Cuando vivías
fuiste mi rompeolas,
mi escondite del marullo,
madriguera de la amenaza picos de roca.
Fuiste mi guardacostas,
mi andén contra el dolor del abandono,
mi soporte apaciguante
contra la mujer que puja y renuncia
que me mata
que me suicida.
Eres promontorio
construido para contener el oleaje;
de ese Mar, del Viento, del Huracán.
Eres faro,
la linterna que alumbra la calzada en el recuerdo,
llena de escollos y de arena y de dunas y humedad.
Tú, mi apoyo,
la entrada y salida de barcos mal dirigidos,
un andamio en ese puerto malherido
por la tormenta que se desata aún.
Dique fehaciente,
guarida y salvaguarda.
Estás sin vida;
una rompiente tan segura como el ya no estar.
Fue raro sentirse sin tu auxilio
cerca del escollo; lejos del resguardo
abrazada a la costa donde se acortaba mi corriente,
olas que no dejaron de golpearme.
Mar que levantó el agua y tú tan protectora, y tan estoica y tan maternal.
Mi litoral casi destruido
y tú hecha un Muro de contención para aguas salvajes;
un espacio situado justo en donde buscaría yo el abrigo
los buques entran a ti para llorar…
Carena en seco,
me reparas los párpados y las pestañas.
Obstáculo contra ventoleras,
opones tu cuerpo al progreso de fantasmales ideas.
Me amparas en tus brazos;
intentas prevenirme de mí.
Un rompeolas innombrable.
Una mujer sin sonido.
Una heroína sin ruido.
Mi voz salpica repleta de te-extraños-vuelve-a-mí.
domingo, julio 23, 2006
Rompeolas
jueves, julio 20, 2006
Biopsia
Añorar ir a ver a Guillermo Dávila en concierto.
Distraerme al leer el billboard de Señora Leonela
y su lectura del tarot;
observar sus ojos violetas,
cuestionar si en serio es ella o una doble de Angelina Jolie.
Mover los brazos al conducir,
arquear la espalda apretando el guía,
sentir el espasmo causado ayer por la fuerza hecha sobre la burra.
Odiar las biopsias.
Maldecir los fibromas.
Sentir una pena inmensa al saber que mi mejor amiga
sufre de una alteración de la tiroides.
Sufrir por el tumor cerebral
que le descubrieron a la mamá de una mujer entrañable.
Reír porque mi compañera de trabajo se enteró de su preñez.
Saborear la nostalgia de saber lejos a un gran amor,
de saberlo triste, perdido, desesperanzado,
de saberlo deprimido.
Jugar con la idea de poder hacer algo
aunque no pueda hacer nada.
Fantasear con el hombre que a veces
me hace el amor platónicamente.
Acariciar a mi hija de siete años
que llora conmovida por una balada dedicada
al hombre de las pestañas.
Llorar con ella.
jueves, julio 13, 2006
Entrevista a Yolanda Arroyo Pizarro en Cadena 11Q (1140 AM)
En la foto se encuentran, de izquierda a derecha, las panelistas del programa Tardes de Tertulia Maira Barbará y Awilda Cáez. A su lado la escritora Yolanda Arroyo Pizarro y la periodista Nieves González Abreu.
jueves, julio 06, 2006
Arde
Recuerdo haber leído lo de Indonesia, y no necesariamente lo del tsunami. Sucedió antes, en el 1997. Aquel año, el país fue arrasado por incendios forestales que causaron inmenso daño a la tierra, la salud de la gente y la economía. El humo se esparció a naciones cercanas —ocho en total—, afectando a unos 75 millones de habitantes. Hubo que atender a multitudes por afecciones como asma, enfisema y problemas del sistema cardiovascular, por condiciones de los ojos y de la piel. Lo ocurrido en Indonesia en 1997 constituye un ejemplo de la voraz furia que el fuego es capaz de desatar.
Salinas se me presentó también casi devorada. No fue un incendio forestal exagerado, pero vi cómo familias corrían cerro abajo cuando el fuego, que comenzó de manera incidental, intentó tragarse sus hogares. El humo quiso entrarles al cuerpo, quiso dominarles la epidermis, quiso arroparlos indiscriminadamente. ¡Salinas se veía tan indefensa desde el borde del camino! Estacioné mi auto en el paseo. Observé la llegada de ambulancias, carros bombas y vecinos dispuestos a colaborar aunque fuera echando un candunguito de agua sobre alguna lengua de llama azarosa. Los pulmones se me llenaron de aire pesado, el aire a mi alrededor se impregnó de hollín y el cabello se me embadurnó de cenizas. Observé el tizne que se me apareció en el pedacito de muñeca con cicatriz y se me aguaron los ojos.
miércoles, julio 05, 2006
Ruinas

Jorge Luis Borges en Las ruinas circulares.
La Corco en el sur de mi Isla. Ruinas perfectas para mostrar
“we fall on our knees, crushed, humble, in despair because we realize that the pain will never leave...”
martes, julio 04, 2006
Presentando a Neftalí Cruz Negrón en Café Berlín

El escritor puertorriqueño Neftalí Cruz Negrón es sin duda una promesa de letras. El pasado viernes 30 de junio nos leyó una de sus creaciones en Café Berlín de Viejo San Juan. Con gusto exponemos aquí el relato que nos leyera.
Marta, la levantadora de cuerpos
Por Neftalí Cruz Negrón
Buscando la manera de cómo se ganaría la vida, a la pobre Marta se le ocurrió un día: ‘Seré una levantadora de cuerpos’. Al principio fue tildada de loca; mas, poco a poco, se fue ganando la admiración de todos, excepto de uno: el político representante. El trabajo de Marta consistía en levantar el cuerpo muerto de todo tipo de animales.
Lo que maravillaba a la gente del pueblo era cómo ella realizaba su labor. Se la veía llegar orgullosa, bien peinada y maquillada en su motorita, a la que tenía conectada un pequeño vagón. Se bajaba y saludaba con mucha cortesía. Se vestía de guantes, mascarilla y bata, todos de color azul menta. Al terminar, Marta chocaba las manos y decía ‘¡Lista! Por favor, que alguien me diga dónde se encuentra el cuerpo’.
Era un espectáculo ver con qué destreza, delicadeza y amor levantaba el cuerpo del piso, y lo cargaba a paso lastimero hasta el vagón de la motorita. Luego, Marta se llevaba el mortecino animal para su casa con el fin de bañarlo, perfumarlo y ponerlo en el más adecuado féretro.
Sólo el político representante detestaba a Marta. Entendía que su presencia afeaba y ridiculizaba a todos (especialmente a él). La noticia corrió y de inmediato el pueblo supo que el descarado representante buscaba la forma de obstruir el sustento y el noble oficio de la pobre mujer. Hasta llegó a circular un documento, cuyo recogido de firmas adelantaría su intención de ingresar a Marta en el Hospital de Salud Mental.
Poco tiempo después, inesperadamente, durante un discurso público, el político representante se desplomó en el piso. Cuando se constató su muerte, por instinto, el pueblo sugirió gritando: ‘¡No lo toquen! Déjenlo ahí y llamen a Marta, la levantadora de cuerpos’.
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Para ver una foto en detalle, hacer clic en la misma.
jueves, junio 29, 2006
viernes, junio 23, 2006
Mayra Santos-Febres nos enamoró en el Museo

La escritora carolinense Mayra Santos-Febres convirtió el atrio del Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) en el “Elizabeth's Dancing Place”, ese lugar, donde la madama ponceña Isabel La Negra erigió el imperio que retrata la autora en su más reciente novela Nuestra Señora de la Noche.
El miércoles pasado, el público recibió oficialmente la obra. Los presentes no iban en busca de placeres de la carne -como los que asistían al bar de Isabel La Negra- sino para “celebrar que Mayra Santos haya sido finalista del Premio Primavera de Novela 2006 que organiza la Editorial Espasa Calpe”, según explicó la maestra de ceremonias, Melanie Pérez.
Fragmento de cobertura por Pablo Arroyo León en Endi.com



jueves, junio 22, 2006
Me hiciste el amor con las manos
sábado, junio 17, 2006
Deliciosa velada de letras
con Luis López Nieves
Deliciosa. Así fue la velada que diseñó para nosotros el Director de la Maestría en Creación Literaria, Luis López Nieves y su colaboradora, la Profesora Consuelo Martínez Justiniano la pasada noche del 15 de junio de 2006 en La Tertulia del Viejo San Juan. La lectura de los cuentos comenzó a las ocho y se extendió hacia cerca de las diez. La maestra de ceremonias del evento lo fue Awilda Cáez, una escritora en ciernes con muchísimo talento que se ha caracterizado en los últimos tiempos por su gesta cultural en programas radiales y en eventos de envergadura literaria como Proyecto Barrigas.
Entre los asistentes que siempre dicen presente en estas actividades tan medulares se encontraban la activista cultural Bárbara Forestier y el profesor y escritor Mario R. Cancel.
Los cuentos que nos leyeron los talentosos escribientes se gestaron a raíz de el nuevo Programa de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Este programa es el único de su tipo en la historia de la educación puertorriqueña. Su objetivo es formar escritores bajo la dirección de prominentes autores y profesores.
La página de Internet de la universidad nos dice: “Por primera vez se ofrece en Puerto Rico un grado universitario que otorga crédito académico por el trabajo creativo literario. El estudio de la literatura se realiza como disciplina artística, como oficio, y no como un mero objeto de análisis histórico. Los egresados serán escritores. Asimismo, estarán capacitados para trabajar como profesores universitarios. Se podrán desempeñar, además, como maestros preuniversitarios o en cualquier otra profesión que requiera escritura original y atractiva, como la redacción para los medios y la publicidad, entre otros.”
Los cursos de maestría son nocturnos. Se reúnen una vez a la semana durante tres horas, de 6PM a 9PM, en el campus de la Universidad del Sagrado Corazón, en Santurce, Puerto Rico.
Para solicitudes, información sobre ayuda económica o cualquier otra pregunta, se pude comunicar con la propia Prof. Consuelo Martínez Justiniano, en cmartinez@sagrado.edu o en el teléfono 787-728-1515, extensiones 2333, 2314 y 2150. Para información adicional puede visitar http://graduado.sagrado.edu/secuencial_CLT.htm.htm
Disfruten del vídeo que resume la actividad en donde un grupo de primigenios escritores compartieron sus lecturas con el público. Entre ellos se encontraban Maribel Ortíz, Irma Rivera, Maximiliano Charriez, José Rabelo, Myriam García, Maribel Rivera, Jaime Marzan, Damarys Reyes, Rubis Camacho y Eduardo Vera. Además, Emilio del Carril nos leyó el cuento erótico “El misterio de la cruz”, Maira Barbará leyó “Envidia”, José Borges leyó “El contrato” (blog http://elblogdeborges.blogspot.com), Jorge Valentine leyó “A dónde vamos” (blog http://ernestodarien.blogspot.com), y Neftalí Cruz Negrón leyó “Dedico un poco de tiempo para aplastar tu rostro” (blog http://thetalios.blogspot.com) entre otros.
jueves, junio 15, 2006
Nuestro árbol

Me enseñaste a recorrer la Isla recostada de tu hombro, frotándote los muslos y acunando la palma de la mano completa entre ellos. A veces el juego de mis dedos, que iba de tu ombligo a las aureolas de tus pechos, nos desconcentraba y el vehículo de al lado saludaba curioso, indagador, cuestionando nuestros jadeos y rostros de gemidos, de mordidas de labios propios y compartidos, tuyos y míos, a sesenta millas por hora. Después de Salinas, las curvas no nos mareaban aunque por ocasiones, nos dejaban en blanco los ojos, quizás por alguna otra cosa. El cerro que nos tragaba cómplice con el secreto de nuestros amoríos, poseía un arbolito en el tope que era tuyo, o al menos eso me habías dicho siempre. Ése es mi árbol—decías—, es muy mío, me saluda, me entiende, me sonríe desde que estás en mi vida, será nuestro algún día. Haremos allí una casita, o al menos cerca, nos tiraremos por la loma y nos quitaremos la ropa sobre el pasto, seco o mojado. Ya lo verás.
Catorce años más tarde nuestro árbol se ha robustecido, ha florecido, ha engordado por el capricho de los vientos alisios y las tormentas de temporada. No estás conmigo. Haces tu vida en otro lugar, en otro país. Yo igual te extraño y te pienso. Ahora es a mí a quien saluda tu árbol, me entiende, me sonríe y me ha prometido esta mañana que en el futuro nos tiraremos por la loma y nos quitaremos la ropa sobre el pasto, seco o mojado. Se ha vuelto un soñador nuestro árbol.
lunes, junio 12, 2006
Una verdad nada conveniente
En el site de Univisión comentan: “Con criticas excelentes y un primer fin de semana muy impresionante (recaudó casi $2 millones en menos de 100 salas), AN INCONVENIENT TRUTH se ha colocado como el "must see documentary" del verano. Intentará lograr lo que FAHRENHEIT 9/11 y MARCH OF THE PENGUINS lograron en 2004 y 2005 respectivamente: colocarse como opción para los que se cansan de tantos blockbusters veraniegos. Los expertos especializados ya la nombran como una de las candidatas en la terna de mejor documental y si logra el crossover con audiencias más mainstream, también puede llegar a la terna de mejor película.”
Por otro lado, Luis Trelles escribió en estos días el artículo “Denuncia fílmica de crisis ambiental” para el periódico El Nuevo Día. Puedes leerlo aquí.
Para ver el trailer ir www.climatecrisis.net
viernes, junio 09, 2006
Primer Capítulo: Nuestra Señora De La Noche
De Mayra Santos-Febres

Revelación
El cadillac del licenciado Caggiano paró en la rotonda del casino. Un botones abrió la puerta y ofreció la mano para ayudar a la elegante dama que de seguro se bajaría de aquel carruaje lujoso. No se esperaba la mano enguantada que en su muñeca llevaba un semanario de oro maciso al que le colgaba una medallita de la Virgen de la Caridad. Tampoco se esperaba que aquel guante dejara ver, ya a la altura del codo, un brazo duro, negro, que brillaba contra la noche cerrada, los reflectores del baile, el traje en seda cruda. Una gargantilla de brillantes adornaba el cuello de la dama, también negro. Una cascada de bucles caía a ras de aquel cuello. Los ojos del botones se posaron en el mentón y en la cara. Del cadillac se bajó Isabel Luberza Oppenheimer. La Negra Luberza. La Madama de Maragüez. El botones no pudo hacer otra cosa sino tragar.
En esos mismo momentos el representante de Distrito Pedro Nevárez entraba al baile de la Cruz Roja. También entraba el magistrado Hernández, el senador Villanueva y esposa. El obispo MacManus.
Todos la miraron espantados. Espantados vieron cómo el licenciado Caggiano le brindaba el brazo y la convidaba a pasar por la puerta ancha del casino. En la entrada, un mozo confundido tomó de manos de La Negra la invitación impresa en papel dorado con la insignia de la cruz. Cotejaba listas de invitados y encontraba su nombre entre ellos. Paso firme a la entrada del casino. Mano firme sobre el brazo de Caggiano. Sólo él notaba un el leve temblor de sus dedos, el pulso que le brincaba.
—No se apure Doña Isabel. Ya pasó lo peor.
—No esté tan seguro, Caggiano.
A la derecha, el representante Nevárez y esposa la miran de reojo. Hace una semana hablaba con ella. «Paso el sábado Isabelita, para que hablemos de la donación a la campaña.» Ella ya le tiene su carne preparada. Lisandra, la niña. Se la trajo de Colombia. «No llores niña, no te asustes. No llores más. Si todo sale bien ésta es la última vez que tienes que acostarte con el representante.» Unos pasos más adelante el secretario de Obras Públicas hablaba con el ingeniero Valenzuela. «Doña Isabel, pero qué elegancia. Me gustaría ir a visitarla para hablarle de un asunto que quizás pudiera interesarle.» Que fueran a verla a su mansión del Barrio Bélgica la semana entrante. «Yo siempre ando muy interesada en oir propuestas.» Al fondo del pasillo de entradas tertuliaban los tres hermanos Ferráns, Juan Isidro, Valentín, Esteban. Le regalaron una sonrisa lisonjera. Sus mujeres permanecieron calladas e inasibles agarrándolos fuertemente del antebrazo. La felicitaron por tan gran corazón. Por darse tanto a los necesitados.
—Cómo no voy a ayudar, si en carne propia sé lo que es la necesidad.
Caggiano le servía de Lazarillo. Los Colomé, los Tommei, los Valle. Allí estaban las familias más selectas del pueblo. En cada estación se paraba con el licenciado, quien conducía las introducciones como si ella nunca los hubiera visto, como si el día anterior, la semana pasada, no tuviera a muchos de esos hombres en su bar. Pero hacía su debut en el casino, al otro lado del río, vestida de seda y brillantes. Entraba por la puerta grande. Nadie osó detenerla. Casi paraba de temblar.
Entonces lo vio, al peor de todos. Esmoquin, barbilla cerrada, ojos verdes contra una piel pecosa, blanca, enmarcada en el negrísimo de su pelo engominado hacia atrás.
Tenía un brazo acodado contra la barra, un trago en una mano, probablemente un whisky. Fumaba. Su mujer lo acompañaba, nívea, parloteando sin parar en una tertulia que la llevaba a posar la mano sobre el hombro del Amado «¿Verdad querido?», intentando atraer su aprobación. Allí estaba el licenciado Fornarís con su esposa legítima del brazo. Las miradas hasta entonces lisonjeras se le hicieron inversas, revelaron su mueca escarnecida. «Aunque te vistas de seda…» Los ojos del licenciado la traspasaron, sin más, sin anunciarse, como si una fuerza extraña los hiciera gravitar hasta donde estaba ella, del otro lado del salón. Fernando se le quedó mirando y las conversaciones se evaporaron en el aire. Isabel tuvo que detenerse, fingir. Apretó duro el antebrazo de Caggiano, quien se detuvo en seco.
Contuvo la respiración, uno… dos… tres …cuatro… cinco, pero no caía de nuevo en ella misma. Fernando Fornarís hizo ademán de caminar pero también se contuvo. Cristina siguió el gesto con su vista hasta la misma dirección. Los dos la vieron, aparición detenida. «Asísteme en la zozobra, protégeme, Madre.» Isabel, con sus dedos enguantados, restregó la medalla de la Cachita, para siempre colgada de su muñeca. Su cara se deshizo queriendo sostenerse del aire.
El licenciado Caggiano la supo leer. «Con su permiso caballeros, que aún no he bailado ni una sola pieza con la señora.» Hizo una venia ante sus comensales y condujo suavemente a Isabel hasta la pista. De espaldas aún quemaban las miradas de Fernando Fornarís y esposa, aunque menos. Así de espaldas ya comenzaba a sobrevivir a aquella aparición.
—Ahora sí está pasando lo peor, Caggiano.
—Si no se siente bien me avisa y nos vamos ahora mismo.
—No me puedo dar ese lujo, me sienta como me sienta. Usted sujéteme fuerte, hasta que se vayan ellos.
Fuente: El Sitio de los libros
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Novela Finalista Premio Primavera Espasa Calpe 2006
Doña Isabel Luberza Oppenheimer es una de las mujeres más poderosas, respetadas y temidas de su ciudad. Pero no siempre ha sido así, Isabel La Negra, Isabelita, fue una niña abandonada por su madre, que trabajaba de lavandera, y a los ocho años ya servía como criada en una casa noble de la ciudad hasta que, en su pubertad, el señor quiso meterse en su cama y se vio obligada a trabajar como costurera primero y vendedora de licor ilegal después. La historia de Isabel es la historia de una lucha descarnada por ascender socialmente, sobreponerse a la desgracia y obtener el respeto de los suyos y la independencia y libertad que da el dinero. Pero
Nuestra Señora de la Noche, ambientada en el Puerto Rico de los años 40, es también la historia de su renuncia al amor de un hombre de ojos verdes de muy diferente clase social a la suya.
Con su prosa sensual, plástica, llena de color y poesía, Mayra Santos-Febres narra la crónica del ascenso social de una mujer en una novela que nos habla de pasión y ambición pero, también, de la desigualdad entre una burguesía acomodada y la pobreza de los desfavorecidos, del choque de culturas entre la sensorialidad tropical y el muy pragmático american way of life, de lucha social, de hipocresía y doble moral y, sobre todo, de la necesidad esencial de todo ser humano: el amor. Un amor que no puede suplir el dinero ni el poder y que, contra lo que se pudiera pensar a veces, nos hace, siempre, mucho más fuertes.
Mayra Santos-Febres nació en Carolina, Puerto Rico en 1966. Poeta, narradora y crítica, ha publicado tres libros de poemas, Anamú y manigua, seleccionado como uno de los diez mejores del año por la crítica puertorriqueña; El orden escapado, ganador del primer premio para poesía de la revista Tríptico (ambos publicados en 1991), y Tercer Mundo (2000). Como cuentista, su colección de relatos Pez de vidrio (EE.UU, 1994) obtuvo el Premio Letras de Oro y su siguiente volumen de relatos, Oso blanco (París, 1996), resultó ganador del Premio Juan Rulfo de cuento. Como novelista ha publicado Sirena Selena vestida de pena (2000), finalista del Premio Rómulo Gallegos de Novela en 2001) y Cualquier miércoles soy tuya (2002). Recientemente ha publicado un volumen compilatorio de ensayos cortos, conferencias y artículos titulado Sobre piel y papel (2005). Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán e italiano.
sábado, junio 03, 2006
Seda

Crítica literaria por Yolanda Arroyo Pizarro
¿Será cierto que la literatura termina regalándonos momentos de vida que nunca tendremos, aunque rocemos de a poco esos momentos mientras se nos escurren de las manos? Alessandro Baricco ha creado a Hervé Joncour, uno de esos hombres que regala momentos, que los aprisiona y los comparte mientras asiste a un estadio o dimensión de existencia allá en el 1861, año en que Flaubert escribía Salambó, y época en que el comercio de huevos del gusano de seda se ve amenazado por una epidemia. Hervé Joncour, que especula sobre Louis Pasteur y viaja a Japón buscando huevos sanos para su seda, se encuentra en esa expedición arrebatado de pronto por un amor sin palabras, apenas sostenido de una mirada y algunos ideogramas incomprensibles escritos en tinta negra.
Es un amor que no es exclusivo, un amor que comparte la misma dimensión de sangre, latidos y respiraciones con otros amores declarados y dedicados en cuerpo y alma. Otra vez las dimensiones. ¿Se ama en dimensiones? ¿Se ama en vidas paralelas con la ferviente intención de no alterar el orden establecido ni las expectativas fijadas? ¿Se ama todo cuanto se puede amar sin dañar todo cuanto se puede amar?
Alessandro Baricco, autor de la Seda que no solo envuelve a Hervé Joncour, sino a todo aquel que se viste de su existencia, es uno de los mejores escritores contemporáneos que puede hacer con las palabras lo que le da la gana. Y lo logra conciso, y lo logra enfático, que no es lo mismo que repetitivo. Y lo logra con sencillez y brevedad.
Seda es un libro que ha vendido ya más de 700 mil ejemplares y que puede leerse en un día. Su lección nos durará un buen rato; su lección nos transformará. Leerlo es como “morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca”.
Seda (fragmento)
59.
"Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin."
-Alessandro Baricco
miércoles, mayo 31, 2006
Fatigarse
Por Yolanda Arroyo Pizarro
8:10 am
El vapor le hace pestañear. Algunas gotas se le caen por entre los grandes ojos verdes. Se fatiga. La dificultad de respirar le hace querer moverse, pero no sabe cómo. Ve a través de los cristales. Tantos cristales. El rostro de su madre acostumbraba hacerle muecas a través de unos cristales. Reconocía siempre el rostro y el olor de su madre. Su padre, por otro lado, acostumbraba también sonreírle y hacerlo sonreír a través de unos cristales. Ahora está tan solo que no sabe. No lo entiende. El calor le hace pestañear.
9:45 am
Tiene hambre. Se ha cansado de las excusas de la gente, de las promesas incumplidas, de los trabajos que nunca llegaron. Se rasca las venas del antebrazo y sin querer, la uña le arranca una llaga mal cicatrizada. Se rasca la cabeza. No pueden ser piojos otra vez. Es el calor. Mira hacia arriba y su mirada gris divisa las esferas transparentes que nacen de los rayos del sol. Traga el polvo del desierto del Sahara que llega a la Isla. Está a punto de desfallecer si no hace algo. Quiere dejar la droga. Quiere dejarla pero también quiere meterse más. Su mujer no lo volverá a aceptar en la casa y sus hijos continuarán sin mirarlo a la cara. El sudor le baja en gotas por la espalda. Necesita algo de comer. Camina hasta el centro comercial.
10:20 am
Todos los días su mamá lo lleva al cuido. Hoy no lo ha llevado nadie. Su papá condujo, pero luego se detuvo y se bajó. Nunca antes los cristales se habían empañado de aquel modo, ni el calor le daba tantas ganas de llorar. Cree que de tanto llorar la respiración se le ha acabado. La garganta la siente reseca y dolorosa. Quiere teta y no hay. Quiere que su mamá le juegue con sus ojos esmeralda. Pestañea y las esmeraldas se le llenan de agua. Desea más agua, pero no encuentra y sus manos y piernas están atrapados en el asiento. El sudor lo hace fatigarse. Sigue llorando.
11:36 am
Recuerda que su padre le decía que coger lo ajeno era malo. Recuerda las bofetadas y los puñetazos que le daba el padre. Recuerda también las bofetadas y los puñetazos de los padrastros. Las peleas de borrachos, las apuestas de caballos, el andar con gentuza, el robar en las casas. Le gustaban las casas abiertas, con los portones de par en par y las puertas de escrines sin el pestillo. Odiaba tener que forzar hogares. Nunca abría una puerta cerrada con seguro. Lo que sí le gustaba forzar eran autos. Los forzaba con la pandilla luego de trasladarse a Brooklyn. Cómo disfrutaba portarse mal. Cómo le gustaba usar drogas. Usarlas lo hacía sentir poderoso. Lo malo era lo caro que le costaban. Cuando regresó a la isla como parte de un acuerdo con Fiscalía, intentó dejar las drogas. Su mujer lo había tratado de ayudar. Pero claro, se había cansado en el intento número mil. El calor lo hizo volver a sudar y para evitar una gota que se le resbalaba por la frente, se llevó la mano a ésta. Al hacerlo, el sol de mediodía se tapó con la visera improvisada de sus dedos. La sombra le permitió a sus ojos grises enfocarse en un auto en el parking que no tenía puesto el seguro en una de las puertas. La puerta era la del asiento del frente del pasajero.
12:15 pm
Se mueve poco. Las manos ya no se levantan y el pecho tampoco. Toda su ropa está empapada. Le parece que ha vivido escaso tiempo, demasiado escaso. Ya no le duele la cabeza, los latidos de sus extremidades ya no le arden, y ha dejado de soñar con sus padres. Ya no quiere la teta. Ya no vuelve a abrir las esmeraldas. Todo se ha convertido en fuego.
12:40 pm
Sigue caminando en el parking del centro comercial, dando vueltas. Esperando a que no lo vean acercarse. La gente le pasa alrededor y lo esquiva, y él, emocionado porque ya pronto robará y venderá su botín, y tendrá dinero para comprar sustancias, sonríe y olvida el maldito calor isleño. Cuando se da cuenta que no hay nadie cerca, se aproxima al vehículo y abre la puerta de un solo movimiento. Un imbécil olvidadizo le ha hecho el trabajo fácil. El vaporizo le da en la cara y juraría que un humentín inicial no lo deja ver bien. Mira el dash y se encuentra con un maravilloso radio digital con CD. Está seguro que puede arrancarlo en un abrir y cerrar de ojos. Está a punto de hacerlo cuando siente una tenue tos. Estira el cuello. Sus ojos estudian el cuerpecito ahogado en sudores que apenas se mueve en la parte de atrás. No respira, o eso parece. La mente se le nubla. De pronto el bebé abre los ojos. Aquella mirada esmeralda se le clava en las esferas grises como pidiendo que lo carguen.
jueves, mayo 18, 2006
Otro Sitio
por Joel Feliciano
con motivo de la presentación Los Documentados
Antes de llegar a Nueva York, el avión se cayó.
Fotografía Ancil Nance
Antes
Ayer metí las cajas en la parte de atrás del carro. Ya me iba. Bueno, me voy hoy.
A todas les había puesto la nueva dirección, las había empaquetado con masking tape, solamente necesitaban el sello del shipping y pa fuera. Mandarlas era lo único que faltaba por hacer. Ya había pagado el primer mes de la renta allá, así que no había necesidad de quedarse. Y pues... puse las cajas en la parte de atrás del carro. No las quise poner el baúl. No. O sea, ¿cómo poner la vida entera en un lugar tan oscuro y tan caliente?
No tengo mucho; sólo una pequeña colección de juguetes invaluables. Action figures de esos. Que si Ninja Turtles, Batman o Thundercats. No creo que vaya a engancharlos en ninguna parte del apartamento nuevo,; creo que se quedarán metidos en las cajas, adentro del clóset. Pero, aún así, son míos y, por alguna razón, no puedo partir de ellos.
También me llevo una vajilla de mi mamá. Siempre le dije que la botaría. ¡Pues si nunca la usaba! Pero entonces, cuando se murió, no pude. No pude. Esa noche comí arroz con habichuelas en la vajilla, y comí una ensalada con repollo, zanahoria y brócoli. La podía escuchar preguntándome si eso na más iba a comer; que si nada de carne. Y yo le hubiese contestado: "yo puedo vivir sin la carne". Entonces ella me hubiese dicho, o se hubiese dicho a sí misma: "lo que es la vagancia, todo por no cocinarla". Y hubiese sido verdad, la carne siempre es una chavienda para cocinar. Hay que adobarla. Cortarla. Sacarla le grasa. Hay que cocinarla a fuego lento para que quede blandita. A veces hay que virarla en el sartén y velarla. Mucho trabajo. No.
En las cajas también empaqué las gorras de mi papá. Son tres o cuatro. Él tampoco las usaba. Nunca le pregunté por qué las tenía. Pero las mantenía enganchadas en el borde del espejo del gavetero. Ochentoso él. Yo tampoco las uso. Pero las guardé. Las metí en una caja y las guardé.
Y puse las cajas en la parte de atrás del carro. No me quiero ir. O sí, sí quiero. Pero no quiero. Pero ya me gradué y ando pajareando y trabajando para pagar la condená hipoteca de mis padres, que ya saldé.
Me va a doler dejar a mis pocos amigos. Me despidieron antier por la noche. Salimos a comer y me desearon lo mejor. No pueden venir al aeropuerto porque trabajan. Y no los culpo, porque tienen unos trabajos brutales, mejores que yo. Pero me hubiese gustado que estuvieran aquí conmigo hasta que el avión me llevara. Hubiese sido chévere.
Llevé las cajas al correo. Me cobraron un dineral por el envío. Le pusieron los sellos. Las poncharon. Me dijeron que les pusiera tape del USPS para que fuesen más seguras. Hice todo. La muchacha que me atendió era jovencita. Cuando le di la última caja se quedó quieta, mirándome con la cabeza un poquito de lado. No me quitó los ojos de encima y yo no la quería mirar. Estuvo un rato largo. Entonces como que apretó los labios y haló la caja. Me preguntó si quería asegurar los paquetes, yo le dije que sí, sin preguntar cuánto costaba. Me cobró y cuando me vino a dar el cambio se recostó del counter pa decirme:
-Mudarse siempre duele un poquito.
¿Como sabía que me estaba mudando?
Tuve que apretar los dientes para no llorarle allí mismo.
El cuarto donde viví casi toda mi vida estaba vacío. Mis cosas estaban de camino en un avión sobre el mar. Jamás había visto el clóset así de libre y desocupado. Nunca había visto la pared de atrás tan... plain.
¡Qué cosas! Lo que uno descubre. Lo que uno descubre que siempre estuvo allí. En la pared del fondo del clóset no había nada. Pero en una esquina, una esquina que nunca recordé, había escondido un corazón pintado con magic marker negro, un corazón bien descuadrao, bien de nene chiquito, que al lado decía: "Carina", con C. Me acuerdo de Karina. Su nombre era con K, creo, y yo estaba enamorao de ella como en tercer grado. Ya ni me acuerdo de su cara, solamente de su idea, de su nombre y del corazón que le dibujé.
Las paredes desnudas. La computadora en el avión. El escritorio baldío. Ni televisor. Solamente el abanico. Y el gavetero destripado de la ropa. Nunca estuve tan solo, pensé, y la tristeza me durmió.
Durante
Mi tía me trajo al aeropuerto. Me abrazó y me dijo con miedo que el otro día se había caído un avión en Japón y otro en España. Entonces me entró un miedo enorme.
Pero olvidé el miedo inmediatamente, cuando vi a mi amiga. Vino a despedirme. Dijo que me iba a visitar. Que le consiguiera un matress de los de aire que ella se tiraba en el en el piso. Que me iba a extrañar un montón. Agrandé los ojos para que el aire entrara y los secara antes de que se vieran llorosos. Pero no funcionó. Me abrazó fuerte. Y no le pude decir nada. Cada vez que traté de hablar las palabras se me atragantaban. La miré. Le dije adiós con la mano. Me alejé. Y me monté en el avión.
Es la segunda vez que me monto en un avión. Bueno, la tercera, si contamos el viaje de regreso del primero. Igual que la primera vez, las nubes me dan una alegría que no puedo explicar. Más que ello es el hecho de estar más arriba que ellas. Ellas que son tan inalcanzables.
El vuelo salió como a las 5, y resulta que pude ver el amanecer. La primera vez vi al atardecer y ahora el amanecer. Por encima de las nubes. Ya no me falta nada más qué ver, pensé, (estuve equivocado, claro). La diferencia es enorme. Cuando amanece esperas el sol. Lo vez llegar poco a poco, y uno se asombra de ver que el mundo de verdad se mueve. Allá arriba vi a la tierra moverse. Las nubes tenían una formación gigantesca, era una llanura blanca, una pradera acogedora, un desierto de algodón, y al fondo un destello dorado fue surgiendo, pintando el algodón del color del sol, pero también de un púrpura leve, que por alguna razón me hace pensar en yogur.
Desde el avión vi la ciudad. los edificios apiñados en un cantito de tierra, bañada por el mar, y rodeados de una seca neblina que gravitaba entre ellos (de contaminación, debe ser). Mi nueva casa me espera, me dije. Lo único malo es que me acordé que antes de que mi tía me diera un beso, me dijo con miedo:
-Cuídate, mira que cuando se cae un avión, se caen tres
La señora con la que estaba hablando me miró de una forma... Y no me habló más. Y mucho menos cuando el avión empezó a temblar descontroladamente. La señora comenzó a gemir agarrándose de la silla. Yo también, claro, más cobarde no hay nadie. El capitán del avión habló por las bocinas diciendo que aquello era sólo unas fuertes turbulencias que atravesarían en unos minutos, que el aeropuerto JFK estaba a la vista. Pero el avión se quedaba sin sostén en el aire y caía como caen los trenes en las montañas rusas. Algunas personas gritaron, otros lloraron de lo horrible que era soportar turbulencias. Algunos nenes chiquitos se rieron de aquellas cosquillas que daban en el estómago. Si tan solo hubiesen sabido lo que les esperaba. Lo peor era que nuestro destino estaba a la vista.
Después
El avión se cayó. Justo antes de llegar a Nueva York. De punta. Por lo menos nos salvamos de la maldición de "cuando cae uno, caen tres"...
El avión que se cayó fue el del correo. Con mis cajas, Con la mitad de mi ropa. Con mis recuerdos. Y con mi vida.
De alguna forma el apartamento nuevo se sentía aún más vacío que mi cuarto en Puerto Rico. Pero, ¿qué le iba a hacer? No había forma de rescatar mis cosas. El mar se las está tragando entre las olas. No me acordé para nada del seguro que les puse. Miré por las ventanas. Un montón de ruidos, un montón de gente. Me tiré en el piso. Ahora sí que tenía que empezar desde cero. Ahora sí que me chavé.
Me quedé dormido. Dormí como por dos días. En el piso. Al tercer día me levanté con la decisión de montarme en el próximo avión de regreso. No sin antes comer algo. La barriga me mataba.
Compré bistec. Lo cociné en la veintiúnica olla que había en el apartamento; alguien aparentemente la había dejado, y con razón, si parece que la usaban para martillar.
Antes de subir al apartamento a cocinar, cogí unas cartas. Todas eran recordatorios para activar el teléfono, el gas, el cable y el agua... Todas menos una. Era una postal con la bahía de San Juan iluminada en la noche. Decía:
Mudarse siempre duele un poquito, pero vas a salir ganando.
Att.: La muchacha del correo
¿Te acuerdas de mi? Espero que hallas ido al correo a cobrar el seguro que le pusiste a tus cosas. Sé que se perdieron, pero ahora vas a empezar una nueva vida. Será como nacer de nuevo. Lo sé, porque yo lo hice, hice mi bachillerato allá y volví.
Espero que estés bien, y que te acuerdes del tercer grado.
Con cariño:
Carina
Lo primero que dije al leer la carta fue: "¿quién rayos será...?", un segundo después dije: "¡diaaaaatre!" La muchacha del correo era Carina. ¡Y Carina con C!
El bistec estaba malo. Soooso. Pero me lo comí y me dio fuerza. Me fui por ahí a caminar, entre el tumulto de gente. Cobré el seguro del correo. Pasé por los kioscos turísticos de Times Square y compré postales. Entonces fue que empezaron los nuevos recuerdos a acumularse. Postales de aquí para allá, de allá para acá. Le pregunté si su nombre era de verdad con C, (todavía no lo creía), nunca me contestó. Le conté de la turbulencia, de la vajilla, de las gorras, de los juguetes, de que seguramente todos murieron en el acto cuando se cayó el avión. Le conté de la señora que me miró mal. Carina solamente me contestaba con un montón de "jajajas".
Después de unos meses sin saber de ella, me llegaron dos postales. La primera era una foto tomada de un avión, donde aparecía un prado de nubes, y por atrás decía: "Sí, Carina es con C", aunque ya lo sabía, pues todas sus firmas eran con C. En la segunda postal, había una foto de Nueva York con las Torres Gemelas dibujadas a mano, ella le escribió por atrás: "La vida empieza muchas veces". Me frisé en la calle. La gente chocó conmigo y me miraron mal. Me congelé allí, porque estas eran las primeras postales que no eran de Puerto Rico, ni del faro de Rincón, ni de la playa Flamenco, eran de un viaje sobre las nubes, y de un Nueva York diferente... Carina estaba cerca. Carina con C estaba muy cerca. Me puse mi gorra ochentosa y fui al supermercado a comprar bistec, dispuesto a empezar más que en otro sitio, a empezar otro momento.
sábado, mayo 13, 2006
Taller para guionistas y cineastas
Anoche, 12 de mayo de 2006, se llevó a cabo un evento para aspirantes a guionistas y cineastas en la Universidad del Sagrado Corazón. La Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) auspició la actividad que se realizó en el Salón BN-323 del edificio Barat. El taller estuvo a cargo del experimentado guionista hispanoamericano Miguel Tejada-Flores, conocido por sus guiones de comedia como Revenge of the Nerds, y por los de terror como Screamers.
Acudieron grandes figuras de las tablas y las letras del patio, entre ellas, Von Marie Méndez, que presidió el acto, y los actores Walter Rodríguez y Johanna Rosaly.
Miguel Tejada-Flores también ha escrito películas y series televisivas para Showtime, USA Networks y el Sci-Fi Channel. Además, ha trabajado en el análisis, desarrollo y producción de guiones para los estudios Paramount, MGM y Fox.
Ciudad de las Gárgolas
ESPECIAL PARA EN ROJO
Periódico Claridad
Por Yolanda Arroyo Pizarro
Literatura Urbana
Fuente: Periódico Claridad Publicado el 11 de mayo de 2006
Los he visto correteando por mis edificios, deambulando entre mis calles. Se toman de la mano o se abrazan, y a veces se detienen a encender algún farol. Se iluminan todas mis lumbreras, aún sin que sea la hora para ello. Se siente todo el calor de la urbe, justo en el centro de lo que acontece, justo como el calentamiento de pieles, entre un sol y un planeta, entre unos troncos y la chimenea. Mi diócesis abandona todo frío, aun cuando es tiempo de tempestad o invierno, y se calienta por sus bríos, por sus ahogos, por sus gemidos. Desde arriba, muy arriba, la galaxia observa todas mis edificaciones; acaloradas, calcinadas.
Tras casi dos mil años, el hombre más odiado de la historia ha regresado y el planeta convulsa. El traidor por excelencia ha dejado en la perpetuidad de las letras un testimonio. Los códices no lo callaron, los papiros no desaparecieron, el moho no desintegró su lengua ahorcada. El mundo duele, el mundo no calla y gime. La ciudad que mira el mundo igual palpita, igual late, igual se derrama. Yo soy la ciudad y soy verbo, y mientras se desatan pertinencias mayores, los amantes corretean.
Irrumpen abrazados a un parque. Se sientan en un banquillo y comienza un ritual conocido. Sus besos vuelven a encender la madrugada, aun ya prendida, aun ya nublada por la aurora boreal, aun ya iluminada por el alba como ave fénix. Besos que logran levantar las astas de mis banderas colocadas en las construcciones. Besos que logran elevar con tornasoles mis pararrayos, las antenas radiales, los satélites de canales de televisión. Todas mis parabólicas erectas, erectas por ellos, por su embrujo, por el jugo que derraman en mis callejas, en los adoquines de mis esquinas, en el fluvial de los alcantarillados.
Ella roza su espalda sobre una de las paredes de algún callejón y yo transpiro, y comienza a lloviznar. Él moldea su torso para embestirla pegado a alguna vitrina y entonces comienza a nevar. Yo suspiro. Suspiro hervida, suspiro inflamada, a veces convertida en un pedestal delirante y febril, o en busto sudado por tantas emociones, o en basílica gimiente. En gárgola.
Soy famosa. Jóvenes sicarios y un elevado índice de homicidios se vuelven mi ombligo con pruebas de carbono. También me ha dado a conocer algún cartel. Austeras y anodinas, mis localidades se han convertido en lugares desagradables para vivir, que aún destilan esperanza entre maderas y cementos. Las residencias que predominan han sido construidas con poca o ninguna consideración. Desbordo robos callejeros, desbordo éxodo y migración, plétora de crisis fiscales. Reboso pobreza, miseria, hambre. Derramo promesas, abundancia, sueños. El desempleo galopante, el creciente índice de delincuencia y la animosidad étnica me hacen sede del progreso. El delito ha desmoralizado a mis vecinos. ¿Cómo preocuparme por un nuevo testamento? ¿Cómo interesarme en Dios? No hay quien murmure Judas.
El verdadero evangelio se encuentra entre mis personajes de piedra y respira sobre cada centímetro de la metrópoli: en los escaparates, en el tren urbano, en los postes alambrados, en los artículos que se venden en las calles, en los semáforos, los carritos de hot dog. Los apóstoles de la urbe son los mercenarios de mis avenidas. Se cruzan los crímenes y sus caricias; se cruzan los hallazgos de arqueología que iluminan a la humanidad y sus jadeos, en especial porque ella se coloca a horcajadas sobre sus piernas, mientras él evita mirar el tráfico y se concentra, y vuelve a experimentar un fuego infinitesimal que lo carcome. Le jura estarla amando como nunca, como a nadie. Ella devuelve el mantra vez tras vez. Yo me derramo, salpico, enciendo nuevamente los faroles y se llenan de vapor las aceras. El vapor es de cigarrillos, es de mate humeando. El humo sabe a aguamiel, sabe a pulque de poblado artesanal, sabe a maví.
Se ven a escondidas; ella huye de una mujer con la que comparte su cama hace decenios, y él escapa de un matrimonio con dos hijos que hace mucho dejó de llamar su razón de ser. “Superarás a todos, sacrificarás la sangre que me cubre”, le dice el Maestro a su mejor Amigo, y lo descubren siglos después en un pergamino egipcio. La ciudad está supuesta a desmoronarse. Está supuesta a hundirse, a ocultarse bajo un moderno Vesubio dosmilenario. A ellos les importa poco. Pasean atrapados durante lapsos enteros con el tapón vehicular, la contaminación del aire y el excremento de perro. Se adentran en alguna zona de recreo, cobijados en los desérticos cajones de arena para los niños, y dentro de ellos, sobre la arenisca que les sirve de almohada, otra vez copulan. Se encienden las bombillas, las lámparas, los candiles, y todos los postes de luz. Se calienta la urbe. Vuelvo a ser gárgola y permanezco erecta en la cúspide de la catedral, vistosamente adornada, prendida del caño por donde se vierte el agua de los tejados. Asida del canal de la fuente que me ata a voluntad convulso. Casi nunca me despego del cemento, pero cuando es necesario vuelo por las inmediaciones.
Vibro, y ocasiono un movimiento telúrico que puede ser medido en varias escalas. No dejo ruinas, pero sí resacas. Soy ciudad. No hay Egipto. Soy un Kremlin que hoy se eriza ante el dúo de amantes bandidos. Lloro con ellos cada despedida. Odio cuando se alejan así. Regreso al pináculo de la cumbre ortodoxa, vuelvo a ser pedregal que ya no vuela, vuelvo a ser estampa de piedra que no se mueve. Una estatua de grafito dibujada en un papel gris. Dibujo murales en griego, en copto, en arcano. Llueve, tiembla, se enciende la cartografía, nieva de nuevo.
Tras casi dos mil años, el hombre más odiado de la historia ha regresado y ni a ellos, ni a mi ciudad les interesa.
miércoles, mayo 10, 2006
viernes, mayo 05, 2006
Escribo...
Acerca de mí
- Yolanda Arroyo Pizarro
- Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).