jueves, junio 22, 2006

Me hiciste el amor con las manos

El evento es multitudinario y allí estamos. Encontrados; rodeados de gente. Mientras dialogo con los seres que habitan el salón, aparece tu mano que roza mi brazo y lo reclama. Reclama mi atención, pero el decoro y las reglas que dictan ser mujer interesante me impiden saludarte de momento. Acuesto mi mano sobre la hamaca de tus dedos y tenso la espalda. Debo terminar de hablar con el resto de la gente, debo, si fuera posible, intentar tratarte con serenidad. Te miro. Te sonrío. La serenidad se va de paseo y desde las pulsativas entrañas se me va formando una percusión que amenaza con secarme la garganta para pedirte que me la humedezcas. Sístole, y recorro sin mapa, una vez más, la curvatura de tu barba canosa. Diástole, y prometo esta noche masturbarme en tu nombre. Saludo tus ojos con mis ojos; sonrío mi boca tragando con la mirada tu boca. Labios finitos, blancos, curvos, justo como me encantan. Me encantas. Aún con mi brazo en tu cautiverio regreso a mi conversación trivial con los otros, mientras la piel que se muere por adoptarte, empieza a dar muestras de sucumbir a tus atenciones. Los dedos besan tus dedos, contestan tus caricias, se dejan provocar por las rotaciones de tu dedo corazón, las uñas raspan suavecito la piel de tu muñeca. Sigo de espaldas y las venas del envés de la palma de tu mano laten aceleradas junto a las mías. Palpitan juntas, unas contra otras. La yema de tu índice acaricia la cicatriz que tengo cerca del pulgar. La habitación nos ve hacernos el amor con las manos, aplaude el evento de nuestros latidos incoloros y cobija los deseos que se quedan a flor de piel y que se provocan a flor de piel, y que desean e intentan traspasarnos la piel.

8 comentarios:

Awilda Caez dijo...

Me encantó eso de "la piel que se muere por adoptarte". El texto es intenso y emocionante. Nunca lo había pensado, pero que muchas historias se pueden escribir a partir de esos roces de manos y piel que pretenden ser accidentales.

De Mexico dijo...

Creo que conozco esa pasión en tus letras. La he visto antes. Me agrada que puedas seguir expresándote de tan genial manera. Muchos aplausos para tu ingenio.

Santiago dijo...

Esto es de un erotismo fantastico. Voy a seguirte leyendo.

Sem dijo...

Hummmm! Reading this is almost like being inside of you tracing the map of your feelings. You made me jealous...

Emilio del Carril dijo...

Excelente manejo del erotismo que sobresale por la elegancia y manejo del idioma. Difícil logro en un mundo que lo ha visto todo.


Emilito

Mincho dijo...

Acabo de leer en estos dias en la revista Contratiempo algo que me recordó tu excelente pluma erótica:

GEORGES BATAILLE
El erotismo sagrado

Más allá de las precarias posibilidades –dependientes de azares favorables- que aseguran la posesión del ser amado, la humanidad se ha esforzado ya desde sus primeros tiempos en acceder, sin que intervenga el azar, a la continuidad que la libera.

EROS, MUERTE Y MEMORIA

GEORGES BATAILLE
El erotismo sagrado

Más allá de las precarias posibilidades –dependientes de azares favorables- que aseguran la posesión del ser amado, la humanidad se ha esforzado ya desde sus primeros tiempos en acceder, sin que intervenga el azar, a la continuidad que la libera. El problema se planteó frente a la muerte, la cual aparentemente precipita al ser discontinuo en la continuidad del ser. Este modo de ver no se impone al espíritu de manera inmediata; y sin embargo la muerte, siendo como es la destrucción de un ser discontinuo, no afecta en nada la continuidad del ser, que generalmente existe fuera de nosotros. No olvido que, en el deseo de inmortalidad, lo que entra en juego es la preocupación por asegurar la supervivencia en la discontinuidad –la supervivencia del ser personal-; pero esta cuestión la dejo de lado. Insisto en el hecho de que, estando la continuidad del ser en el origen de los seres, la muerte no la afecta; la continuidad del ser es independiente de ella. O incluso al contrario: la muerte la manifiesta. Este pensamiento me parece que debería ser la base de la interpretación del sacrificio religioso, del cual dije que la acción erótica se le puede comparar. Al disolver la acción erótica a los seres que se adentran en ella, ésta revela su continuidad, que recuerda la de unas aguas tumultuosas. En el sacrificio, no solamente hay desnudamiento, sino que además se da muerte a la víctima (y, si el objeto del sacrificio no es un ser vivo, de alguna manera se lo destruye). La víctima muere, y entonces los asistentes participan de un elemento que esa muerte les revela. Este elemento podemos llamarlo, con los historiadores de las religiones, lo sagrado. Lo sagrado es justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo. Hay, como consecuencia de la muerte violenta, una ruptura de la discontinuidad de un ser; lo que subsiste y que, en el silencio que cae, experimentan los espíritus ansiosos, es la continuidad del ser, a la cual se devuelve a la víctima. Sólo una muerte espectacular, operada en las condiciones determinadas por la gravedad y la colectividad de la religión, es susceptible de revelar lo que habitualmente se escapa a nuestra atención. Por lo demás, no podríamos representarnos lo que aparece en lo más secreto del ser de los asistentes si no pudiéramos referirnos a las experiencias religiosas que hemos realizado personalmente, aunque fuese durante la infancia. Todo nos lleva a creer que, esencialmente, lo sagrado de los sacrificios primitivos es análogo a lo divino de las religiones actuales.

Dije hace un rato que hablaría de erotismo sagrado; me hubiera hecho entender mejor si hubiese hablado ya de entrada de erotismo divino. El amor de Dios es una idea más familiar y menos desconcertante que el amor de un elemento sagrado. No lo he hecho, repito, porque el erotismo cuyo objeto se sitúa más allá de lo real inmediato está lejos de ser reducible al amor de Dios. He preferido ser poco inteligible antes que inexacto.

En esencia, lo divino es idéntico a lo sagrado, con la reserva de la relativa discontinuidad de la persona de Dios. Dios es un ser compuesto que tiene, en el plano de la afectividad, incluso de manera fundamental, la continuidad del ser de la que hablo.

La representación de Dios no está por ello menos vinculada, tanto en la teología bíblica como en la teología racional, a un ser personal, a un creador que se distingue del conjunto de lo que es. De la continuidad del ser, me limito a decir que, en mi opinión, no es conocible, aunque, bajo formas aleatorias, siempre en parte discutibles, de ella nos es dada una experiencia. En mi opinión, sólo la experiencia negativa es digna de atención, pero esa experiencia es rica. Jamás deberíamos olvidar que la teología positiva siempre va acompañada de una teología negativa, que halla su fundamento en la experiencia mística.

Aunque sea claramente distinta de ella, la experiencia mística se da, me parece, a partir de la experiencia universal que constituye el sacrificio religioso. Introduce, en el mundo dominado por un pensamiento que se atiene a la experiencia los objetos (y al conocimiento de lo que la experiencia de los objetos desarrolla en nosotros), un elemento que, en las construcciones de ese pensamiento intelectual, no tienen ningún lugar, como no sea negativamente, en tanto que determinación de sus límites. En efecto, lo que la experiencia mística revela es una ausencia de objeto. El objeto se identifica con la discontinuidad; por su parte, la experiencia mística, en la medida en que disponemos de fuerzas para operar una ruptura de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la continuidad. Lo introduce por unos medios distintos del erotismo de los cuerpos o del erotismo de los corazones. Más exactamente, la experiencia mística prescinde de los medios que no dependen de su voluntad. La experiencia erótica, vinculada con lo real, es una espera de lo aleatorio: es una espera de un ser dado y de unas circunstancias favorables. El erotismo sagrado, tal como se da en la experiencia mística, sólo requiere que nada desplace al sujeto.

En principio –no se trata de una regla-, la India toma en consideración, y con la máxima simplicidad, una tras otra, las diferentes formas de las que he hablado. La experiencia mística se reserva para la edad madura, cuando la muerte se acerca: para el momento en que faltan las condiciones favorables para la experiencia real. A veces, la experiencia mística, tal como está vinculada a ciertos aspectos de las religiones positivas, se opone a esa aprobación de la vida hasta en la muerte en la que discierno de una manera general el sentido profundo del erotismo.

Pero no es necesaria la oposición. La aprobación de la vida hasta en la muerte es un desafío, tanto en el erotismo de los corazones como en el erotismo de los cuerpos. Es un desafío, a través de la indiferencia, a la muerte. La vida es acceso al ser; y, si bien la vida es mortal, la continuidad del ser no lo es. Acercarse a la continuidad, embriagarse con la continuidad, es algo que domina la consideración de la muerte. En primer lugar, la perturbación erótica inmediata nos da un sentimiento que lo supera todo; es un sentimiento tal que las sombrías perspectivas vinculadas a la situación del ser discontinuo caen en el olvido. Luego, más allá de la embriaguez abierta a la vida juvenil, nos es dado el poder de abordar la muerte cara a cara y de ver en ella por fin la abertura a la continuidad imposible de entender y de conocer, que es el secreto del erotismo y cuyo secreto sólo el erotismo aporta.

Quien me haya seguido con exactitud entenderá ahora claramente, en la unidad de las formas del erotismo, el sentido de la frase que cité al comienzo:
"No hay mejor medio para familiarizarse con la muerte que aliarla a una idea libertina". (Sade)
Lo que he dicho permite entender en ella la unidad del terreno erótico que se nos abre si rechazamos la voluntad de replegarnos sobre nosotros mismos. El erotismo abre a la muerte. La muerte lleva a negar la duración individual. ¿Podríamos, sin violencia interior, asumir una negación que nos conduce hasta el límite de todo lo posible?

Para terminar, querría ayudarles a sentir plenamente que el lugar al que he querido conducirles, por poco familiar que a veces haya podido parecerles, es, sin embargo, el punto de encuentro de violencias fundamentales.
He hablado de experiencia mística; no he hablado de poesía. No habría podido hacerlo sin adentrarme más aún en un dédalo intelectual. Todos sentimos lo que es la poesía; nos funda, pero no sabemos hablar de ella. No hablaré de poesía ahora, pero creo tornar más sensible la idea de continuidad que he querido dejar por sentada, y que no puede confundirse hasta el extremo con la del Dios de los teólogos, recordando estos versos de uno de los poetas más violentos: Rimbaud.

Recobrada está.
¿Qué? La eternidad.
Es la mar, que se fue
con el sol.

La poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo; a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y, por medio de la muerte, a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar, que se fue con el sol.


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Del libro EL EROTISMO, Georges Bataille (Tusquets Editores, Barcelona/2000)

YOLA, GRACIAS!!!!!!

Ricardo dijo...

Quiero ser YO!!!!!!! Wow, que bien que escribis!

neftalicruznegron dijo...

Me emociona cuando un/a escritor/a parte de una buena idea u ocurrencia y los maneja y los expone magistralmente. Esto es un ejemplo de ello.

Prosa poética, de mucho tacto, sensible y potente. Se percibe las ganas y el deseo ante el disimulo de las posturas comedidas. Maravilloso relato maniobrado con experimentado control. Eres exquisita y excelente escritora. Te felicito. Muchos éxitos, te deseo de corazón.

P.D. Si aflora el deseo ante una multitud, ¿cómo lidiamos con ello?... Con las manos. El roce de manos, consumir el acto por ellas… despierta a vivir la experiencia.

P.D. #2 Me encantó: ‘Los dedos besan tus dedos, contestan tus caricias, se dejan provocar por las rotaciones de tu dedo corazón, las uñas raspan suavecito la piel de tu muñeca'.

Te seguiré visitando y leyendo. Gracias por escribir.

Acerca de mí

Mi foto
"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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