domingo, enero 11, 2015

Serie narradoras puertorriqueñas: María Bird y el pago de una deuda existencial



Serie narradoras puertorriqueñas: María Bird y el pago de una deuda existencial
Cómo escribí mi cuento favorito
Especial para Boreales de Yolanda Arroyo Pizarro

            Con mi cuento El deber me sumo a la larga lista de escritores que paga deudas existenciales al escribir. Es mi cuento favorito de mi primer libro de cuentos, Tras esas gafas de sol.  A pesar de haberlo releído cientos de veces, aún se me eriza la piel al leerlo. Recientemente me pasó lo mismo al leerlo traducido al inglés. Me ha impactado el saber que lectores han reaccionado igual a pesar de no estar al tanto de la historia detrás del cuento.
            El cuento está basado en una experiencia que tuve cuando estudiaba becada  una maestría en asuntos latinoamericanos en la Universidad de Nueva York (NYU) en la década de los 1980.   Un día transitaba con mi prisa característica por las calles de la ciudad y pasé al frente de la famosa tienda de música Tower Records. Al mirar hacia adentro me topé con un famosísimo cantante latinoamericano que estaba solo, sentado frente a una mesa con las hileras de sus casetes al frente. Se veía triste, humillado y apagado. La tienda estaba llena de turistas y residentes, pero no había un alma en la sección donde estaba el cantante. Supe enseguida quién era pues crecí escuchando sus hermosas canciones por ser uno de los varios ídolos de América entre las décadas de los 60 y 80. Estaba relativamente joven, pero no era un secreto que tenía problemas serios con el consumo desmedido del alcohol.
            Me impactó verlo tan decaído, y titubeé si entrar o seguir.  Recuerdo que la mirada de él se encontró con la mía y caí en cuenta que él sabía que lo había reconocido. Mucha gente piensa que soy anglosajona por mi físico,  así que no tenía él por qué esperar que lo reconociera. Pero supe que mi mirada de asombro y el paso desacelerado me delataron. Era una época en la que la prisa era uno de los combustibles de mi motor existencial así que no me detuve a pesar de que sentí mi alma desgarrada.
            Han pasado casi tres décadas y todavía me arrepiento de no haber parado ese día a rendirle pleitesía, no solo porque me encanta su música sino porque era mi deber como latinoamericana pararme y rescatarlo por unos minutos del olvido.  Hay muy pocas cosas de las que me he arrepentido en mi vida, y esta es una de ellas. En el cuento mezclo la ficción, por supuesto, para realzar el dramatismo, pero reconstruyo la historia, con un final feliz para ambos,  para pagar esa deuda.

Carolina lo observó con disimulo mientras analizaba un cedé. Estudiaba al personaje con el rabillo del ojo, convencida de que lo conocía. Trató de ubicarlo en alguna memoria de sus cuatro décadas de vida. Sabía que no pertenecía a las dos más recientes. Esas estaban protagonizadas por su marido médico, su hija Kathy de diecinueve años, el consultorio de la Quinta Avenida, las temporadas en su chalet de Colorado y sus muchos viajes alrededor del mundo. Echarle un vistazo rápido al nombre del cantante en los discos compactos aceleraría el proceso de identificación, pero hubiera acabado con la urgencia repentina de lograr el cometido, paso a paso, sin prisa. Por el altavoz de la tienda comenzó a escuchar palabras familiares, sonoras erres y las sílabas fuertes de esa lengua que Carolina había relegado hacía tres décadas y convertido en su segundo idioma. Uno de los tantos pasos que había dado para sepultar su pasado.

“Gracias a tu mirada, tengo la esperanza de escapar de este martirio”.

Cada palabra, cada nota musical aceleró la travesía sentimental de Carolina. Sintió cercana la identidad del hombre cuando se remontó a su temprana niñez: los muebles de la sala tapizados en tela floreada y revestidos de plástico para protegerlos; los mosquitos, las imágenes religiosas de las que colgaba el ramo de palmas, el piso de losetas grandes con máculas negras que parecían gusanos. El protagonista en la sala era el tocadiscos junto a las hileras de elepés”.


María Bird Picó es autora de Tras esas gafas de sol, su primera colección de cuentos, publicada por su propia editorial, Publicaciones Te Pienso. Es periodista y trabajó con The San Juan Star en las décadas de los 80 y 90. Ahora dirige una revista iberoamericana especializada en comercio minorista.  Dos de sus cuentos son parte de la antología Te traigo un cuento,  publicada por la Editorial UPR en el 1997. Es también guionista y escribió el guion del cortometraje La mecedora, protagonizado por Johanna Rosaly y Jacobo Morales, el cual es parte  de la colección Voces de la mujer de la Corporación de Cine. 

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Acerca de mí

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"Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días." Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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