jueves, mayo 18, 2006

Otro Sitio
por Joel Feliciano
con motivo de la presentación Los Documentados

Prólogo

Antes de llegar a Nueva York, el avión se cayó.

Fotografía Ancil Nance



Antes

Ayer metí las cajas en la parte de atrás del carro. Ya me iba. Bueno, me voy hoy.


A todas les había puesto la nueva dirección, las había empaquetado con masking tape, solamente necesitaban el sello del shipping y pa fuera. Mandarlas era lo único que faltaba por hacer. Ya había pagado el primer mes de la renta allá, así que no había necesidad de quedarse. Y pues... puse las cajas en la parte de atrás del carro. No las quise poner el baúl. No. O sea, ¿cómo poner la vida entera en un lugar tan oscuro y tan caliente?


No tengo mucho; sólo una pequeña colección de juguetes invaluables. Action figures de esos. Que si Ninja Turtles, Batman o Thundercats. No creo que vaya a engancharlos en ninguna parte del apartamento nuevo,; creo que se quedarán metidos en las cajas, adentro del clóset. Pero, aún así, son míos y, por alguna razón, no puedo partir de ellos.


También me llevo una vajilla de mi mamá. Siempre le dije que la botaría. ¡Pues si nunca la usaba! Pero entonces, cuando se murió, no pude. No pude. Esa noche comí arroz con habichuelas en la vajilla, y comí una ensalada con repollo, zanahoria y brócoli. La podía escuchar preguntándome si eso na más iba a comer; que si nada de carne. Y yo le hubiese contestado: "yo puedo vivir sin la carne". Entonces ella me hubiese dicho, o se hubiese dicho a sí misma: "lo que es la vagancia, todo por no cocinarla". Y hubiese sido verdad, la carne siempre es una chavienda para cocinar. Hay que adobarla. Cortarla. Sacarla le grasa. Hay que cocinarla a fuego lento para que quede blandita. A veces hay que virarla en el sartén y velarla. Mucho trabajo. No.


En las cajas también empaqué las gorras de mi papá. Son tres o cuatro. Él tampoco las usaba. Nunca le pregunté por qué las tenía. Pero las mantenía enganchadas en el borde del espejo del gavetero. Ochentoso él. Yo tampoco las uso. Pero las guardé. Las metí en una caja y las guardé.


Y puse las cajas en la parte de atrás del carro. No me quiero ir. O sí, sí quiero. Pero no quiero. Pero ya me gradué y ando pajareando y trabajando para pagar la condená hipoteca de mis padres, que ya saldé.


Me va a doler dejar a mis pocos amigos. Me despidieron antier por la noche. Salimos a comer y me desearon lo mejor. No pueden venir al aeropuerto porque trabajan. Y no los culpo, porque tienen unos trabajos brutales, mejores que yo. Pero me hubiese gustado que estuvieran aquí conmigo hasta que el avión me llevara. Hubiese sido chévere.


Llevé las cajas al correo. Me cobraron un dineral por el envío. Le pusieron los sellos. Las poncharon. Me dijeron que les pusiera tape del USPS para que fuesen más seguras. Hice todo. La muchacha que me atendió era jovencita. Cuando le di la última caja se quedó quieta, mirándome con la cabeza un poquito de lado. No me quitó los ojos de encima y yo no la quería mirar. Estuvo un rato largo. Entonces como que apretó los labios y haló la caja. Me preguntó si quería asegurar los paquetes, yo le dije que sí, sin preguntar cuánto costaba. Me cobró y cuando me vino a dar el cambio se recostó del counter pa decirme:


-Mudarse siempre duele un poquito.

¿Como sabía que me estaba mudando?

Tuve que apretar los dientes para no llorarle allí mismo.

El cuarto donde viví casi toda mi vida estaba vacío. Mis cosas estaban de camino en un avión sobre el mar. Jamás había visto el clóset así de libre y desocupado. Nunca había visto la pared de atrás tan... plain.

¡Qué cosas! Lo que uno descubre. Lo que uno descubre que siempre estuvo allí. En la pared del fondo del clóset no había nada. Pero en una esquina, una esquina que nunca recordé, había escondido un corazón pintado con magic marker negro, un corazón bien descuadrao, bien de nene chiquito, que al lado decía: "Carina", con C. Me acuerdo de Karina. Su nombre era con K, creo, y yo estaba enamorao de ella como en tercer grado. Ya ni me acuerdo de su cara, solamente de su idea, de su nombre y del corazón que le dibujé.


Las paredes desnudas. La computadora en el avión. El escritorio baldío. Ni televisor. Solamente el abanico. Y el gavetero destripado de la ropa. Nunca estuve tan solo, pensé, y la tristeza me durmió.




Durante

Mi tía me trajo al aeropuerto. Me abrazó y me dijo con miedo que el otro día se había caído un avión en Japón y otro en España. Entonces me entró un miedo enorme.

Pero olvidé el miedo inmediatamente, cuando vi a mi amiga. Vino a despedirme. Dijo que me iba a visitar. Que le consiguiera un matress de los de aire que ella se tiraba en el en el piso. Que me iba a extrañar un montón. Agrandé los ojos para que el aire entrara y los secara antes de que se vieran llorosos. Pero no funcionó. Me abrazó fuerte. Y no le pude decir nada. Cada vez que traté de hablar las palabras se me atragantaban. La miré. Le dije adiós con la mano. Me alejé. Y me monté en el avión.




Es la segunda vez que me monto en un avión. Bueno, la tercera, si contamos el viaje de regreso del primero. Igual que la primera vez, las nubes me dan una alegría que no puedo explicar. Más que ello es el hecho de estar más arriba que ellas. Ellas que son tan inalcanzables.


El vuelo salió como a las 5, y resulta que pude ver el amanecer. La primera vez vi al atardecer y ahora el amanecer. Por encima de las nubes. Ya no me falta nada más qué ver, pensé, (estuve equivocado, claro). La diferencia es enorme. Cuando amanece esperas el sol. Lo vez llegar poco a poco, y uno se asombra de ver que el mundo de verdad se mueve. Allá arriba vi a la tierra moverse. Las nubes tenían una formación gigantesca, era una llanura blanca, una pradera acogedora, un desierto de algodón, y al fondo un destello dorado fue surgiendo, pintando el algodón del color del sol, pero también de un púrpura leve, que por alguna razón me hace pensar en yogur.


Desde el avión vi la ciudad. los edificios apiñados en un cantito de tierra, bañada por el mar, y rodeados de una seca neblina que gravitaba entre ellos (de contaminación, debe ser). Mi nueva casa me espera, me dije. Lo único malo es que me acordé que antes de que mi tía me diera un beso, me dijo con miedo:


-Cuídate, mira que cuando se cae un avión, se caen tres

La señora con la que estaba hablando me miró de una forma... Y no me habló más. Y mucho menos cuando el avión empezó a temblar descontroladamente. La señora comenzó a gemir agarrándose de la silla. Yo también, claro, más cobarde no hay nadie. El capitán del avión habló por las bocinas diciendo que aquello era sólo unas fuertes turbulencias que atravesarían en unos minutos, que el aeropuerto JFK estaba a la vista. Pero el avión se quedaba sin sostén en el aire y caía como caen los trenes en las montañas rusas. Algunas personas gritaron, otros lloraron de lo horrible que era soportar turbulencias. Algunos nenes chiquitos se rieron de aquellas cosquillas que daban en el estómago. Si tan solo hubiesen sabido lo que les esperaba. Lo peor era que nuestro destino estaba a la vista.




Después

El avión se cayó. Justo antes de llegar a Nueva York. De punta. Por lo menos nos salvamos de la maldición de "cuando cae uno, caen tres"...


El avión que se cayó fue el del correo. Con mis cajas, Con la mitad de mi ropa. Con mis recuerdos. Y con mi vida.


De alguna forma el apartamento nuevo se sentía aún más vacío que mi cuarto en Puerto Rico. Pero, ¿qué le iba a hacer? No había forma de rescatar mis cosas. El mar se las está tragando entre las olas. No me acordé para nada del seguro que les puse. Miré por las ventanas. Un montón de ruidos, un montón de gente. Me tiré en el piso. Ahora sí que tenía que empezar desde cero. Ahora sí que me chavé.


Me quedé dormido. Dormí como por dos días. En el piso. Al tercer día me levanté con la decisión de montarme en el próximo avión de regreso. No sin antes comer algo. La barriga me mataba.


Compré bistec. Lo cociné en la veintiúnica olla que había en el apartamento; alguien aparentemente la había dejado, y con razón, si parece que la usaban para martillar.


Antes de subir al apartamento a cocinar, cogí unas cartas. Todas eran recordatorios para activar el teléfono, el gas, el cable y el agua... Todas menos una. Era una postal con la bahía de San Juan iluminada en la noche. Decía:



Mudarse siempre duele un poquito, pero vas a salir ganando.

Att.: La muchacha del correo

¿Te acuerdas de mi? Espero que hallas ido al correo a cobrar el seguro que le pusiste a tus cosas. Sé que se perdieron, pero ahora vas a empezar una nueva vida. Será como nacer de nuevo. Lo sé, porque yo lo hice, hice mi bachillerato allá y volví.


Espero que estés bien, y que te acuerdes del tercer grado.

Con cariño:

Carina






Lo primero que dije al leer la carta fue: "¿quién rayos será...?", un segundo después dije: "¡diaaaaatre!" La muchacha del correo era Carina. ¡Y Carina con C!


El bistec estaba malo. Soooso. Pero me lo comí y me dio fuerza. Me fui por ahí a caminar, entre el tumulto de gente. Cobré el seguro del correo. Pasé por los kioscos turísticos de Times Square y compré postales. Entonces fue que empezaron los nuevos recuerdos a acumularse. Postales de aquí para allá, de allá para acá. Le pregunté si su nombre era de verdad con C, (todavía no lo creía), nunca me contestó. Le conté de la turbulencia, de la vajilla, de las gorras, de los juguetes, de que seguramente todos murieron en el acto cuando se cayó el avión. Le conté de la señora que me miró mal. Carina solamente me contestaba con un montón de "jajajas".


Después de unos meses sin saber de ella, me llegaron dos postales. La primera era una foto tomada de un avión, donde aparecía un prado de nubes, y por atrás decía: "Sí, Carina es con C", aunque ya lo sabía, pues todas sus firmas eran con C. En la segunda postal, había una foto de Nueva York con las Torres Gemelas dibujadas a mano, ella le escribió por atrás: "La vida empieza muchas veces". Me frisé en la calle. La gente chocó conmigo y me miraron mal. Me congelé allí, porque estas eran las primeras postales que no eran de Puerto Rico, ni del faro de Rincón, ni de la playa Flamenco, eran de un viaje sobre las nubes, y de un Nueva York diferente... Carina estaba cerca. Carina con C estaba muy cerca. Me puse mi gorra ochentosa y fui al supermercado a comprar bistec, dispuesto a empezar más que en otro sitio, a empezar otro momento.

2 comentarios:

Awilda Caez dijo...

Este cuento me gustó mucho cuando lo escuché esa noche. Gracias por permitirme volver a disfrutarlo.

J O E L dijo...

qué mucho tiempo ha pasado desde que leí esto allí... Gracias.

Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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