lunes, junio 18, 2007

Nunca hables con la otra
Por Yolanda Arroyo Pizarro

Imagen por Stone


Nunca hables con la otra
Por Yolanda Arroyo Pizarro


Vanesa nunca habla con la otra. Es un privilegio que se permite luego de haberlo adquirido por sus años de experiencia. Es también una bichería, lo sabe, pero se la pasa por donde no le da el sol. Debe ser que lo aprendió muy joven. Tenía dieciséis y el novio de compromiso ya le hacía el cunnilingus a la muchacha que vivía en la casa de esquina, cerca a la cancha de baloncesto. Él decía que iba a jugar basket, pero aunque el ejercicio al que se dirigía incluía bolas, poco tenía que ver con el deporte. Entonces Vanesa se enteró un buen día de que el hombre que le había puesto sortija, la besaba en la boca con una lengua que venía de pasarle a otra en la entrepierna. Y la rabia le hizo ir a reclamarlo, enfrentar a la otra, exigirle que dejara de ofrecerle la chochita a su futuro esposito. Y claro, Vanesa no era tonta, así que de inmediato y sin que nadie se lo dijera supo que con aquel reclamo, había hecho el ridículo. Su tantrum nada intervendría en el desánimo o no de los ilícitos encuentros. Ella solita lo supo, nadie tuvo que hacerle un mapa.

Desde entonces cuando tiene pareja (nunca se casó con el joven lamedor de cricas ajenas), y presiente que esa pareja tiene a otra, lo descarta o arregla con él. Con él, sin que medien terceros. Porque en definitiva de eso se trata una relación, ¿no?, de un arreglo entre dos. El que llega tercero está de más, y nada hay que aclarar o dilucidar con ese que se asoma. Total, que ese que se asoma, que llega para interrumpir, usualmente llega con permiso del otro. Llega, como dicen por ahí, no a terminar la relación de esos dos, sino a iniciar una que nada tiene que ver con la del otro lado, que ya, a estas alturas, está agonizando.

Vanesa sabe que hay que tener tolerancia para estas cosas. La gente no es dueña de gente. Así como llega el amor, se va. No nos gusta creerlo, pero así es. Ella sabe que duele enterarse cuando ya existe un tercero, pero los seres humanos somos criaturas complejas, amatorias y táctiles que usualmente gustan de la compañía de otras criaturas complejas amatorias y táctiles. Y tal complejidad en la mayoría de los casos permite que se siga en una relación muerta hasta tanto no encontrar la resurrección en otra. Vanesa no es idiota, lo sabe, ¿para qué negarlo cuando le sucede entonces?

Además, seamos sinceros. A ella también le ha tocado ser la otra. Le ha tocado recientemente meterse con una pareja casada. En dicho caso, tampoco se humilla hablando con la esposa o la “legal”. Ha sabido evitar esas vejaciones. La mujercita se enteró y quiso aclarar el asunto con ella. Vanesa sabe lo que tiene que hacer, sigue un estándar operating procedure. Si la llama al teléfono es fácil, simplemente no le contesta llamadas. Si le envía emails con la frasecita de “deja a mi marido en paz”, como si el pobre no pudiera defenderse o hubiera caído victima de un sortilegio inexplicable, lo borra y lo ignora. No contesta esas nimiedades. Si el acoso persiste y llega hasta el punto físico, quizás de una visita inesperada o un aparecerse de la esposa en donde menos ella se lo imagina (su salón de belleza, el supermercado, su lugar de trabajo), la trata de vieja loca, mujer irresoluta y poca cosa. No se de qué me habla y váyase a ver un siquiatra que conmigo si que no.

Ahora sí, tales acciones le dan curiosidad, porque entiende que eso le pueda pasar a una muchachita joven, pero ¿a toda una señora con neuronas maduras, depilaciones, tetas hechas y abdominoplastía pagada por el marido? ¿Qué hace que alguien se permita esa autohumillación? ¿En qué piensa una mujer cuando se permite ese evento tan primitivo de ir a pelearle a otra lo que cree es suyo? ¿En serio piensa que así, de ese modo hace desistir a cualquiera de los “culpables” de su romance? ¿Desalienta esto la actitud fornicadora de los implicados? ¿En serio se salvan los matrimonios moribundos de esta manera?

Bueno, Vanesa sabe que no, pero no le toca a ella decírselo a la frustrada esposa. A Vanesa le toca, esta vez, no ser besada después del cunnilingus.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vanessa, hay Vanessa!! Si no te conociera tanto diría que estás a punto de gritar, llorar y pataletear. Déjalo así, en la ironía y el sarcasmo que nos va mejor. Ya tenemos neuronas maduras, tetas hechas y abdominoplastía, no hace falta nada más.
La mujer cruda

Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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