LA CREACIÓN DE LA
FICCIÓN DESDE EL MITO DEL CARIBE
Por Yolanda Arroyo
Pizarro
 |
| Lloviznada en Castañer. Foto por Zulma Oliveras Vega |
Publicado en España por Revista Cuadernos Koré
e-revistas.uc3m.es/index.php/CK/article/download/1527/647
Publicado en Puerto Rico por El Post Antillano
Olívar Graterol, D. y Del Valle Vélez, J. (eds), El mito de
la mujer caribeña, Ediciones de La Discreta, Madrid, 2012
...sucede que las mujeres son
caracterizadas exactamente como el sujeto patriarcal defectuoso: la mujer es el
malo de Aristóteles. (…) Específicamente la mujer amenaza como aquello que
contamina, que daña en su unidad y su pureza al cuerpo social, y al individuo
varón…
Carmen
G. Marín[1]
Inventé, a partir de la lectura
transcrita en el epígrafe, una mujer con los pechos extirpados que camina hacia
la parada de autobuses a esperar la guagua. Es negra, rellenita, de trenzas a partir
de un afro rebelde. Durante sus años mozos adoptó el apodo “Aristóteles”,
debido a que constantemente filosofaba de la vida entre sus amigos
marihuaneros. Juega dominó, le fascina el reggaetón, es bisexual y se ha
practicado tres abortos. La recesión económica la ha obligado a reinventarse y
dedica sus noches a prostituirse en una barra de Río Piedras, cerca de la
Universidad de Puerto Rico, donde de vez en cuando conoce lo mismo a
estudiantes que a maestros. El relato inicia In media res mientras la mujer sin
pechos es abordada por su chulo, precisamente en la parada de bus, quien le cuenta
que hay un cliente con gustos especiales que desea únicamente tener relaciones
con mujeres evidentemente cicatrizadas por una masectomía. Ella deberá decidir
si acepta o no la chamba.
La construcción del imaginario
del Caribe, sus habitantes, las diferentes visiones y voces pluriculturales son
motor y gasolina para toda suerte de ficciones. La mujer descrita en el párrafo
anterior es habitante de uno de mis cuentos que compone un libro sin publicar
aún, titulado Lesbianas en clave caribeña. Otras historias habitan el libro.
Historias que tocan rasgos intrínsecos de esta parte tan calurosa del mundo: el
nacimiento de mitos, la extranjería, la trata de cuerpos (hombres, mujeres,
niños), las putas, las sumisas, los estereotipos, el disfraz, exorcismo, mujer
caribeña y arte, mujer caribeña y música, la femme fatale, religiosidad,
ateísmo, etc.
Como narradora e investigadora
de la historia para propósitos de pura creación literaria, permanezco ávida y
expectante ante la posibilidad de la inminente publicación de un libro sobre
los temas que con tanta pasión me generan ideas: género, cuerpo, raza,
identidad, Caribe. El Caribe es para mí el génesis desde dónde todo aflora,
desde donde todo debe observarse. El jardín de edén que me permite experimentar
con argumentos, personajes, fábulas y mitos. En el Caribe siento que navego
desde y hasta la africanía, desde y hasta la feminidad, lo exótico, el
lesbianismo, la transvestidura, las traiciones y el abandono. Fue por eso que
celebré la puesta en escena del I Congreso Internacional sobre el Caribe,
enmarcado en El mito de la mujer caribeña que organizaron el grupo cultural
YoSoyElOtro, el grupo Kóre de Estudios de Género, la Universidad Carlos III de
Madrid y la Casa de América en noviembre de 2009. Lo celebré, sobre todo,
porque a partir de las conferencias que se suscitaron, de los temas generadores
que nos brindaron, nació el libro El mito de la mujer caribeña publicado por
Ediciones La Discreta y a cuya presentación en el Centro de Estudios Avanzados
de Puerto Rico y el Caribe asistí en 2011.
Partiendo de un mar, de unas
Antillas, de unas costas, las diásporas y los mitos que entorno a todo esto han
conformado sus mujeres, la historia del Caribe nos azota con cruenta agilidad
de tiempo y espacio. Y es desde esa óptica que se centra el tratado de La
Discreta para un acercamiento teórico sobre las fisuras y desclaves de esa
formación. El mito de la mujer caribeña comparte y reconoce la realidad de
muchas mujeres caribeñas que han dejado su lugar de origen de existencia para
comenzar un nuevo país, una, dos, cientos de veces. Se reinventan en el espacio
especial dedicado al cuerpo, al alma, al dolor de existir, a la decisión de
dejar de hacerlo. En el libro se aborda además la temática social centrada en
la población inmigrante de origen caribeño que habita en Madrid. “Se conversa
sobre género e inmigración y los retos de la convivencia con la colaboración de
instituciones y profesionales que están trabajando en ello”, nos informa uno de
los compiladores de este proyecto tan importante y necesario, el escritor y
gestor cultural Jesús M. del Valle Vélez.
Como ejercicio crítico, leer
El mito de la mujer caribeña y tratar de reseñarlo es una tarea muy ardua, y no
podría circunscribirse a un escrito de espacio limitado. Sería sumamente
difícil relatar en dos o tres páginas un análisis completo de lo que representa
esta lectura, por lo que me concentraré en detalles puntuales a grosso modo.
Iniciaré opinando sobre los dos ensayos que para mí conforman el momento
culminante de la lectura: 1) Mujeres garífunas ante la globalización:
Discriminación y resistencia de Nuria Jiménez García y 2) Esas pícaras de las
negras y de las mulatas: El harem colonial esclavista de Arlette Gautier.
El ensayo de Nuria Jiménez
García me colocó de plano frente a un tema totalmente desconocido para mí, la
existencia de las garífunas. Su origen, nos explica la autora, se remonta a un
cuento oral difundido cerca del año 1675 donde unos barcos holandeses que
llevaban esclavos hacia las Indias Occidentales desde Nigeria, naufragaron
cerca de la isla de San Vicente. Los esclavos que sabían nadar lograron escapar
del siniestro y alcanzaron la isla. Allí fueron recibidos por los nativos
quienes les ofrecieron protección, un lugar donde quedarse y una sociedad a la
que incluirse. Las uniones que entre ellos se dieron conformaron el pueblo
Garinagu, conocido hoy como Garífuna. Se les ha llamado alternativamente
también garifunes o caribes negros. Se estima que hoy día son más de
seiscientos mil los que residen en Honduras, Belice, Guatemala, Nicaragua, el
sur de México y Estados Unidos. Por su estilo de música único, su lengua y la
danza que ejercen, esta etnia centroamericana fue proclamada por la UNESCO
Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2001. Jiménez García desarrolla su
escrito dentro del núcleo de la actual ejecución laboral de turismo sexual que
inician las mujeres garífunas desde el trenzado del cabello a los extranjeros,
hasta la finalidad de posibilidades orgiásticas que se lleva a cabo en Labuga o
Livingston, y otras zonas de Guatemala.
En la página 417 del texto se
nos explica: «primero están las trenzas, luego los “transes-transas” y después
los “prenses”, refiriéndose a que primero se intentan las trenzas y luego algún
que otro trapicheo». Y más adelante: «así sube(n) a mirar si algún turista está
interesado en alguna (…) Comienza una a hablar con el gringo y va llamando a
las otras, y así comienzan a rifarse quién será la elegida que se vaya con él».
Jiménez García nos muestra una fotografía mental muy detallada de los “cuerpos
exóticos, cuerpos sensuales, cuerpos deseados y cuerpos deseantes” de estas
mujeres de cuerpos negros. Además, le llama a este proceso “la corporalización
de la pobreza”.

El escrito de Arlette Gautier,
por su parte, inicia: «En los primeros tiempos del esclavismo antillano como
hacia su final, la imagen de una mujer esclava “siempre deseosa”, cuyo deseo
puede ser sexual pero también material, se combina con aquel de una desdichada
soportando los deseos masculinos». Gautier nos devela un cuadro radiográfico de
la estructura supervivencial de la negra del siglo XVII que «prefería el
concubinato con los libres que con los esclavos, con la esperanza de tener
hijos libres», y el de las «pobres desdichadas luchando en contra de los deseos
apasionados de sus amos». En la sección que titula La propensión irrefutable de
los negros al placer se nos descubre una negra haciéndose partícipe de la
oportunidad que resulta de saberse pecaminosa (desde el punto de vista del amo)
y de aprovecharse de ese estigma que la marca. Toma provecho de la
circunstancia de ser diferenciada de la mujer blanca (fina, ecuánime, no
inclinada al placer sexual debido a su formación religiosa fundamentalista
colonial) y le saca ventaja al ser catalogada y autodefinida como «una pícara e
interesada que atrae a los blancos a través de todo tipo de seducción». Si la
negra producto de la desigualdad de la esclavitud ya ha sido declarada de este
modo por gobierno, iglesia y milicia, no le queda de otra que luchar
precisamente con el arma de carimbo con que la han marcado. Es por eso que nos
alerta Arlette Gautier: «La supuesta sexualidad de las africanas (…) permite
diferenciarlas de las blancas. En efecto, la sexualidad femenina reconocida y
el gusto por el libertinaje, no son características del sexo bello, del cual
las mujeres negras y mestizas no forman parte». Se puede concluir, por lo
tanto, que el hombre hegemónico ha caído en su propia trampa. Ha erotizado la
otredad durante el proceso de esclavizarla y con ello, le ha cambiado el
estatus a uno de exoticismo y magia, que le da ventaja a la víctima sobre el
victimario mismo. Por ello cayeron los amos, los frailes y sacerdotes, los
militares, mayordomos y guardianes de celda, soldados, verdugos y hasta las
mismas mujeres blancas seducidas, y seducidos todos por esta mágica e
incomprendida divinidad sexual adjudicada a la otredad de la piel oscura.
En mi opinión y debido a que
estos ensayos me ayudaron a descubrir y entender una nueva faceta
mujer-Caribe-corporeidad-identidad, para luego ir a desbordar en ficciones
estos hallazgos, considero que estas fueron las conferencias incluidas en la
colección que más disfruté. Sin embargo, el libro es más que esto. El libro es
“oro de la palestina”, como decía mi abuela Petronila la negra. Así que además
disfruté muchos otros ensayos, cuyos ejes generadores también fueron colados
como café para más adelante incorporarlos a mi corpus de escritura si el dios
Kronos me lo permite. Las enumero a continuación:
·
Hija infame de una
madre infame: Cuerpos sexuados e identidad de Carmen González Marín
·
Hispanic Feminine Identity: A dichotomy of myth and
history de Madeline del Toro Cherney
·
Después de muerta y
olvidada: Luisa Pérez de Zambrana como modelo de la mujer cubana en la segunda
mitad del siglo XIX e inicios del XX de Félix Ernesto Chávez
·
Desde lo ordinario:
cotidianidad, crisis e intelectualidad en la ensayística de Camila Henríquez
Ureña y Nilita Vientós Gastón de Judith Sierra-Rivera
·
Pigmalión reclinado:
género y deseo en «En la popa hay un cuerpo reclinado» de René Marqués de
Sandra Casanova Vizcaíno
·
Las escritoras y el
mito: la mujer caribeña en el espejo de Penélope de Brigidina Gentile
·
Una muestra de la
poesía escrita por mujeres en Puerto Rico a partir de los 70: ¿Ruptura o
afirmación de nuevas identidades poéticas? de María I. Báez Arroyo
Basta con que el lector más
exigente se aviente, saque la sillita de playa, como hice yo, se coloque frente
al Mar Caribe en la costa sur de alguna de sus Antillas predilectas, anide en la
arena (como tortuga) y deguste este manjar.
[1]
En “Hija infame de una madre infame. Cuerpos sexuados e identidad”, El mito de
la mujer caribeña, p. 43.