sábado, septiembre 09, 2006

Buitre
Por Alma Rivera


El miedo era un buitre. Yo lo veía, como de lejos. Hechizada, atada a aquellos ojos vidriosos, unida a la bestia que cargaba mis entrañas, recién cortadas, quirúrgicamente cortadas, colgadas de su pico. Aguanté la respiración. Si respiraba, me tragaría. Y, aún así, extendí los brazos y cubrí aquel torso que una vez sentí, lloré, llamé como mi casa. Sus brazos me cubrieron, sus manos jugaron con mi cabello, como antes. Sentí su beso sobre mi cabeza que se escondía en ese espacio que queda guardado entre su barbilla y su pecho y que tan bien me acomodaba.

No quise abrir los ojos; vería al buitre. Quise convencerme. No necesitaba mis entrañas, podría vivir sin ellas. Al menos así me pareció al sentirme escondida entre sus brazos, acunada en un pecho que siempre había sido mío. Con el último buche de aire, quise separarme de aquella piel sobre la cual se derretía la mía. La cocina parecía un infierno. Sus brazos recorrían mi espalda, levantando la camisa, sus manos me acariciaban. Sus labios tragaban mi cuello; con cada beso me arrancaba la piel. Una piel dura que se comenzó a formar desde el día que creí que no lo vería más.

Me dolían los ojos, no quería abrirlos, pero si no lo hacía me ahogaría. Mis poros se habían cerrado, todos. Era la ausencia de vísceras, la ausencia de lo que me formaba, todo lo que había escondido de él y de todos. En ese momento, supe que tenía que irme, pero mis brazos no respondían. Subían y bajaban por su pecho, bailaban un exótico y desconocido baile, contorsionándose hasta llegar a su espalda, recorriendo su cuello, escondiéndose entre sus tímidos cabellos.

Fue entonces cuando supe que tendría que mirarlo, la falta de oxígeno me mataba. Podía vivir sin entrañas, pero no sin oxígeno. Mis manos se detuvieron autómatas en su cara. Arranqué sus labios de entre mis pechos, levanté su cara, alta, muy alta sobre mí. Cuando logré separar mis párpados, sus ojos chiquitos me miraban derretidos. En ellos pude leer todo lo que él nunca me diría. Siempre hemos sido muy claros, demasiado claros, más ahora que nunca. Mi mirada atravesó la suya y se postró sobre el buitre. Pude ver como su pico se abría lento, parecía disfrutar cada pedazo de mi carne que tragaba. No sabía, hasta ese momento, que un pico podía sonreír. Su sombra se postró sobre mi rostro, que dibujó una mímica de aquella cuasi-sonrisa. Mis labios se acercaron lentamente a los suyos, el calor hacía que corrieran como un río de lava que yo sabía más temprano que tarde se convertiría en piedra.

De la cocina, dando tumbos, volteretas, siguiendo aquella danza demente que causa haber perdido lo que se escondía, llegamos a la cama. Ahora me arropaba el frío, pero nuestra piel se había quedado unida. Yo sabía que llegaría el momento de despegarla y sabía que se rompería. Pedazos de él se quedarían conmigo, ¿cómo podría él despegarse los míos? Todos los no, que mi mente creaba, se atoraron en mi garganta mientras sus manos deshacían botones y mi ropa se derramaba de mi cuerpo, empapando el suelo del frío cuarto. Fue entonces que me deshice, por dentro. Él quiso llenarme, y yo sabía que no sería suficiente. Todo lo mío se había ido con el buitre. Las olas tomaron control de dos cuerpos que volvían a ser uno. Mi boca se abrió queriendo tragar sus labios.

De repente, el silencio. De repente, la calma. Las frases, los besos sobre los ojos, las manos cansadas. Mientras caminaba hacia el baño, sentí su piel sobre la mía y quise que no se secara, que no se cayera. Tal vez podría despegarla, poco a poco, guardarla, crearme nuevas entrañas. Mientras salía, volví a mirarlo a los ojos, quise creer su sonrisa. Bese de nuevo sus labios. El me pidió que me quedara, no tenía porque irme. Yo sabía que no me podría quedar, era parte del trato, del acuerdo. El buitre volaba sobre la casa, sobre mi carro. ¿Y mis pedazos sobre su piel?

Yo riego los suyos, día a día, para evitar que se sequen y me abandonen. O, tal vez, esperando recuperar el aire suficiente para despegarlos y, así, calmar al buitre que todavía me ronda.

1 comentario:

Yolanda Arroyo Pizarro dijo...

Alma, me ha encantado. Gracias por esta contribución tan llena de talento. Ese buitre que se posa, que se postra, que de alguna manera adoptamos en la piel, nos hace ave con él. Lo llevamos con nosotras. Muy buenas metáforas, muy buena la idea. Me has transportado has allí.

Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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