BOREALES: Escritos de Yolanda Arroyo Pizarro

Literatura, periodismo cultural y gestión artística en Puerto Rico. Un blog de opiniones, entrevistas, prosa y poesía.

Boreales...: La nieve sin sangre… <br>Por María de Lourdes Javier Rivera

Boreales...

Escritos de Yolanda Arroyo Pizarro -- Literatura puertorriqueña

Alessandro Baricco
Seda (fragmento) 59. "Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin."
Julio Cortázar
Rayuela Cap. 68: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.".
J.M.Coetzee
Desgracia (fragmento) “Él disfruta con la alegría de ella, una alegría sin afectación. Le sorprende que una hora y media por semana en compañía de una mujer le baste para sentirse feliz, a él, que antes creía necesitar una esposa, un hogar, un matrimonio. En fin de cuentas, sus necesidades resultan ser muy sencillas, livianas y pasajeras, como las de una mariposa. No hay emociones, o no hay ninguna salvo las más difíciles de adivinar: un bajo continuo de satisfacción, como el runrún del tráfico que arrulla al habitante de la ciudad hasta que se adormece, o como el silencio de la noche para los habitantes del campo”.
Laura Restrepo
Delirio (fragmento) "Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera. Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien. Cuando me fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual, ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles, la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza, hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender. La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa."
Virginia Woolf
Las olas (fragmento) "El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto; hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial. Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías."
Angeles Mastretta
Mujeres de ojos grandes ( fragmento) "Cuando la tía Carmen se enteró de que su marido había caído preso de otros perfumes y otro abrazo, sin más ni más lo dio por muerto. Porque no en balde había vivido con él quince años, se lo sabía al derecho y al revés, y en la larga y ociosa lista de sus cualidades y defectos nunca había salido a relucir su vocación de mujeriego. La tía estuvo siempre segura de que antes de tomarse la molestia de serlo, su marido tendría que morirse. Que volviera a medio aprender las manías, los cumpleaños, las precisas aversiones e ineludibles adicciones de otra mujer, parecía más que imposible. Su marido podía perder el tiempo y desvelarse fuera de la casa jugando cartas y recomponiendo las condiciones políticas de la política misma, pero gastarlo en entenderse con otra señora, en complacerla, en oírla, eso era tan increíble como insoportable. De todos modos, el chisme es el chisme y a ella le dolió como una maldición aquella verdad incierta. Así que tras ponerse de luto y actuar frente a él como si no lo viera, empezó a no pensar más en sus camisas, sus trajes, el brillo de sus zapatos, sus pijamas, su desayuno, y poco a poco hasta sus hijos. Lo borró del mundo con tanta precisión, que no sólo su suegra y su cuñada, sino hasta su misma madre estuvieron de acuerdo en que debían llevarla a un manicomio."
Pablo Neruda
Poema 14: Juegas todos los días con la luz del universo./ Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua./ Eres más que esta blanca cabecita que aprieto/ como un racimo entre mis manos cada día./ A nadie te pareces desde que yo te amo. / Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas. / ¿Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur? / Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías. / De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada. / El cielo es una red cuajada de peces sombríos. / Aquí vienen a dar todos los vientos, todos. / Se desviste la lluvia. / Pasan huyendo los pájaros. / El viento. El viento. / Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres. / El temporal arremolina hojas oscuras / y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo. / Tú estás aquí. Ah tú no huyes. / Tú me responderás hasta el último grito. / Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo. / Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos. / Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas, / y tienes hasta los senos perfumados. / Mientras el viento triste galopa matando mariposas / yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela. / Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí, / a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan. / Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos / y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes. / Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote. / Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado. / Hasta te creo dueña del universo. / Te traeré de las montañas flores alegres, copihues, / avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos. / Quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos./ (20 poemas de amor y una canción desesperada)
Milan Kundera
La insoportable levedad del ser (fragmento). "Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiro como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.....Y le dio pena que en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte). Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera que quería: El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. (...) Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. (...) La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes."
jueves, septiembre 13, 2007
La nieve sin sangre…
Por María de Lourdes Javier Rivera

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La nieve sin sangre…
Comentario sobre el cuento El rastro de tu sangre en la nieve de Gabriel García Márquez
Por María de Lourdes Javier Rivera


Todo iba bien. Dos jóvenes recién casados en la euforia de un amor que todavía les quedaba grande, dos latinoamericanos en luna de miel por Europa, rodeados de regalos, comodidad, lujo, el mundo entero abriéndose delante de ellos. Todo parecía perfecto.

Nada podría detener el curso de estos jóvenes con tanta vida y tanto amor a sus pies. Nada, excepto la diminuta espina de una rosa, una minúscula cortadura y todos los sueños, toda la pasión, todo el amor, toda la vida se cuelan con la sangre que se derrama por esa aparentemente inocua herida. Tras leer El rastro de tu sangre en la nieve de Gabriel García Márquez uno se queda con la sensación de que no hay nada realmente inocuo en la vida, que una pequeña cortadura puede ser mortal, que llegar demasiado tarde o demasiado temprano a un sitio podría cambiar el rumbo de nuestra desolación, que la vida entera puede abandonarnos sin que nos demos cuenta. No hay consuelos que nos salven de la fragilidad de la vida, del horror de la muerte. Nada es inocuo.

Nena Daconte y Billy Sánchez pertenecían a la alta sociedad. Ambos provenían de familias influyentes, poderosas y adineradas de su país. No obstante, existen diferencias entre ambos. Mientras Nena Daconte es una joven refinada y educada, que ha viajado mucho para su corta edad, Billy Sánchez es un bandolero que a pesar del prestigio de sus apellidos se dedica a aterrorizar con su pandilla. Nunca ha viajado, no conoce ningún otro idioma y ninguna otra realidad que la de su pueblo. En gran medida Billy Sánchez es un ignorante privilegiado.

Quizás el sentimiento que los unió fue genuino, pero el texto sugiere que era muy inmaduro. Eran adolescentes, Nena tenía 18 años mientras que Billy tenía apenas 17. No tenían mucha experiencia en el amor ni el sexo. La misma Nena era virgen antes de entrar en relación con Billy. Juntos descubren la pasión y el deseo por primera vez. Las descripciones que se nos ofrece del proceso en el que se desarrollaba esa relación son muy sexuales, casi todo lo que se nos cuenta son encuentros furtivos y apasionados. Lo que más nos deja entender que la relación fue precipitada hacia el matrimonio es el poco tiempo que transcurre: “Había empezado tres meses antes de la boda…” La juventud, mezclada con el poco tiempo que estuvieron juntos demuestran claramente la inmadurez de esta relación. Allí estaban estos niños recién casados, emprendiendo una luna de miel por Europa mientras Nena Daconte llevaba un embarazo de dos meses, casi como si a una situación se le precipitara otra: no sólo se enfrentaban a un matrimonio a tan temprana edad, sino que se enfrentaban a una familia, como niños jugando a casa.

Otro detalle desconcertante es el hecho de que la relación entre estos dos jóvenes surgió de la violencia. Nena Daconte estaba desnuda, poniéndose el traje de baño para disfrutar de la playa, cuando entra Billy, cadena en mano, inmerso en su hazaña de vandalismo. Él la amenaza de violarla bajándose los pantalones. Ella le devuelve la amenaza, dejándole saber la supuesta experiencia sexual que ella tenía. Este es el comienzo de la relación entre ambos, apenas tres meses antes de la boda.

Llegan a Madrid todavía embriagados de ese amor pasional y joven que se permeaba entre ambos. Hasta que la rosa hiere justamente el dedo donde Nena Daconte llevaba el aro de bodas. No accidentalmente, este pinchazo tiene su resonancia con cuentos de hadas como La bella durmiente. Pero aquí no hay hechizos que se puedan revertir. El príncipe no aparece, la princesa nunca se despierta.

Al momento Nena no le da importancia a la herida. Nadie le da importancia. Billy se obsesiona con el carro. Como buen caribeño se asombra con la nieve y juega como un niño con ella. Es significativo que en muchas de las descripciones de este viaje en carro desde Madrid a París se describe a Nena Daconte como una “criatura”, palabra que crea distancia entre ambos y que nos permite entender cierta frialdad en el trato de Billy hacia Nena. El hecho de que la herida fue precisamente en el dedo donde llevaba el anillo no es mera coincidencia. En la narración de estos pasajes se puede entrever cómo Nena Daconte asume una actitud pasiva y dócil frente a su esposo. Se olvida de sí misma. Se preocupaba por Billy, quien todavía no parecía registrar el sueño, ni el cansancio, ni el hambre en vez de atender su dedo. Cuando expresa que lamentaba haber pasado una noche sin amor, él sugiere que podían tener relaciones sexuales sobre la nieve. Lo sorprendente es que ella lo considera y cuando decide que sería mejor esperar, él le reclama que era la primera vez que ella le fallaba. Una herida imperceptible, casi invisible, y Nena Daconte siente que el alma se le escapa por ella. Todo perfecto en la superficie, los dos aparentemente felices, pero algo parece estar perforado en esa relación. Pero son precisamente esas pequeñas cosas que no le concedemos importancia las que en ocasiones pueden ser mortales. Lo cual es precisamente lo que sucede en este cuento. Nena es ingresada en un hospital donde eventualmente fallece desangrada sin que Billy se entere.

La interpretación más simplista sería de que la herida es metáfora meramente de la relación entre ambos, que la indiferencia de Billy hacia Nena le causó la muerte. Podría ser y en cierta medida lo es. Pero no es tan sencillo. ¿Por qué muere Nena Daconte? Parcialmente por la fijación de Billy con el carro. En parte también porque Nena misma no quería concederle demasiada importancia a la herida. Pero no es tan sencillo. El frío de la nieve que los rodea se extiende a la indiferencia de los otros. A través de todo el cuento aparecen personajes que de alguna manera resisten a ayudar a los jóvenes. En un inicio los guardianes de la frontera francesa se negaban dirigirlos a la farmacia más cercana: “El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo. Y mucho menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla.” Sólo tras ver a Nena chupándose la herida cambió su actitud y les dio indicaciones. En el hospital, Billy se encuentra con la indiferencia de algunos empleados que le recuerdan que sólo se permitían visitas a las salas de urgencia los martes. Cuando Billy se desespera y acude al consulado lo atiende un funcionario que no le presta mayor importancia. Le recuerda “que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras (…) No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.” Y seguimos a este caribeño que se enfrenta a sus miedos, a la soledad, a las barreras culturales y lingüísticas. Este joven se encuentra completamente aislado y vulnerable sin nadie a quién acudir, nada en que acogerse. Sale a relucir luego que lo estaban buscando, que por culpa del hospital no permitirle la entrada hasta el martes no se enteró que su esposa ya había muerto. Luego nos enteramos que el mismo funcionario que ignoró a Billy Sánchez cuando buscó ayuda allá recibió noticias sobre la muerte de Nena Daconte. El funcionario sólo asume la responsabilidad de su trato al descubrir la procedencia de Billy, pero si se tratase de una persona común y corriente jamás se hubiese preocupado por su desgracia. El frío, la nieve y la indiferencia imperan.

Aquel hombre-niño de 17 años que llegó por primera vez a París como turista de repente se convierte en un necesitado y esa París romántica que los caribeños sueñan con pisar se convierte en un escarnio de su sufrimiento. Billy se encuentra desolado en esa ciudad esperando noticias de su esposa, tan cerca y tan lejos de ella, con la muerte no anunciada entre ambos, mientras París brilla en su esplendor. En medio de toda esa agonía el único consuelo que le ofrece el funcionario de la embajada es que pasara el tiempo en el Louvre. Se pretende que este joven sea turista y aproveche su tiempo en París a pesar del dolor. El extranjero ya no se siente bienvenido- mientras sea turista todo está bien, pero en el momento en que reclama necesidades/derechos comienza a cruzar límites. Es casi como si el extranjero sólo debe cumplir su misión contemplativa, sin interrumpir el orden natural de las cosas. La sensación que da al leer la cotidianidad ajena que se enfrenta Billy es de que su presencia en esa ciudad era de alguna manera disruptiva, casi como una inconveniencia irritante.

Es genial cómo Gabriel García Márquez logra describir el asombro e ingenuidad de un latinoamericano que por primera vez se encuentra en París. Desde los pequeños detalles como los enchufes de luz, las normas de los estacionamientos y la comida hasta cómo Billy vive el jet-lag sin realmente entender lo que le sucede. Es precisamente en medio de ese caos normal que vive toda persona que viaja desde América Latina hasta Europa que Billy experimenta la indiferencia de esa ciudad.

Nena Daconte muere, Billy se entera demasiado tarde. El cuento termina de la siguiente forma: “Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.” París se llena de nieve, nieve blanca, inmaculada. Aquel rastro de sangre en la nieve desapareció. París se lava las manos. Nadie tiene la culpa de la muerte de esa extranjera. La ciudad festeja la nieve, cubierta de esa blacura, de ese frío que atestiguó el paulatino desangramiento de Nena y que luego acompañaría la soledad de Billy. La historia de amor comienza tan pronto como termina. Es entonces cuando el joven se llena de rabia y siente el impulso de regresar a la violencia que la misma Nena Daconte había conseguido distraer. Se nos sugiere que Billy vuelve a ser aquel salvaje. Pero por otra parte ¿qué puede hacer este joven de 17 años que se encuentra en su luna de miel con una esposa difunta, recién enterrada en su país de origen? A tantos mundos de distancia del cadáver de su esposa fallecida y con ella el hijo que nunca nació, lo único que le queda es la nieve, esa nieve sin rastros de Nena Daconte.
posteado por Yolanda Arroyo Pizarro @ 2:13 PM  
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Autora

Nombre: Yolanda Arroyo Pizarro
País: Puerto Rico
Datos: Edad: 38 años

"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Ha sido elegida como una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Ha sido merecedora de varias premiaciones literarias a nivel nacional e internacional; seis en Argentina, una en Chile, siete en Puerto Rico. Ha escrito para los periódicos El Nuevo Día, El Vocero de Puerto Rico, Claridad y La Expresión y sus ensayos y columnas se encuentran en la página de literatura ciudadseva.com, las revistas virtuales Cataliticos.com, Derivas.net, Letras Salvajes, Letralia.com y Narrativa Puertorriqueña. Algunos de sus cuentos confluyen en las revistas culturales Identidad de la UPR Aguadilla, Revista Púrpura, Preámbulos y Tonguas de la UPR Río Piedras. Es autora de los libros de cuentos, Ojos de Luna (2007) y Origami de letras (2004), además de una novela Premio PEN Club 2006, Los documentados (2005).

Todo sobre mi perfil...

Libros Publicados

Ojos de Luna, Terranova Editores (2007);Libro del Año 2007, Periódico El Nuevo Día; Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña.

Los documentados, Ediciones Situm (2005); Premio PEN Club 2006

Origami de letras, Publicaciones Puertorriqueñas (2004)
Antologías

Antología: El Futuro no es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana. Eterna Cadencia Editora(2009)Argentina

Poesía de los poetas hispanohablantes del mundo. Un homenaje a las mujeres rotas y a Simone de Beauvoir, en el centenario de su natalicio. Literalia Editores (2008)

Los otros cuerpos: Antología de temática gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora, Editorial Tiempo Nuevo (2007)

Bogotá 39: Antología de cuento latinoamericano, Ediciones B (2007) Colombia

Antología Universidad Politecnica de Puerto Rico (2007)

Antología Universidad Politecnica de Puerto Rico (2005)

Antología en honor a Sor Juana Inés de la Cruz, Argentina, Pegaso Ediciones(2004)

Antología en honor a Alfonsina Storni, Argentina, Pegaso Ediciones(2003)
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