domingo, julio 01, 2007

Habrá que zurcir el corazón


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De regreso al mundo real, lejos de una Atlanta de Museos y paradas de Orgullo, y en la vuelta a suelo boricua me entero de que el ex sufre. Yo sufro con él porque el niño recién estrenado en los placeres del primer amor ahora no come, no habla, no sale del cuarto. Hay excesos de un desdén en la novia; no llama, ni visita, ni se aparece, ni textea, ni envía emails ni nada de nada. Nadie sabe cómo ni por qué se ha esfumado. Lo ha dejado. O él a ella y no lo quiere decir, o lo han decidido así ambos y la explicación no le sube por la garganta. Es un misterio, como los de los Templarios. El joven enamorado no dice nada, se lo guarda en el pecho como una valiosa perla negra que nadie debiera descubrir. Privilegios de un corazón roto. Recuerdo la primera vez que rompieron el mío.

Se llamaba Willie. Nariz de esfinge y piernas de bailarín de COPANI. Tez todo lo blanca que se esperaría; blanca y translúcida. Unida a la mía, hacían un contraste por demás majestuoso que no pasaba desapercibido por quienes pocas veces nos vieron tomados de mano. Digo muy pocas veces, pues Willie se alejaba de mis contactos si alguien se acercaba a nosotros. No quería que nos vieran como pareja. Prefería mantenernos en el anonimato contrario a toda explicación lógica que no fueran sus propios prejuicios y el miedo a que los amigos le vieran acompañado de esta muchachita negra y con el pelo malo que sacaba todas A en la escuela. Pero a pesar de sus reservas, disimulos y de los juegos que yo gustosamente le seguía para mantenerlo a mi lado, a pesar de los pesares, se me escapó de los dedos. Una amiga me dijo que fumaba marihuana y yo le pregunté, y él me dijo que sí, que le gustaba, tanto como le gustaba mi boca y discurrir su tacto por debajo de mi blusa, tanto como le gustaba bailar la música de Air Supply, REO Speedwagon y Journey conmigo mientras me infligía aquella espada masoquista y deliciosa entre la pelvis, tanto como el sabor de mi ombligo degustado en los bliches del parque de pelota a medianoche, y la pegajosidad de mi savia por adentro de mi falda corta en los dogauts. Entonces le dije que escogiera: la marihuana o yo.

Fue atrevido o valiente. O imbecil. Porque rompimos (yo no fui la elegida) y mi corazón sintió la primera ponzoña espetada y la primera dolama aguda, y la primera estocada obtusa. Se me abrió el pecho por el medio y lo sufrí meses.

Después de aquella primera se me ha roto otras veces, incluso por el propio ex que hoy guarda la custodia de nuestro hermoso hijo corazóndesarmado. Sin embargo, nadie me explicó y jamás me hubiera imaginado que cuando le rompen el corazón a un hijo, también te lo rompen a ti. El ex anda insomne, afectado, preocupadísimo y me llama desde las distancias ultramarinas para intentar sanar su herida y para que le de ideas de cómo sanar las de nuestro retoño. Yo no sé qué decirle; yo, al igual que él, me siento partida y corroída. Quisiera regresarlo a los dos años y acostármelo en la falda, arrullarlo y decirle que mamá lo cuidará de cualquier mal. Pero es algo del todo imposible. Yo, aunque quisiera, no tengo esa potestad. Sólo me resta cerrar los ojos y enviarle a la distancia mis mejores deseos, orar porque sane pronto, pedirle al universo que lo instruya de sabiduría y paciencia. Total que le falta una enorme cantidad de rompimientos por afrontar…

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi cuarto tiene ganas de guardarme
me amamanta en las ojeras inconscientes del olvido
y no es un mito
que no quiera abrir la puerta.

El cuarto...
y que ganas de exhalar el aliento
con sabor a recuerdo
por el hueco de alguna ventana.

Pero he cerrado también las ventanas para no esparcir este grito de sílabas por las calles.

Las paredes se hacen angostas
me recuentan fragmentos de historia
se encargan junto a mis huesos
de reclamarle a las sombras.

Mis sueños se disencan
mis dedos encorvados son lo único que tengo.

Yo que no sé decirlo...

Soy víctima del terciopelo
presa fácil de la inocencia
testigo del cartón.

He andado muy lejos
para prohibirme la tristeza
el paso de las cicatrices
desarticulando las horas
bajo el tránsito
de todas las cosas vividas.

Hoy que tengo sed y me levanta el desdén de muchas mañanas iguales
sin la promesa de algún bioequivalente que se lleve el dolor y lo borre.

Qué importa quién ha descocido las promesas.

Paloma
la nostalgia se complace hoy en demostrar que la nostalgia se parece tanto a tu ausencia
como la felicidad a tu nombre.

Que hoy que no estas
me duelen tanto los silencios
y las huellas
y las manos...

Acerca de mí

Mi foto
"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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