jueves, mayo 31, 2007

La Chica de Estocolmo
Por Stefan Antonmattei



Imagen por Shonfeldet


La Chica de Estocolmo
Por Stefan Antonmattei


Los comensales me miraron con sospecha. Siempre me miran con sospecha. Rubia, alta, delgada, de nariz que establece clase, vestidos de seda, diamantes en un dedo y en la muñeca; no parezco ser de este país. Entré de prisa, desesperada. Sin preguntar, el bartender me señaló el destino. Cerré la puerta. “Esta cafetería necesita remodelación”. Así leía tallado en la parte de adentro de la puerta del baño.

Me bajé el pantie estirándolo debajo de las rodillas me subí el traje sobre las nalgas empujando una figura atlética 90 grados sobre los Manolo Blahnik de taco alto a varias pulgadas sobre el toilet. ¿Quién se habrá tomado el tiempo?, pensé, leyendo la puerta. Estaba tallada a cuchillo, sin prisa, con buena letra y lo suficientemente profunda para sobrevivir capas de pinturas y pensamientos que apestan.

Qué rico es orinar cuando se tienen muchas ganas -- a h h h -- como un orgasmo, un orgasmo que venía elaborándose desde la primera de las cuatro copas de champangne que me tomé en la casa esperando a mi marido y mis dos hijos antes de salir al restaurant. A mí a veces como que se me olvidan las cosas y, pues, se me olvidó ir al baño antes de salir de la casa y al restaurant no iba a llegar. Las mujeres tenemos la vejiga pequeña y sensible y las cuatro copas de champangne como que me han hecho pensar en una buena mamada, de esas de lengua fina, liviana, vulgarmente juguetona. No como la de un hombre. No, ésta tenía que ser como la de una mujer, la mujer que la sugerencia magistralmente tallada me recordaba.

Es que ella cortaba. Respiro su memoria y el orín y se me endurecen los pezones. Ella era una experta con esa navajita de mariposa negra. De pequeña se cortaba, según ella, para aplacar el dolor y, cuando ni dolor ni placer se daba, entonces comenzó a cortar a otras. Yo fui una de las otras, su víctima predilecta, “su cachorrita”, me decía, la más joven, la más atrevida. Entonces me atrevía a todo.

Una gotita de orín huérfana y ardiente baja sobre las cicatrices de mi entremuslo. Son tres, tres en cada muslo, pequeñitas, precisas y sospechosas. Parecen estrías pero no lo son. A la gotita no la detuve, dejé que llegara hasta la rodilla cayendo a su muerte sobre mi tobillo. Esa gotita . . . como cuando me amarraba desnuda al tubo de la cortina de su bañera y me pegaba y yo temblaba de miedo y temblaba de placer y se me endurecían los pezoncitos. Siempre se me escapaba una gotita de oro. Era todo un ritual, acopio de ansias a la expectativa de la mariposita negra de cuatro pulgadas afiladas. Me la enseñaba, la abría l e n t a m e m e n t e y se sonreía perversa. Era cuando único sonreía, provocándome, pasándome el Samurai libertador como viento sobre la piel - - “y ahora mami te va a cortar, tu quieres que mami te corte” - -, decía sin preguntar. Su filo frío pronto hervía dentro de mí y me venía, orgasmo tras orgasmo hasta que las gotas de gloria se mezclaban con las rojitas y las doradas que me bajaban por la entrepierna.

Respiré profundo quitándome el pantie. Me hice un guante de papel para secarme los olores y la gota huérfana muerta sobre el tobillo; entonces dos guantecitos más para esconder el pantie y botarlo al zafacón. Nadie sabe de ella, nunca jamás. Nadie sabrá esto de ella. Parándome derecha, me acomodé el traje. Me esperan afuera y necesito unas copitas de champangne para refrescarme. Volví a leer la puerta sonriéndome ... “Esta cafetería necesita remodelación”.

3 comentarios:

no apta para la humanidad dijo...

Lo que más admiro de este autor es que desde su crudeza logra profundizar genialmente sobre lo que nos hace humanos. El deseo, la sangre, el dolor, el orgasmo y el orín todos forman parte de esta vida que se experimenta desde el cuerpo, en este caso un cuerpo femenino que nadie sospecharía lo que esconde.
Este breve cuento se presta para analizarlo exhaustivamente, desde el título hasta el pie forzado. Es genial.

Zurilma dijo...

Porque las mujeres llevamos nuestros secretos mas profundos muchas veces debajo de nuestras faldas.

Logras excepcionalmente transformarte en la chica de estocolmo y nos llevas en un viaje a traves de su psiquis.

Felicidades a mi tallerista favorito.

Zurilma dijo...

Porque las mujeres muchas veces llevamos nuestros mas profundos secretos debajo de nuestras faldas.
Sabes llevarnos a traves de la psiquis de la chica de estocolmo.

Felicidades a mi tallerista favorito.

Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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