciudad en epidermis oculta de la que conocía. No estaba equivocado, había mucha piel. La suficiente para sus escritos memorables. No contemplaba los faroles de Holborne para aprender aritmética, o pasearse invisible por Charing Cross. Lo importante era que deambular significaba ser invisible para los demás y para sí mismo. Dickens no absorbía la impronta de las cosas en su espíritu, antes podríamos decir que su espíritu dejaba huella en las cosas. He aquí entonces un derroche dorado del buen insomnio.

Yolanda Arroyo inicia el pórtico escribiendo con intensidad. El papel va tomando forma y personalidad al filo del tema desangrado en imágenes y caminos. Empieza el recorrido por su imaginación que puede ser una ciudad sin dimensiones cercanas, una Seva, una Atlántida, un Teotihcuacán bajo las lámparas y los aullidos del ritual, bajo los ojos de la luna. Eso puede pasar bajo la rúbrica del insomnio. No duermo, por lo tanto escribo, leo, conquisto una palabra, defiendo personajes, los destruyo y los vuelvo a concluir.

Llega muy contenta con su última vivencia. Colombia, El Encuentro Hispanoamericano de Escritores de menos de 39, donde se ha reunido la nueva cosecha de narradores en surco al futuro de la Literatura Latinoamericana le ha brindado muchas satisfacciones. Un gran evento bajo la sombrilla de 60 actividades donde se ha discutido el rumbo de la narrativa y la novela en Centro y Sur América. En palabras de Piedad Bonnet quien tuvo a cargo la selección de los escritores participantes a este importante Congreso se buscaba y citamos que; “los seleccionados evidenciaran un conocimiento de la literatura que se hace internacionalmente, queríamos que se adivinaran grandes lectores detrás de los escritores”. En adición se hizo énfasis en los lenguajes novedosos, arriesgados, y mundos particulares. Existe consenso entre los escritores invitados sobre cuál género novelístico abre guiños en los lectores; si es la novela negra, la novela policial o los relatos fantásticos. Los escritores ya no suscriben un “Boom” como el que invadió el continente en los años 60. La robusta vida cibernética acerca fronteras, diálogos, diatribas sobre los nuevos escritos, los nuevos mensajes, el clamor de la posmodernidad, otras miradas, un gran futuro rodante en la diversidad, y eso le da alas fijas a una gran literatura.

Aun estando todos tan cerca, sigue la misma pregunta que siempre ha deslumbrado a Juan Goytisolo, ¿por qué escribimos? ¿es una obsesión? ¿una especie de amor incomprendido que nos toca, abre desvelos y símbolos, nos deja, y entonces le seguimos? Goytisolo ha dicho que escribe para ser un poco más feliz, que, en realidad es consumación de ese amor en tránsito, es decir, un acto de plenitud. Yolanda Arroyo Pizarro habla de la precocidad en el descubrimiento del verbo. Recuerda la biblioteca de su escuela, la escala de los libros y el presagio de una continua seducción que nunca le ha abandonado. Recuerda el primer contacto apalabrado y fiel; una antología de textos hispanoamericanos que disfrutaba entre vivos pasajes de personajes e idiomas del infinito que Yolanda fue fraguando con profundo celo terrenal. Recuerda, aún más, El Principito libro de ternura y amuleto definitivo, caminante con ella, durmiente en su marejada creativa. La narrativa en sus manos tuvo dos residencias; la fotográfica y la del verbo total.

Sigue recordando sus entornos: el Barrio Amelia de Cataño, una escuela, y otro gran narrador que adora, Emilio Díaz Varcárcel. ¿Cuál libro amas de Emilio? Dicen que de Noche tú no duermes, pues se sintió tan cerca que fue a esa escuela, e hizo la pregunta obligada. No, era otro nombre, Zenón Díaz Varcárcel, sin incidentes genealógicos, sin brújulas al escrito. Aún así, en estos momentos se encuentra digitalizando toda la obra de Emilio Díaz Varcárcel, ejercicio para la posteridad, de uno de nuestros más insignes escritores, ahí está la diferencia.
Su padre era un lector constante. He aquí entonces la primera residencia de su narrativa. La lectura, de las tirillas cómicas del Viejo Oeste le provocaba gran fascinación. Sus ojos, en el buen decir del hurgar, habitaban otra historia de la que su padre estaba leyendo. Ya captada la imagen, dibujaba y dibujada, quizás, ese Roy Rogers sin fuerte cintura de pistolas, o Gene Autry sin amaneceres de ataques indígenas, peleando el territorio herido. Quizá la historia pudiera ser El Llanero Solitario, buscando la luz acompañada por un buen tarro de cerveza, o El Zorro sin ese negro de guerrillas, tranquilo, tímido y de adusta belleza sentado en la comisura de una colina mirando los nuevos retos del horizonte, las batallas del mañana.

La lectura la atrapa, los libros van llegando a su alma, van llegando a su imaginación. Ya no importaba el género o la territorialidad del título. Podía ser el Almanaque Mundial, una enciclopedia, revistas literarias, paisajes de la vida en fin, su manera de leer cada palabra ofrecida, le brindaba el caminar a lo Charles Dickens por esos ángulos introvertidos que el mundo no gusta ofrecer a los mortales. Pero la vida misma siempre ofrece al verdadero escritor, misterios admirables. Nos dice Yolanda Arroyo que la palabra ha sido también una salvación. Entonces recordamos al maestro Francisco Matos Paoli, la irradiación cósmica, la vuelta genuina al ser que desterramos, la poesía… que salva en silencio. La vida, en el caso de Yolanda, toma unos giros que le hacen posponer ese ritual muy de ella, de escribirles a las burbujas de diálogo de sus relatos dibujados, fotográficos, en parlamento cinematográfico; la muerte de un gran amigo, caminante del alma; de los sentidos en iluminación, la muerte de sus abuelos, otros padres en infinitud de crianza y cariño; y luego el nacimiento de su hija Aurora. Aquí entramos a la residencia del verbo total. Se plantea una multiforme actitud para escribir. La profunda depresión de estos eventos; los primeros dos como lección de vida, el tercero como himno de amor, pero provocado por el síntoma post-parto, la animan a escribir con otra sintonía. Escribe un libro aún inédito, Conversaciones con mi hija, donde toda palabra escrita amarra una totalidad, un esplendor secreto que no conocemos.

La escritora entonces navega libre hacia su propia identidad, hacia el entorno sediento y necesario. En el 2003 es incluida en la Antología Alfonsina Storni de Narrativa, en el 2004 hace lo propio entrando con brillo a la Antología Sor Juana Inés de la Cruz, gana en ese mismo año el premio Origami de letras, asiste a los talleres de narrativa de Mayra Santos Febres y Luis López Nieves. En el 2005 gana mención de honor con su novela Los Documentados, en el certamen del PEN CLUB de Puerto Rico y logra un importante premio en Chile, el Viscondia. Chile, es exigente en sus parámetros de calidad. Hemos compartido poesía con Raúl Zurita. Hemos tertuliado con brillantez sobre Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda. Raúl Skármeta nos llenó con su jovialidad y talento en esa hermosa FIL de Guadalajara del 2001 y Nicanor Parra abrazó nuestra cepa caribeña de poesía. Por tanto es más que orgullo que Yolanda Arroyo siga abriendo el surco de nuestra literatura en esta tierra hermana.

Pero no llega sola a nuestra entrevista. Nos brinda su última entrega literaria, Ojos de Luna, de la Editorial Terranova. La portada nos muestra las dulces mordidas de un ciclo lunar. La luna o Selene, o cascabelera como le llamaría La Sonora Matancera allá en la Cuba de los 40, brinda un mosaico muy particular, pero Yolanda ha preferido ponerle panderos ancestrales. La luna como cauce en las tradiciones, la luna de plata y rojo en el cauterio del ciclo menstrual, a su vez como melao-melamba en el cambio de los rostros, las máscaras vivas y jugosas de la imagen y la poesía, el secreto del poder femenino, la insolación lunar, sí, puro pozo de magia en la conjunción entre el lector y la escritora.

Dejamos como línea de seducción el cuento que abre el libro, Los Ojos de la Luna, Hispaniola 1493. Hispaniola, Santo Domingo, tierra de los futuros Pedro Mir, Marcio Veloz o Juan Bosch, tierra de 1493 aún tupida de senderos vírgenes, aún buscándose en la fisonomía inconclusa de cualquier alborada, aún ardiendo identidad en el vapor cenizo de los Areytos. En la historia, que da arranque al libro hay carencia de hombres. Los ataques caníbales de los Caribes iban haciendo ausencia, vacío, estupor nocturno y sobre todo soledad entre las mujeres indígenas. Deciden congregarse y crear su propio ejército en contra de los Caribes y en ese ímpetu se van a rienda las fluctuaciones mágicas entre ellas mismas. Los vientres se concilian con la recogida del ciclo menstrual, bajo el oráculo de las niñas. Allí Amina, bajo la emisión de sangre del ritual, pide convertirse en Anacaona, la Gran Cacica, junto sus gradas humeantes de Yucayeques, Anacaona diezma las cabezas de los guerreros caribes, los que han provocado que muchos maridos no regresen. Este relato posee una gran fuerza, repta al lector a sentirse en el mismo temblor de la descripción y el drama del desenlace. ¿El resto de este libro? Tarea para los lectores quienes disfrutarán de una lectura excelente, de un libro potente y con luz de trascendencia.

Yolanda Arroyo Pizarro es escritora de los tiempos literarios que vivimos, que aspiramos a escribirlos en tiempo de eternidad, y que dejarán páginas y páginas de testimonios y duelos, aplausos o dudas, pórticos o silencios. Un autor se fusiona con todos estos alientos, pero no importa, eso lo hace un autor fuertemente vigente, es esa diversidad, bravía, profunda y riquísima en matices. Yolanda es provocadora en el decir de sus relatos. Nos empuja a leerla, a buscarla, a perderla y al final, sin mediar el laberinto, nos inicia a esperar el próximo relato.

Les invitamos a visitar su Blog al que ha llamado, Boreales. ¿Premonición? Pueden ir a: http://narrativadeyolanda.blogspot.com

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me facino el ultimo parrafo. Por que se siente como yo te siento. Como siempre estoy orgulloso de ti...Espero que estes bien...Te extrano...
.:Jack:.

Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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