jueves, mayo 09, 2013

Discutiendo 'las Negras' y 'Caparazones' con el grupo de Español Avanzado de la UNE

Agradezco infinitamente al grupo de Español Avanzado, del Dr. Edgardo Machuca, de la Universidad del Este por haberme invitado a su clase nocturna para discutir el texto 'las Negras' y 'Caparazones' con los estudiantes. Fue una experiencia extraordinaria.

domingo, mayo 05, 2013

Reseña a la Antología Gaybiqueer de cuento y cómic pornoerótico de Pingazos, Puerto Rico 2013



Apuntes para la ovación de un texto postransgresor y necesario
Antología Gaybiqueer de cuento y cómic pornoerótico de Pinga[zos], 2013
Por Yolanda Arroyo Pizarro

 

Una vez le escuché decir a una mujer lesbiana, de evidente constitución masculina, la frase: ¡Agárrame la pinga! De inmediato, sentí sorpresa y me dieron ganas de reír, lo cual no hice, porque aquella mujer era muy peligrosa, y yo los peligros me los tomo muy en serio. Al quedarme sola reflexioné sobre el poder que tiene la palabra Pinga. Tal es el poder, que de chicos, cuando se le escapaba a alguno de los muchachitos del colegio católico al que yo asistía, la pescozá de monja menopáusica, y luego el castigo, sellaban la advertencia de no volver a repetir esa palabra.
 
Increíblemente, ahora que lo recuerdo, todos los chicos que alguna vez se habían atrevido a decir Pinga en la niñez, son hoy por hoy homosexuales adultos hechos y derechos. Al parecer hay una conexión directa con ser arrojado y atrevido, en lo que a transgresión sexual se refiere desde los pininos, hasta la consecución de un individuo adulto en pleno ejercicio de su libertad sexual. Si lo analizamos, decir Pinga en una época en la que era inaudito decirlo, y en un entorno en el que era impensable mencionarlo, también puede ser considerado como uno de los más extremos ejercicios de libertad en aquel entonces. Es posible que estos jovencitos que decían Pinga ya venían retando el orden, ya venían rompiendo esquemas. Incluso la mujer lesbiana que me lo dijo a mí, que me vociferó el primer ¡Agárrame la pinga! de mi vida estaba, a su vez, retando el orden y rompiendo esquemas.

De más está decir que ante la épica noticia de la puesta en circulación de un texto como este, una antología puertorriqueña que lleva en su portada y adentros, en sus vísceras, la idea y la palabra a tutiplén, no pude hacer otra cosa que celebrar. Fue un placer para mí que Max Charriez me ofreciera el honor de presentar la misma.

Una minuciosa búsqueda en Google Scholar y Google Books demuestra que no existe un solo libro en español en cuyo título aparezca la palabra Pinga, al menos en el contexto sexual libertario con el que aquí se utiliza. Sí hay en Latinoamérica una tribu de los pinga y sí hay en la academia apellidos que lo contienen, como por ejemplo, un especialista chino llamado Shu-Pinga, y un educador asiático-americano llamado Wang Pinga que estudia el “Empirical Analysis to the Effect of Higher Education in Economic Growth” en la University de Lanzhou, China oriental.

En Amazon solo aparece un libro publicado por Ancestry.com, que da explicaciones del apellido Pinga, The Pinga Name in History. Sin embargo, pueden adquirirse gorras, llaveros y hasta baberos para los PingaLovers, porque resulta que para muchos Pinga es un pingüino muy adorable cuyas aventuras imagino que consisten en hacerse de un amante pingüino homosexual.

En el Dirty Spanish Workbook Filled with Slang, Sex and Swearing que también consulté y se consigue en Amazon, existe una entrada para la palabra Pinga que me parece es la que nos interesa aquí a todos: [Pinga: pene, miembro sexual masculino].

Cristhian Barragán Pérez en su ensayo ‘Para una literatura queer’ propone: “La literatura es un performance. Nada más irrevocable que la mutabilidad del texto literario. A partir de su composición es posible movilizar e interpretar la realidad en múltiples contextos y niveles de representación.” Para mí, el contexto y la representación más elocuente de la publicación de esta antología es precisamente el hecho de que haya sido posible publicarla.  Existe allí un acto de libertad tan crudo como apasionado. Esta antología representa un gran paso no solo en la cartera de haberes y existencias de la literatura queer LBGTT de Puerto Rico, sino también del mundo hispano. En Santo Domingo y Panamá, por ejemplo, no existe un texto tan osado que incluya la amalgama de voces elocuentes y talentosas que aquí comparten. No solo no existe, lo poco que existe se guarda en las librerías en la parte de atrás, se esconde y solo aquellos aventados que se lanzan a solicitar tal literatura ejercen una libertad completa, a expensas de las miradas condenatorias de libreros y público lector.  En Ecuador, por ejemplo, un extraordinario y bello país que nos acaba de cobijar por un ratito a Zulma y a mí en el Primer Coloquio Pensando lo Queer en América Latina, ni siquiera se guarda la literatura queer en la parte de atrás. Simplemente no existe, o no la permiten.

Puerto Rico sí tiene y para los que no se han enterado, no es que llegamos para quedarnos, es que siempre hemos existido y continuaremos quedándonos. El artículo ‘La homosexualidad en la América Preshipánica’ de Félix Esteves, Caracas, abril 2012 explica claramente cómo desde que América fue descubierta y explorada (s. XV al s. XVI) sus conquistadores, tanto españoles como portugueses, se dieron cuenta de que las relaciones hombre-hombre, mujer-mujer era algo común y corriente entre los nativos, pero como “la Península Ibérica fue “invadida” por más de una decena de Tribunales del Santo Oficio de la Inquisición, que convirtieron a la homosexualidad, llamada para aquel entonces como sodomía, en un terrible crimen tan nefasto y aún más grave y peligroso que el homicidio” las practicas fueron censuradas.

Sin embargo, no borremos la realidad de la historia, que para eso está ahí: en América Prehispánica la homosexualidad era algo común y corriente y existía desde el estrecho de Berhing hasta la parte más meridional del cono sur, tal como lo afirma el historiador e investigador venezolano Antonio Raquena en esta crónica:

... “muchos destos indios y indias eran sodomitas”… “en algunas partes destas indias, traían por joyel a un hombre sobre otro, en aquel diabólico y nefando acto de sodomía”…

Documentado está que por todas las islas del Caribe y las costas de Venezuela y Colombia se extendía una cultura o pueblos indígenas donde la homosexualidad era entendida y aceptada. En México, por ejemplo, los conquistadores hallaron ídolos de oro y barro en donde se ve a dos hombres cabalgando uno sobre otro, en forma de acto homosexual. Cerámicas similares se pueden encontrar en el Museo del Oro, en Bogotá, y entre los objetos dejados por los Mayas-Yucatecos. En el museo Rufino Tamayo de Oaxaca o en el museo de arte precolombino de Chile las pruebas están ahí. En 1576 se describe en unas crónicas de Pero Magallaes Gandavo, Historia da provincia da Santa Cruz. Tratado da Terra do Brasil, la existencia de las “Indias-Machos” o “Mujeres –Machos” que eran aborígenes femeninas lesbianas:

“Algunas indias hay que no conocen hombre alguno de ninguna calidad, ni lo consentirán aunque por eso las maten. Estas dejan todo el ejercicio de mujeres e imitan a los hombres y siguen sus oficios como si no fuesen hembras”… “y cada una tiene mujer que le sirve, con quien dice que es casada. Y así se comunican y conversan como marido y mujer.”

A partir de la conquista española y con el catolicismo como religión impuesta, el “machismo” se introdujo y los más terribles crímenes fueron realizados contra nuestros aborígenes, fueran heterosexuales u homosexuales, y esta barbarie de asesinatos fue apoyada por la religión. El pecado homosexual entró con el dios inquisitorio del judeocristianismo, fue un invento de unos pocos que quisieron jugar al “a ver qué tal”, “a ver cómo nos sale” esto de hacer creer que existe un ser invisible que castiga. Hasta el día de hoy se siguen saliendo con la suya. La publicación de un texto como este es una advertencia a esos hegemónicos de que “hasta aquí llegaron”. Ya no más.

El Doctor y Licenciado en leyes Diego Falconí, a quien tuve el gusto de conocer en el Coloquio de Ecuador, gestor y precursor del mismo, menciona algo medular que entiendo pertinente: “Para la transgresión literaria es fundamental que el cuerpo se explique nominalmente; hay un compromiso autorial de que ciertos cuerpos que han sido ignorados, se vean en la escritura, la lectura desviada y la política como ejercicio transgresor.”

Ello viene a cuento con lo ya dicho por Max Chárriez, el editor de esta importante antología, hermana de leche de Cachaperismos I y II: “Esto no es literatura queer para heterosexuales progresistas; no denuncia la homofobia, no pretende explicar qué somos, no ofrece excusas, no esconde en una maraña de figuras literarias qué es lo que es. El que quiera leerla, que bregue con las pingas.”

El hecho mismo de no definir, define. Aborda. Señala. Para la transgresión literaria es fundamental que el cuerpo se explique nominalmente. Así que como vemos, el 2013 ha visto la luz de una antología postransgresora. Va más allá de simplemente entretener o explicar. Esta antología quiere molestar.

Los cuentos y cómics pornoeróticos dejarán satisfechos a muchos y sorprenderán a otros. Las historias, con finales de éxtasis orgásmicos, cumplen con la expectativa que alguna vez le escuché exigir a mi mentora, la Dra. Lilliana Ramos Collado: “Estoy cansada de las historias de gays y lesbianas que terminan en tragedia”.  No hay tragedias en estas historias, al menos no hay melodramas gratuitos y casi todos los finales son demarcadoramente felices.

La diagramación es una obra de arte. La representación pictórica de una pinga en su grosor, no solamente incluye una muestra de la biología biográfica del paso de cada artista escriba por el mundo portorricense. Allí se recogen por cierto sus valiosas contribuciones a la literatura de mi país a la vez que se muestra una genialidad en la pictográfica tipo test de Rorschach compuesta por manchas de tinta, asimilando la interpretación que hacen los sicólogos, y que evidencia un salpicar de eyaculación sobre los datos “pingüísticos” de cada autor. Hasta ese detalle se ha tomado en cuenta.

Un fuerte aplauso por la valentía de publicar este texto tan osado a todos los autores, y les deseo una carrera literaria abundante, no sin antes recordarles que esta solo se consigue escribiendo. Mi lema es ENEF, es lo que les enseño a mis estudiantes en los talleres. ENEF significa Escribir No Es Fácil. Pero si te declaras esclavo de tu arte y le dedicas tiempo y esfuerzo, ella, tu arte, te devolverá el favor sumamente agradecida. Bendita sean las Pingas. Amén.

 



viernes, mayo 03, 2013

Manuel Ramos Otero por Aravind Enrique Adyanthaya


"El cuento de la mujer del mar"

de Manuel Ramos Otero

Dirigido por Aravind Enrique Adyanthaya
en colaboración con: Eyerí Cruz, Jesús Miranda, Mickey Negrón, Rafael Pagán, José Enrique Rodríguez Arzola, Alejandra Maldonado, Awilda Rodríguez Lora y
Deborah Hunt

24, 25 y 26 de mayo, 8 P.M. / Casa Cruz de la Luna / Calle Luna 67,
San Germán, Puerto Rico / libre de costo

14 y 15 de junio, 8:30 P.M.; 16 de junio, 4:00 P.M. / Sala Experimental Carlos Marichal, Centro de Bellas Artes / Avenida Ponce de León, Parada 22, Santurce / libre de costo

June 21, 22, 28 and 29, 8:00 P.M.; June 23 and 30, 4:00 P.M. at
TEATRO LATEA / Clemente Soto Vélez Cultural and Educational Center, 107 Suffolk, Manhattan / show in Spanish with English supertitles and synopsis / in collaboration with Teatro La Tea, tickets at:
www.smarttix.com

Producto de un proceso de laboratorio de exploración teatral, “El cuento de la mujer del mar” aborda el cuento deslumbrante del mismo nombre de Manuel Ramos Otero. En éste, un hombre (el cuentero) incesantemente reimagina la relación con su amante, Angelo, en la ciudad de Nueva York, a través del mito de una mujer, Palmira Parés, cuya vida parece reflejar la de la Maestra Poeta Julia de Burgos. La narrativa de Ramos Otero, uno de los escritores puertorriqueños más brillantes de la segunda mitad del siglo XX, se caracteriza por una exploración intrínseca de la homosexualidad y del exilio, un amor constante a la materialidad de la palabra y una reflexión profunda sobre el acto mismo de creación. Este montaje ensaya una aproximación a estas visiones.
contenido adulto

más información en: www.casacruzdelaluna.com / (787) 264-4402
Auspiciada por el Fondo Puertorriqueño para el Financiamiento del Quehacer Cultural de la Oficina de Apoyo a las Artes del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
Esta temporada de Casa Cruz de la Luna es posible en parte gracias al apoyo de la Comisión Conjunta de Donativos de la Legislatura de Puerto Rico.

Copyright © 2013 Casa Cruz de la Luna, Todos los derechos reservados.

Las Negras, palabras que sangran, por Christian Manuel Marrero




En una voz concisa y demandante Yolanda Arroyo Pizarro vuelve a poblar un espacio olvidado. Esta vez en Las Negras más que acercarnos a un tema,  la autora nos sitúa en un espacio  de la historia. 
            “A los historiadores, por habernos dejado fuera. Aquí estamos de nuevo… cuerpo presente, color vigente, declinándonos a ser invisibles… rehusándonos  a ser borradas”. La dedicatoria, nos sirve de presagio al camino pedregoso que la autora realizó en la construcción literaria. Inmediatamente una complicidad inevitable nos lleva a avanzar en la lectura. ¿Quiénes son estas negras?

           La obra se compone de tres textos narrativos: “Wanwe”, “Matronas” y “Saeta”. “El primer recuerdo pudiera ser…” así comienza el primer relato. Wanwe una adolescente arrebatada de su tierra Namib para convertirse en esclava. “Pudiera ser”, verbo imperfecto. Tan imperfecto como el intento de Wanwe por abstraer belleza de sus recuerdos y sobrevivir el tortuoso presente.

            La narración en tercera persona selectiva nos suma a la lucha de nuestra protagonista por clavar las uñas en el recuerdo (única arma de conservar su identidad, ahora que tiene sus manos y pies atados y nadie le llama por su nombre). 

            El sonido claro y limpio  de la voz narrativa nos seduce. “La costa se hace cada vez más chica, más distante” y Wanwe sigue siendo extirpada de su tierra. Este relato nos salpica perspicazmente de imágenes evocadoras que se desbordan de nostalgia: el correteo de los chicos y las chicas de la aldea, las cebras, las raíces de ceiba,  los jabalíes,  los rituales,  el ureoré,  y los cánticos de dolor.

              La narración es eficazmente sazonada con palabras africanas. Esta herramienta hace que nos desvistamos de toda una existencia preconcebida y redescubramos el mundo desde la mirada de Wanwe. Un barco deja de ser barco, para convertirse en owba coocoo: objetos nuevos, impresionantes, desconocidos.

          De esta manera nos situamos del otro lado de la historia. Desde los ojos del que llega a un puerto trayendo consigo un pasado, una identidad y que ahora es reducido a objeto. Pero los objetos no tienen memoria. Así nos hermanamos con nuestra protagonista y el terror de que sus recuerdos sean involuntariamente desaparecidos de la conciencia.

            El texto está lleno de descripciones que nos abstraen a una violencia inevitable. La autora nos ata las manos, nos hala el cabello, nos desgarra la piel. Nos inunda los pulmones de pestilencias, estiércol, vomito, sangre… y como si nuestras fe no fuera lo suficiente frágil, el texto nos avasalla de dudas. “Los seres ancestrales no las liberan. No hacen acto de presencia a pesar de haber sido convocadas con todas las fuerzas. Tampoco asoman las nuevas deidades que adoran los chamanes de sus captores, aquellos que visten sotanas, usan un emblema en cruz y lanzan un líquido bendecido con rezos”.

            En el segundo relato “Matronas”, Ndizi, una esclava ladina que ha sido declarada negra sediciosa e insurrecta y condenada a la horca es visitada en el calabozo por Petro, un monje destinado a documentar  su historia. El cuento es narrado en primera persona: “Debo recordar no contarle jamás, todo lo que sé, lo que he visto, lo que he sentido”. La lectura nos lleva a experimentar el peligro del saber. 

            La referencia lingüística de nuestra protagonista termina fungiendo como recurso informático del viaje que ha hecho.  El dominio del castellano, el yoruba, igbo y algunos conceptos  taínos, wolof, congolés, francés, latín e inglés se atan inevitablemente a la faena para la que sus manos han servido: cocinera, obrera de caña y comadrona. Las conversaciones con Petro, nos van acercando cada vez a la razón de la condena de Ndizi, a fugas de yorubas refugiados en cuevas y a violaciones bestiales. A medida que avanza el relato se percibe una complicidad entre ambos personajes. De manera cautelosa se nos va aumentando el volumen de una voz que ha sido apagada, hasta permitirnos escuchar una confesión que llega a lastimar nuestros tímpanos  y que al final de la lectura nos revuelve las entrañas.

            El último relato Saeta, nos presenta la historia de Tshanwe esclava a la que sus dueños insisten en llamar Teresa. La clase hacendada es caracterizada por una serie de comportamientos que hoy nos pueden parecer insólitos, pero abordados desde la época esclavista no transgredían la norma.

            De forma perspicaz, la narración nos lleva a unir genealógicamente  a uno de los personajes con la autora. Como una broma sagaz y sarcástica, la autora le sede al dueño de la hacienda su apellido materno, bautizándolo como Giorgino Pizarro. El logro de este último relato reside en lo esotérico, la alegoría y el realismo mágico. La autora nos demuestra su dominio como malabarista de palabras, en un juego literario que nos regala una exquisita venganza de letras.

             Las negras es el recuerdo de una herida interna y silente heredada por siglos. Las palabras nos llegan al ánima como un silbido de alerta, la herida se nos va haciendo tangible hasta  manchar nuestras manos de sangre Así, los recuerdos olvidados no desaparecen, sino que son sepultados en el  inconsciente para enfrentarlos luego. Leer Las negras es escarbar la historia y enfrentarnos a memorias antepasadas que han sido enterradas. Advierto que estas páginas son para los lectores valientes que consigan  soportar la incomodidad que provocan las imágenes tóxicas que en ocasiones consiguen lacerar nuestra conciencia.

             Al culminar la lectura de los relatos tal vez una nostalgia esclarecedora nos provoque un movimiento involuntario.  Llevar el libro hasta al centro de nuestro pecho y sentir que algo ha cicatrizado dentro de nosotros.

jueves, mayo 02, 2013

Reseña a Las Negras por Maribel Núñez Valdez desde RD

    


Conociendo el discurso de la autora de las Negras a favor del reconocimiento de la historia y vida de la afrodescendencia y muy especialmente de las invisibilizadas, las mujeres, expectante esperaba la llegada de las Negras, y finalmente una tarde llegó el Señor del correo con todas ellas encajonadas, como la traían en el barco aquel que la alejó para siempre de la mamá África querida. Imperiosa al igual que su escribidora opté por liberarlas, extraerla de allí y a través de la lectura hacerla vida, como la vida, voz y rebeldía que le otorgó Arroyo, quien inició dedicándoles las Negras:
A los historiadores,
Por habernos dejado fuera.
Aquí estamos de nuevo…
Cuerpo presente, color vigente,
Declinándonos a ser invisibles…
Rehusándonos a ser borradas.

las Negras tiene presentación de una chica media carta, desde la portada nos introduce a la desnudez que en sus adentros nos surcará más allá de la epidermis de las esclavizadas.  De airado e innovador diseño que hizo que cómo copa de tinto lo degustara lenta y terminación rápida.
 
 Son tres relatos, que contienen todos los relatos hechos mujer negra esclavizada. Historias de cómo en su rico mundo,  repletos de cotidianidades inventadas en tradición, esas que vivían las Negras, las mujeres junto a sus hij@s, al marido, a las abuelas, las madres, los padres, el enamorado, la enamorada de la adolescencia, la mirada pícara, el roce carnal que delata el amor con pasión.
 
Todas  perpetuándose a sí mismas para perpetuar la vida, la cultura, la tradición de sus tribus, el desazón en que vivían por la manutención, la caza y la cría de los hij@s.
 
“Para entonces Wanwe vuelve a pensar en su madre, en el juego de los hombros, en Bosúa y su joven novio, en sus hermanos, en las lianas de burkeas, las raíces de la ceiba, en las cebras,  los jabalíes… ya los vecinos del Imperio del este la tienen amarrada y la transportan a la orilla”.
 
La ruptura de la impercetible línea donde eran y se concebían como lo que eran: seres human@s, para ser despojadas de la imprescindibilidad que es el Ser--humano, para luego ya esclavizada, relegarlas a la condición de animales:
“Me empuja. Me escupe. El verdugo indica que soy parte de una raza animal, sin alma ni corazón. Un sacerdote declama los rezos del rosario que con tanta abnegación nos han enseñado en la casa de nuestros señores. Me ordena en castellano que los repita con él. En principio no lo hago, hasta que inician los azotes”
 
La histórica realidad planteada a la mujer-hombre negr@, únicos seres en el mundo que han tenido que demostrar  su condición de humano. Esa misma inherente planteada en los derechos humanos…
 
El mito de que el esclavista –y se lo creía- redimía al salvaje sacándolo de la selva que representó África, acercándolo a lo humano mientras lo catolizaba, lo vestía “acorde”, haciéndolos hablar su lengua, y para retener al negro cimarrón la esclavitud se hizo mujer.  Con mujer e hijos pensaban reducirían las rebeliones, pensaban que el cimarronaje acabaría.
 
Y así la esclavizaron hecha vagina para  saciar el hambre de sexo del esclavista, una y mil veces fue violada. Hecha útero para el parto de más esclav@s sin tener que traerl@s directamente de África.  Hecha tetas. Senos para amamantar a l@s hij@s de la mujer blanca que cuidaba su figura. Hecha trabadora doméstica, hecha campesina para hacer parir la tierra.
 
Yolanda Arroyo Pizarro
las Negras nos relata con gran fluidez las vivencias y cimarronaje hecho mujer, hecha rebeldía perspicaz, convertida en la crueldad del preferir morir –suicidarse-, de preferir cercenar el nacimiento de una nueva alma a esclavizar, como método de impedir que un alma más viniera a esos mundos a sufrir lo que se sufría.
 
No cuento más… más, le digo de Yolanda Arroyo Pizarro, que es una joven escritora puertorriqueña, joven de edad más no en su escribir que presenta una gran madurez y amplios dominios de las técnicas narrativas, además del gran sentido humanista que resurgen en sus palabras. Ha publicado tres novelas: Los documentados, 2005, Editorial Situm, Puerto Rico; Infusiones, 2008, Alfaguara, Puerto Rico; Caparazones (Salir del armario), 2010, Egales, España. Los cuentos Origani de letras, 2003; Ojos de luna, 2007; Las ballenas grises; Avalancha, 2010. Poesía Saeta, 2011.

Joy, Interrupted: An Anthology On Motherhood and Loss



Joy, Interrupted: An Anthology On Motherhood and Loss

Joy can be interrupted - but not lost. Most people think of motherhood as a joyous experience, but for some it can be an experience of interrupted joy. This anthology delves into the subject of motherhood and loss from different perspectives of authors and artists from all over the world. This anthology includes Short Stories, Poetry, Art Work, Essays, Fiction, Creative Non-Fiction and more. Contributors explore such topics as Adoption, Death, Infertility, Disabilities, Illness, and Estrangement. Various themes addressed include Coming of Age, Identity, Recovery, Connections, and Forgiveness.
 
The internationally acclaimed contributors are: Merrill Edlund , Aliki Economides, Monika Pant, Grace Benedict, Chris Reid, Paul Salvette, Terri Elders , Liz Dolan , Mark Moore, Emily Polk, Lottie Corley, Sandra Kolankiewicz, Megan Moore, Valerie Murrenus Pilmaier, Anna Steen, Nina Bennett, Kim Hensley Owens , Joanne L. DeTore, Robyn Parnell, Danelle, Svetlana Bochman, Erin Williams, Gail Marlene Schwartz, Olivia Good , Elynne Chaplik-Aleskow, Margaret Kramar, Carol Alexander, Valean Iolanda, Samantha, Kristin Anderson, Lisa Wendell, Janeen McGuire, Anindita Chatterjee, Jenn Williamson, Mazel Flores, Rebecca Manning, Pooja Sachdeva, Nancy Arroyo Ruffin, Gabriella Burman, Sheila Hageman, Ruth Krongold, G. Karen Lockett Warinsky , Jennifer Molidor, Alan Nolan, Trangdai Glassey-Tranguyen, Jemila Modesti, Deborah Finkelstein, Jessica Karbowiak, Ann Mathew, Yolanda Arroyo Pizarro, Ione Citrin, Ivan Jim Saguibal Layugan, Mary O'Neill, Lori Lamothe and Michèle AimPée Parent.

Source: http://www.smashwords.com/books/view/312032#longdescr

Tags

nonfiction, fiction, loss, coming of age, forgiveness, poetry, depression, anthology, death, children, anger, grief, healing, mother, recovery, infertility, parent, identity, parenting, adoption, motherhood, estrangement, mourning, mothering, healing from pain, parent and child


Puedes comprarla en:
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http://www.amazon.com/gp/product/0985235608/ref=ox_sc_act_title_1?ie=UTF8&psc=1&smid=ATVPDKIKX0DER 

                    

miércoles, mayo 01, 2013

Presenta Beatriz Mayté Santiago-Ibarra el 4 de mayo de 2013

 
 
Ediciones Doblecruz y la Librería Mágica
le invitan a la presentación del libro
Cuentos para no atreverse a
 contar pero los cuento de la
 
escritora puertorriqueña
Beatriz Mayté Santiago-Ibarra.
La presentación estará a cargo de los
escritores Yolanda Arroyo Pizarro y José H. Cáez Romero.
Sábado, 4 de mayo de 2013
4:00pm
Librería Mágica
Ponce de León 1013
Río Piedras
787-370-5395

Acerca de mí

Mi foto
Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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