sábado, octubre 17, 2009

Moscas españolas






Acá el atardecer se da a las ocho de la noche, y la sombra de la estatua de Colón frente a la bahía de Palos de la Frontera, parece pedir disculpas por el homenaje vergonzoso a un descubrimiento de fraude. Estoy bebiéndome la quinta o sexta Cruzcampo con las consabidas aceitunas y una copa de vino blanco, de los de a toda hora. Ajá, cerveza y vino blanco, así es la vida cuando se viaja. Entonces Javi, el mesero del hotel que se ha hecho mi amigo, y que a escondidas me trae mantecados Nestlé con etiquetas de mensajes proféticos, me dice: Maja, en Sevilla hay 81 maravillas y tú eres la primera. Yo hago que me lo creo, me sonrojo y después le pido tomarnos una foto para que a la vuelta a mi país, las amigas vean al tipazo que me levanté.

En España, las moscas no se van, incluso si las tratas de espantar, azuzar o palmear. Son diferentes a las de Puerto Rico, en donde, a la menor provocación, el insecto revolotea las alas y se va volando para burlar tu amenaza de golpe. Moscas paranoicas, las del terruño. Esquizoides, seguramente debido al calor del Caribe, o a las cenizas del volcán Monserrat, o a la bruma del desierto del Sahara. Y a la gente, que mis congéneres borincanos no son cosa fácil. Acá no. No se inmutan los insectos voladores. El fenómeno se repite en Sevilla, Andalucía y Punta Umbría. Haces así con los dedos y nada. Se quedan sobre tu pedazo de bruschetta, degustando el tomate bañado en aceite de oliva. Haces así con una mano e igual te miran, y continúan comiéndose el jamón de chancho de Huelva, o el chorizo ibérico. Y si haces así con las dos manos, se pudiera hasta jurar que quieren empezar a jugar contigo.

Puedes, literalmente, tocar a una mosca que se ha posado en tu bulto de viaje, sobre la taza de tu café cortadito, o la canasta de panes. Puedes incluso acariciarla y estoy segura, que con un poco de paciencia y tenacidad, podrías hasta domarla para que aprendiera algún truco o llevártela como mascota. Son impertinentes y muy voluntariosas.

El otro día, luego de la lectura de poesía de escritores latinoamericanos en el bar 1900 a las 23 horas, la delegación boricua comenzó a quejarse de los hombres (éramos todas mujeres, por supuesto). Que si quedan pocos buenos, que los buenos están cogidos (o mejor dicho, tomados, que aquí en la Madre Patria cogido es otra cosa, en todo caso, la mayoría de los hombres están mal cogidos, según ellas), en fin, que si sus malos hábitos, la bebida, la cocaína, los juegos de azar, los que te miran a la hijastra como si fueran dueños del latifundio, o los que te miran al hijastro con igual maldad, los que te cogen prestado y jamás te devuelven nada, los que se pasan la vida comparándote con antiguas exes, o llorando por antiguas exes, o metidos en un drama de terror con las susodichas; los que te ponen la mano encima o te obligan al juego de sodomía no consentido; y los peores, los que te culpan de ser frígida, so pena de no poder ellos mismos provocarte un buen orgasmo, algo así como el general Andrés de ‘Arráncame la vida’, ¿se acuerdan? “¿Por qué no sientes, Catín? ¿Qué hay de malo contigo? Todas mis mujeres antes que tú han sentido”. Hijoeputa eyaculador precoz. Y allá viene la Catín, y va donde la vieja gitana de tetas caídas, que es la que le enseña como se le debe a una mujer tocar el ‘timbre’. Bravo por la lesbiana entrada en añitos y por la Catín que recibe su primer orgasmo de pubertad, de la mano de la sabiduría femenina longeva. Bien. Ejem.

Superada la digresión, regresemos a lo discutido antes del paréntesis, a los machos de la especie y a las mujeres quejumbrosas que los persiguen. Ellas son como el tazón de aceitunas, pero ellos son como las moscas boricuas. Ariscos, espavientosos, esquivos. Difíciles de domesticar, difíciles de domar.

En el bar 1900, pasadas ya las 23 horas, las mujeres boricuas miramos las moscas españolas, las estudiamos, les dimos una ojeada telescópica. Alguna de las mujeres, empezaron hasta ver a los moscones de manera ventajosa, ya no con repulsión. E incluso, una que otra las llamó atractivas. El problema: es posible que ninguna de esas moscas sea macho.

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Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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