domingo, marzo 10, 2013

Los versos de Belia Segarra en Diálogo, periódico de la Universidad de Puerto Rico


Literatura para confesarse...(los versos de Belia Segarra) / Yolanda Arroyo Pizarro
Arroyo Pizarro, Yolanda
Diálogo (UPR), 2012, feb-mar.



Literatura para confesarse… (los versos de Belia Segarra)
Por Yolanda Arroyo Pizarro
Especial para Periódico Diálogo y Diálogo Digital UPR

 

“Rebuscando en los armarios de mi imaginación

encontré una poción de locura

una poción que me dejó escribir” 

—Javier Febo, Novilunio

 
 
Por estos días leo el poemario de Belia Segarra y tiemblo con sudor y escalofríos, como si padeciera fiebre reumática.  Me doy perfecta cuenta que ha publicado un libro totalmente tierno, desgarrador y absolutamente necesario.  Si alguno sigue mi consejo y lee a esta poeta, deberá desarrollar anticuerpos contra el estreptococo del dolor y el delirio, porque se suceden reacciones no esperadas, causadas de seguro, por la alucinación que provocan estos versos.
 
El libro tiene personalidad propia: se estira, se ladea y él solito mueve sus propias páginas, si se coloca sobre una mesita cercana al mar. El libro te besa los lóbulos de las orejas cuando te descuidas y además, se hace llamar Confesionario.  Pienso en el ejercicio tan íntimo de decirle a algún clérigo cosas que jamás pensaría uno admitir, o pensarlas siquiera.  O desearlas.  Pienso en los conjuros y maldiciones que en secreto anhelamos como saetas para derrocar la iniquidad.  E inequidad. Me ha dicho la portada de Confesionario, al oído, que antes de volver blur la silueta de una mujer frente a un locutorio telefónico rojo, este libro provocará la creación de un ente para revelar secretos. 

Sus páginas son tejidos inflamatorios que parten de la esencial colaboración y amorosa edición de otra gran poeta puertorriqueña, Maribel Sánchez-Pagán.  En el comentario de cierre del repertorio, el antiepílogo, la colaboradora indica: “Constantemente recibo misivas de Belia Segarra Ramos. Durante los últimos ocho años he guardado todos sus escritos. Somos amigas desde hace tres décadas. Ella es mi confesora en la religión de la poesía.” Pues, desde allí ya leemos el propósito místico y ecuménico del Mea Culpa versado. 

Las hojas empapadas de palabras que se descuartizan entre los dedos de Belia, componen a la vez un campanario que hace ruido atalayesco, dividido en Siete Grandes Confesiones:
 

PRIMERA CONFESIÓN

tengo poco que decir para un público exigente

SEGUNDA CONFESIÓN

en la mirada ofensiva de la boca

TERCERA CONFESIÓN

sólo mi viejo cacique corazón

CUARTA CONFESIÓN

he sido solo sólo sola soy

QUINTA CONFESIÓN

a todas las víctimas de violencia domestica

SEXTA CONFESIÓN

se me va el día en esta posada de tristeza

ÚLTIMA CONFESIÓN

todavía estará aquí algún tiempo la palabra

 

Belia dice lo que dice con voz de metales afectados de penitencias. De vez en cuando, el borde de estos metales tan filoso cortará el aire translúcido y nos convocará a gritar desde nuestras válvulas mitral y aórtica: “la nariz chata / disimula la tonta caída/ de los espejuelos empañados de miopía/ bajo el aeropuerto de Isla Verde/ frunce el pensamiento el entrecejo/ que entorna una ceja elevada de pena”.

Así nos devela el mapa de ese momento tan íntimo como lo es la confesión del otro y para el otro. Nos revela con aire mortificado: “ya nada me sirve para estar a solas/ ni siquiera la madre que me parió.” Las confidencias de Belia — verdades o mentiras, ficcionarias o auténticas, pero legítimas para el decodificador voraz, —nos pasean incluso por la dolama de la sorpresa abrupta, a lo Susan Sontag: “cayó rendida sobre su propio encierro / todo fue a pedir de risas / pulmonía doble en el hazmerreír de su infierno/ ¡cómo se reprodujo el cáncer en el sentimiento!”.  El murmullo nos cuenta una sobrevivencia.  Dolorida. Nos cuenta un atestiguamiento.  Descarnado. Nos entera desde la ventanilla de vitrales de la catedral, que este mundo es asqueante, putrefacto y divino.

También ha dicho Sontag en su libro Sobre la fotografía: “son muchas más las imágenes del entorno que reclaman nuestra atención. El inventario comenzó en 1839 y desde entonces se ha fotografiado casi todo, o eso parece. (…) Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar”. Segarra nos ilustra desde el confesionario una literatura del yo en remilgos estéticos y acríticos, “lo que merece la pena mirar,” aunque nosotros como testigos reclamemos o no “lo que tenemos derecho a observar”. Nos manifiesta en la autodiegética poeta- poética que se pueden relatar las propias experiencias como personaje central de la historia, de ese preciso momento en que nos cambia el confinamiento gracias “al decir”. El decir es ese confesar, un registro de la persona gramatical que se establece con la coincidencia (y la conciencia) entre el narrador, protagonista y autor empírico. Somos una inmensa e infinitesimal cámara fotográfica. Somos quienes revelamos.  Somos la foto.

Siempre he sostenido que la división del sujeto en el narrador y el personaje requiere un espacio que afecta al núcleo de la revelación metafórica. Sin embargo, la distancia del tiempo (y también el afecto) lleva a la interacción entre el altavoz y el yo. Cuando confesamos, somos uno mismo y nuestras diversas circunstancias.  Cuando confiesa Belia, es ella una, dos y varias personalidades, y las circunstancias que afloran de ese choque.  Como un flash lumínico.

De entre todo lo que me gusta de Belia, lo que más llama mi atención es que dialoga precisamente con tendencias de esta literatura de la confesión que cada vez más se va anidando con entera comodidad en nuestras letras. Debo pensar en Mairym Cryz Bernal y sus tradicionales talleres, sus libros, sus congresos.  Pienso en los recitales de Javier Febo, de Mayda Colón y Lynette Mabel Pérez, en la obra de Johanny Vázquez Paz, Dinorah Marzán, Leticia Ruíz, Abdiel Echevarría, y más recientemente María Soledad Calero y Karen Sevilla.  Siendo el principal órgano afectado el corazón, perturbando la psiquis, desmadrándote los nervios, estos exponentes al igual que Segarra se afanan desde la pericarditis cosmopolita hiperreal para crear sus metáforas testamentarias.

También confiesa la poeta en fase aguda, más adelante en el libro, sobre el adulterio de otras y otros: “regreso a ti perfumada de restriegos/ arrancándome este hastío tutelar de las abejas/ en alguna parte hay más hiel que corpulento dulzor.” Hay aquí un referido a textos literarios que se centran en la expresión de la intimidad de un individuo, en términos discursivos.  Rezuma la enunciación que expropia la savia de la antigua sabiduría nefesh. Nefesh es alma en hebreo, connato de semiótica para que Belia escriba en conjunción con la autobiografía.

Las confesiones de San Agustín, lo profano de las determinaciones caleidoscópicas del entorno injusto, y la práctica de arrodillarnos frente a una divinidad que enjugue nuestras lágrimas mientras prometemos no volver a hacerlo, poco tiene que ver ya con el tuétano de las confesiones de hoy día.  Ya no hay miedo al castigo, solo se anhela la catarsis que conlleva hablar de nosotros mismos.  La literatura confesional como un conjunto de contenido íntimo es por lo tanto, una producción subjetiva que persigue denunciar las fallas propias o del entorno, sin ningún otro propósito cognitivo más que el “dejar saber”. En este sentido, todo lo que deseamos, a lo Jean-Jacques Rousseau, es incursionar en la caverna de Platón figurada (aquella célebre filosófica donde tenemos conocimiento de la existencia del mundo sensible y el mundo inteligible) desde el enfrentamiento al destino, mientras revertimos la hipocresía del orden social y las adversidades de la vida.  Todo converge aquí, con metáforas, confesado por la poeta para un aguerrido final: “sospecho que en el momento oportuno/ este atrofiado latido/ apretará el gatillo de la culpa/ sobre la sangre/ para luego/ (gustosamente)/ esos pobres funcionarios/ expertos en clausurar vencidos/ persistan en desmantelar cadáveres”.

Les prometo que Confesionario exuda exquisitez. Y les confieso que Belia Segarra is the real deal.

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El libro fue presentado el 10 de marzo de 2012 en Poets Passage, en Viejo San Juan

Album por Zayra Taranto

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Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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