jueves, septiembre 14, 2006

Conversatorio con Mayra




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Anoche la deliciosa escritora Mayra Santos Febres sedujo a toda su audiencia en un conversatorio para la historia sobre la novela Finalista del Premio Espasa Calpe “Nuestra Señora de la Noche”. La actividad se llevó a cabo en La Tertulia, en Río Piedras.

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martes, septiembre 12, 2006

Clases de baile...

tango




Gracias por regalarme cosas nuevas todos los días. Gracias por presentarme a Gotan Project y a esta maravillosa música. Gracias por la promesa…

lunes, septiembre 11, 2006

sábado, septiembre 09, 2006

Fascinante teoría

Buitre
Por Alma Rivera


El miedo era un buitre. Yo lo veía, como de lejos. Hechizada, atada a aquellos ojos vidriosos, unida a la bestia que cargaba mis entrañas, recién cortadas, quirúrgicamente cortadas, colgadas de su pico. Aguanté la respiración. Si respiraba, me tragaría. Y, aún así, extendí los brazos y cubrí aquel torso que una vez sentí, lloré, llamé como mi casa. Sus brazos me cubrieron, sus manos jugaron con mi cabello, como antes. Sentí su beso sobre mi cabeza que se escondía en ese espacio que queda guardado entre su barbilla y su pecho y que tan bien me acomodaba.

No quise abrir los ojos; vería al buitre. Quise convencerme. No necesitaba mis entrañas, podría vivir sin ellas. Al menos así me pareció al sentirme escondida entre sus brazos, acunada en un pecho que siempre había sido mío. Con el último buche de aire, quise separarme de aquella piel sobre la cual se derretía la mía. La cocina parecía un infierno. Sus brazos recorrían mi espalda, levantando la camisa, sus manos me acariciaban. Sus labios tragaban mi cuello; con cada beso me arrancaba la piel. Una piel dura que se comenzó a formar desde el día que creí que no lo vería más.

Me dolían los ojos, no quería abrirlos, pero si no lo hacía me ahogaría. Mis poros se habían cerrado, todos. Era la ausencia de vísceras, la ausencia de lo que me formaba, todo lo que había escondido de él y de todos. En ese momento, supe que tenía que irme, pero mis brazos no respondían. Subían y bajaban por su pecho, bailaban un exótico y desconocido baile, contorsionándose hasta llegar a su espalda, recorriendo su cuello, escondiéndose entre sus tímidos cabellos.

Fue entonces cuando supe que tendría que mirarlo, la falta de oxígeno me mataba. Podía vivir sin entrañas, pero no sin oxígeno. Mis manos se detuvieron autómatas en su cara. Arranqué sus labios de entre mis pechos, levanté su cara, alta, muy alta sobre mí. Cuando logré separar mis párpados, sus ojos chiquitos me miraban derretidos. En ellos pude leer todo lo que él nunca me diría. Siempre hemos sido muy claros, demasiado claros, más ahora que nunca. Mi mirada atravesó la suya y se postró sobre el buitre. Pude ver como su pico se abría lento, parecía disfrutar cada pedazo de mi carne que tragaba. No sabía, hasta ese momento, que un pico podía sonreír. Su sombra se postró sobre mi rostro, que dibujó una mímica de aquella cuasi-sonrisa. Mis labios se acercaron lentamente a los suyos, el calor hacía que corrieran como un río de lava que yo sabía más temprano que tarde se convertiría en piedra.

De la cocina, dando tumbos, volteretas, siguiendo aquella danza demente que causa haber perdido lo que se escondía, llegamos a la cama. Ahora me arropaba el frío, pero nuestra piel se había quedado unida. Yo sabía que llegaría el momento de despegarla y sabía que se rompería. Pedazos de él se quedarían conmigo, ¿cómo podría él despegarse los míos? Todos los no, que mi mente creaba, se atoraron en mi garganta mientras sus manos deshacían botones y mi ropa se derramaba de mi cuerpo, empapando el suelo del frío cuarto. Fue entonces que me deshice, por dentro. Él quiso llenarme, y yo sabía que no sería suficiente. Todo lo mío se había ido con el buitre. Las olas tomaron control de dos cuerpos que volvían a ser uno. Mi boca se abrió queriendo tragar sus labios.

De repente, el silencio. De repente, la calma. Las frases, los besos sobre los ojos, las manos cansadas. Mientras caminaba hacia el baño, sentí su piel sobre la mía y quise que no se secara, que no se cayera. Tal vez podría despegarla, poco a poco, guardarla, crearme nuevas entrañas. Mientras salía, volví a mirarlo a los ojos, quise creer su sonrisa. Bese de nuevo sus labios. El me pidió que me quedara, no tenía porque irme. Yo sabía que no me podría quedar, era parte del trato, del acuerdo. El buitre volaba sobre la casa, sobre mi carro. ¿Y mis pedazos sobre su piel?

Yo riego los suyos, día a día, para evitar que se sequen y me abandonen. O, tal vez, esperando recuperar el aire suficiente para despegarlos y, así, calmar al buitre que todavía me ronda.

viernes, septiembre 01, 2006

Naguib Mahfuz
(diciembre de 1911 - agosto de 2006)




Llegué de un viaje a Panamá y de otro a Republica Dominicana cargando con El Sendero, un libro maravilloso de este Premio Nóbel. Nunca pensé que iba a perderlo tan pronto. Acababa de descubrirlo apenas día atrás, inmersa en sus novelas de arenas, desiertos, mezquitas y callejones sobrenaturales. Leí su cuento Jardín de infancia de la Biblioteca Digital Ciudad Seva hace unos años atrás y heme aquí otra vez tendida entre las páginas de sus mundos maravillosos.

Hoy me duele. Siempre me duele un poquito cuando pierdo grandes musas, inspiraciones que caminan en dos piernas y personas que te llegan hasta la médula ósea con sus palabras escritas. Siempre duele un poco dejar ir a un Grande como Mahfuz.

Voy a extrañarte, maestro.

Galardonado el amigo Luis Saldaña Román

El amigo escritor Luis Saldaña Román acaba de ser galardonado con el Primer Premio en el Certamen de Cuento del Colegio de Abogados de Puerto Rico, celebrado este pasado mes de agosto.

Saldaña Román se hizo del galardón con un cuento titulado La lengua, el cual muy amablemente ha cedido para que publiquemos en este espacio. El autor ha participado de varios talleres de creación literaria a lo largo de los años y ahora es estudiante asiduo de la Maestría de Creación Literaria que auspicia la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, Puerto Rico. La prosa de Saldaña Román siempre se ha caracterizado por una lucidez sorprendente y una inventiva que vas más allá del elocuente ensamblaje de sus palabras. Este escritor es todo un hallazgo y sabemos que continuaremos escuchando de él en las letras del país.

Felicidades, Luis Saldaña Román.



La lengua

A nadie sorprendió entonces que fuera la propia lengua de Juan Pablo Carvajal quien despidiera el duelo la mañana de su entierro. La consternación que causó la repentina muerte, impidió que los deudos repararan en lo insólito del fenómeno. Tampoco los ciudadanos de H se sorprendieron de que la lengua de Juan Pablo lo hubiera sobrevivido ni de que, poco a poco, lo hubiera suplantado en todos sus cargos, derechos y privilegios.

Querido y respetado en Ciudad H, además de un exitoso industrial, Juan Pablo Carvajal era mecenas, filántropo, dueño de un periódico, director de varias corporaciones, esposo y padre ejemplar. Si se cruzaba con una dama, se quitaba el sombrero y hacía una reverencia afable. Si alguien necesitaba un consejo, tenía disponible el más práctico. En fin, era el paradigma del ciudadano honorable. Por eso en Ciudad H disculpaban su exagerada afición al chisme y su inclinación a revelar confidencias y secretos de toda índole.

Una tarde de mayo, justo antes de comenzar una conferencia de prensa en la que anunciaría el ganador de un certamen de cuento, Juan Pablo sintió una punzada aguda en la base de la lengua. El dolor se hizo insoportable y comenzó a extenderse, garganta abajo, hacia el estómago. Tuvo la certeza de que iba a morir cuando sintió un ladrillo aprisionado entre los dientes. Los periodistas reunidos para la conferencia transmitieron lo que sucedió en directo y a través de todos los medios. Así se enteraron en Ciudad H de que Juan Pablo Carvajal había muerto.

Horas más tarde, se difundió que la muerte de Carvajal había sido el primer caso de una rara enfermedad, consistente en la transmigración del cerebro hacia la lengua y el subsiguiente desmembramiento de ésta. Un compungido director del Instituto Nacional de Patología informaba a Ciudad H los pocos detalles que se conocían sobre el padecimiento, cuando fue interrumpido por una lengua inmensa, rojísima, babosa. El apéndice escarlata reclamó ser Juan Pablo Carvajal y exigió todos sus derechos, en especial, el de organizar su propio entierro. Durante el reportaje, el patólogo informó que todas las pruebas de ADN practicadas hasta ese momento confirmaban que la lengua era, en efecto, el famoso empresario.

Nadie tuvo objeción a que fuera la lengua quien organizara todos los trámites funerarios.

-¿Dónde vas a dormir? –preguntó Carmen a su lenguaesposo, cuando regresaban del sepelio.
-En nuestra cama, sigo siendo tu esposo. Lo que enterramos hoy era una extensión inoportuna que diluía mi esencia –contestó la lengua en un tono arrogante.

Carmen no se había planteado hasta entonces los inconvenientes de cumplir con sus deberes de esposa, pero no se atrevió a contradecir a la lengua. Le espantaba la idea de dormir con aquel molusco que, en menos de veinticuatro horas, se desprendió de su marido, lo enterró y estaba ejerciendo un poder sobre Ciudad H que él nunca había ostentado. Aunque la lengua caminaba dando saltitos, seguidos de un sonoro boing, boing, esa noche Carmen la vio reptar desde el baño hasta la cama dejando tras de sí un rastro brilloso. Sintió que la gran lapa se coló entre las sabanas, resbaló muy lenta entre sus piernas y se le metió en el infierno. Tuvo que ahogar los quejidos placenteros con la almohada para no despertar a los niños.

La lengua, su esposa y los dos hijos desayunaron en perfecta armonía la mañana siguiente. No hubo luto, no hubo duelo. Desde entonces se les veía juntos en los parques de la ciudad, en los museos, en el cine. Eran la familia emblemática de H. Las mujeres comenzaron a prender velas a los santos, a hacer promesas y a preparar conjuros para que sus maridos contrajeran la lengüitis. El caso más asombroso fue el de una adolescente que, después de una sesión amorosa en un hotel de paso, cortó la lengua a su novio, esperanzada en formar la familia funcional que nunca tuvo.

Si Juan Pablo Carvajal había sido un prohombre, la fama de la lengua alcanzó dimensiones míticas. Era miembro honorario de todos los clubes de Ciudad H. Lograba acuerdos sin precedente entre sindicatos y corporaciones, mediaba conflictos, persuadía a diestra y siniestra y todo a punta de lengua, lengua, lengua.

Aprovechando que hablaba varios idiomas, el Presidente de la República de C nombró canciller a la lengua. Gracias a su gestión se logró la firma de importantes tratados, se resolvieron conflictos bélicos y los pobres del mundo se sintieron dignos escuchando sus discursos.

La lengua visitaba con cierta frecuencia las escuelas de Ciudad H y del resto de la República de C, con el propósito de propagar el mensaje esperanzador. Durante una de esas visitas una niña se le acercó con la intención de recitarle unos versos.

-Lulú, por favor no molestes a la honorable lengua –la reprendió una maestra e hizo un gesto que imploraba excusas por el atrevimiento.
-No se preocupe, los niños son nuestro futuro –la tranquilizó la lengua con la afectación que había adquirido en los últimos tiempos.
La maestra se sonrojó y permitió que la niña comenzara el poema.
-La libertad… la libertad… -el silencio incómodo que siguió fue una cruel confirmación de que la niña no recordaba el poema.
-La libertad… -insistió la niña, pero la memoria la siguió traicionando.

“Adiós poemita.” Eso pensó la niña y comenzó a entonar unas líneas menos pretenciosas.

-Pancha plancha con cuatro planchas, con cuántas planchas Pancha plancha –concluyó la niña desbordándose de satisfacción.

Mientras la niña recitaba, la lengua comenzó a transpirar, más bien a babear. Se apoderaron de ella unas convulsiones incontrolables y comenzó a dar unos alaridos espeluznantes. La principal de la escuela llamó una ambulancia que no tardó en recoger a la lengua. Los eficientes periodistas que cubrían la visita siguieron todo el trayecto de la ambulancia y sólo dejaron de reportar cuando el lenguólogo les cerró la puerta de la sala de operaciones en las narices.

El mundo entero se mantuvo a la expectativa las seis horas que duraron los esfuerzos por salvar a la lengua. Al concluir la intervención quirúrgica, el galeno informó a la prensa que la lengua había fallecido, víctima de una inusitada exposición a un trabalenguas. Así se enteraron en Ciudad H de la segunda muerte de Juan Pablo Carvajal.

FIN

López Nieves en Barnes & Noble, Florida



Luis López Nieves conversará sobre su novela El corazón de Voltaire en la librería Barnes & Noble de Plantation, en el estado de Florida, Estados Unidos, el jueves 14 de septiembre de 2006, a las 7:30 PM. Invitado por la Broward County Library y por el Círculo de Lectura de Barnes & Noble, el Conversatorio estará moderado por la escritora colombiana Freda Mosquera, coordinadora del Círculo de Lectura. Luego, el autor firmará ejemplares de sus libros.

Más información en Novedades - Ciudad Seva

jueves, agosto 31, 2006

Mayra Santos-Febres presenta


El miercoles 13 de septiembre de 2006 Mayra estará también presentando en la Librería La Tertulia en Río Piedras a las 7:30pm.

martes, agosto 29, 2006

De huracanes y corazones torcidos...

Tengo un listado enorme de mensajes escritos, garabateados, redactados y grabados que no te he enviado (ni te enviaré). Te extraño descarnadamente y me duele en la piel(en la primera, la segunda, la tercera y las demás). El replay se ha vuelto mi operación favorita del DVD player. Una y otra, y otra vez veo Love Actually. Los ojos se me han vuelto mares huracanados. Adoro a ese niño colorao y hermoso que es Sam.

Daniel: So what's the problem, Sammy-o? Is it just Mum or is it something else? Maybe... school - are you being bullied? Or is it something worse? Can you give me any clues at all?
Sam: You really want to know?
Daniel: I really want to know.
Sam: Even though you won't be able to do anything to help?
Daniel: Even if that's the case, yeah.
Sam: OK. The truth is actually... I'm in love.
Daniel: Sorry?
Sam: I know I should be thinking about Mum all the time, and I am. But the truth is I'm in love and I was before she died, and there's nothing I can do about it.
Daniel: Aren't you a bit young to be in love?
Sam: No.
Daniel: Oh, OK, right. Well, I'm a little relieved.
Sam: Why?
Daniel: Well, you know - I thought it might be something worse.
Sam: [incredulous] Worse than the total agony of being in love?
Daniel: Oh. No, you're right. Yeah, the total agony.


Of course I miss you...


lunes, agosto 28, 2006

Cuento: El ritual de la cruz
Por Emilio Del Carril


El ritual de la cruz


La casa amarilla se encuentra antes de la curva final del solitario camino de las Arandelas. La casona está bordeada por una verja de hierro cuyos portones están cerrados con gruesos candados de bronce decorados con osos agresivos que el tiempo ha pintado con suaves patinas turquesa. El césped impecable, precede con vergüenza a la residencia. Las ventanas tienen cristales que el tiempo ha esmerilado y sirven para filtrar la luz exterior.

La residencia está habitada por la señorita Wellys, a quien nunca se le ve en las actividades sociales del pueblo. Algunos piensan que no puede ocultar el bochorno que le causa ser la única solterona de su grupo.

Las mujeres la miran compasivamente, pues saben la carga que conlleva el no casarse. Los hombres, por su parte, han perdido la curiosidad que le causaba como mujer para sólo considerarla motivo de burlas. Así se convirtió en el premio de consolación que nadie quería, en la exageración de lo improbable, en el chiste obligado del final de una borrachera; la más espeluznante de las probabilidades.

El tiempo ha decolorado sus sueños tanto como a su piel blanca, transparente y mustia. No le queda ningún rastro de ilusión de que alguien, incapaz de ocultar su placer, llame a la puerta de su casa un día. Mantiene los peinados de la juventud: una exuberante ensalada de postizos crespos y rizos largos, sobre la cabellera ahora canosa. Sólo la acompañan dos perros feroces que muchos aseguran satisfacen las necesidades afectivas de la solitaria mujer. Son vigilantes que evitan los posibles robos de la no muy pequeña fortuna, guardada en los baúles de los áticos.

No tiene servidumbre y desde hace cinco años, sólo Manuelo el jardinero, la visita una vez a la semana. El muchacho está sobrepeso, es fuerte, pero carece de inteligencia; sin embargo mantiene los alrededores perfectos.

Además de los ladridos y la podadera semanal, lo demás en la casa es silencio mezclados con olores a alcoholado, a ungüentos y a lavanda. Un constante e inaudible quejido se apodera de los pasillos.



En ocasiones, y sólo en las noches de luna llena, se puede ver a la señorita Wellys, fantasmagórica, con la cara y el cuello pintados con capas gruesas de polvo blanco y una gastada y remendada bata de encajes rosa.



La noche avanza paralela al insomnio. El viento sopla en espirales. Ella mantiene la lamparita de cristal de murano encendida. El teléfono lleva cuatro años descompuesto. El pasillo está oscuro: la luz se ha ido de nuevo.

Los perros ladran por un instante, de súbito, un inquietante silencio. Ella se levanta y se pone la bata de encajes con decenas de remiendos. Agarra la lamparita y camina por el pasillo inundado de sombras. Al pasar frente a la pequeña mesa de caoba negra, la luz ilumina la cruz de bronce antiguo que había heredado de su abuela.

Se persigna con reverencia y acomoda la pesada cruz en el centro: justo al lado de las fotos de su abuela y de su mamá. La cruz está deforme por las muchas caídas que ha recibido a través de los años. Recuerda las palabras de la abuela; “La cruz puede salvarte.”

Siente pasos. Detiene la respiración. El aire comienza a soplar con fuerza. Los perros no ladran. Divisa una sombra al final del pasillo. Intenta correr al cuarto pero se enreda con la exuberante tela de su bata rosa. Cae de rodillas frente a la cruz. Los pasos del intruso se aceleran, retumban. El miedo no le permite gritar, siente el peso del hombre sobre ella. No le ve la cara. En un momento de debilidad del él, logra escaparse y gatea hasta la mesita de caoba para alcanzar la cruz y defenderse, pero la pesada figura cae al suelo fuera de su alcance. El hombre retoma su poderío.

El intruso rasga la bata, muerde el cuello con fuerza. Siente el aliento cargado de hombre. Forcejea, pero él la domina por completo. Le hala el cabello, le saca los postizos, rompe con furia la ropa interior y la deja desnuda. Entonces la posee con rabia mientras ella se entrega sumisa ante lo inminente.

El hombre se incorpora con rapidez después de un rato de contorsiones y quejidos.

-¿Dónde dejo la llave, señorita?

Ella se levanta dejando un hilo de saliva pegado al suelo y contesta con voz temblorosa;

-En la maceta verde.
-Nos vemos la semana que viene, hay que cortarle algunas ramas al sauce.

La señorita Wellys no contesta, pudorosa se cubre, besa la cruz con una nueva reverencia y la coloca entre la foto de la abuela y la de su madre. Entonces regresa al cuarto rezando un padre nuestro mientras se sienta a remendar la bata de encajes rosa.

jueves, agosto 24, 2006

Premiado Emilio del Carril

“El ritual de la cruz” un maravilloso cuento del escritor
puertorriqueño Emilio del Carril, acaba de ser premiado por el portal cibernético
Letras de Chile y el Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Su cuento formará parte de la Primera Antología de Cuento Breve auspiciada por el portal. Felicitamos de corazón al amigo Emilio.

domingo, agosto 20, 2006

Interludio de una tarde con Glen Monroig



Algún día, hallarás el amor de nuevo
En la vida
Mientras tanto
Pasarás la tuya esperando
Siempre buscando una razón
Que justifique el por qué, te dejó…

Corazón, mi corazón
Sácate ya ese amor de la cabeza
Que con quién se besa….
Corazón, mi corazón
No puedes comprender que ya no nos quiere más.

Tu amor propio
Sufre al saber que ya la vieron, con otro
Que te extraña, dices sabiendo que te engañas
Y en brazos de la soledad
Soñarás que un día tal vez, volverá.

Corazón, mi corazón
Sácate ya ese amor de la cabeza
Que con quién se besa….
Corazón, mi corazón
No puedes comprender que ya no nos quiere más.

No sigas soñando que volverá.

Corazón, mi corazón
Sácate ya ese amor de la cabeza
Que con quién se besa….
Corazón, mi corazón
No puedes comprender que ya no nos quiere más
.
(Canción: CORAZÓN de Glen Monroig)



No paras de llorar. Has dejado de pasar la rainbow sobre las losas y aprietas entre los dedos con olor a clorox el handy wipe. Apagas la aspiradora y te acuestas en posición fetal sobre la cama vestida de combinados Martha Stewart. La laptop vibra conectada a las bocinas del home theater en el cuarto matrimonial. La canción está en “repeat”. No sigas soñando que volverá. Guess what? Ha vuelto. Ha vuelto y no estás lista para recibir lo que la vida te ha regresado. ¿Tu gran amor? ¿Será eso? Te casaste con su mejor amigo harta de sus debilidades, harta de compartirle entre más relaciones ajenas a la tuya, harta de las mentiras. Mentiras disecadas ya por el tiempo. Pasaron los años y se te llenó la casa de escrines sucios, de losetas de baño para restregar, de ropa para lavar los domingos, de marcos de fotografías que llenar con aniversarios de intrusos.

Recuerdas el corazón roto, tu hipnosis auto-impuesta exigiéndote a ti misma dejar de quererlo. Te preguntas porqué no fuiste suficiente en aquel momento. ¿Por qué sí eres suficiente ahora? Soñarás que un día tal vez, volverá. Ha vuelto.

miércoles, agosto 16, 2006

Acercamiento del planeta Marte a la Tierra



Desde la pasada semana ha corrido por Internet un email según el cual, supuestamente el 27 de agosto de 2006 el planeta Marte se acercará tanto a la Tierra que podría ser observado del tamaño de la Luna. La realidad es que este avistamiento y cercanía de los dos planetas se dio en el año 2003. Lo sé a ciencia cierta porque aquella vez lo celebré con un cuento y una participación en un certamen literario de Argentina.

Desafortunadamente desde aquel año 2003, cada vez que se acerca el 27 de agosto, todo el mundo empieza a enviarse el mismo email indicando que en el año corriente es que ocurrirá. Sin embargo, la próxima vez que Marte se acerque a la Tierra como lo hizo en el 2003 será en el 2287.

Este es el link que explica un poco mejor todo el asunto: Leer el cielo: una ciencia de estrellas desempolvadas



Además les incluyo un fragmento del cuento de mi autoría titulado Alguna vez seré Marte.



Nunca antes había descubierto yo un amor así y quise hacerlos míos. Eran una pareja sin principio y sin fin. No alfa, ni omega. Distintiva, digna de cualquier planeta, y yo, siendo una simple luna la quería adquirir. Ello me ganó algunos contrincantes, entre estos a mi hermana, pero Deimos nunca fue buena rival así que fue fácil y ampliamente descartada por mis estratagemas. El resto se retiró temiendo la furia y represalia de mi padre, cuyo nombre provenía del dios romano de la guerra, y poseía la ventajosa posición de ser el cuarto planeta desde el Sol y el tercero en cuanto a masa en esta galaxia. Y su hija, la más preciada y la mayor había sido locamente enamorada por vez primera, por una pareja de mortales con sentimientos a la magnitud de una tormenta solar.

No soy una cursi. Mi naturaleza guerrera me imposibilita portar sentimientos ridículamente tiernos, pero lo que logré divisar en aquella unión hizo demoler todos mis cimientos. El resto de las galaxias, nebulosas y cuerpos astrales, siderales y cósmicos se enteraron de mi caída al amor. Hasta lo celebraron. Mi padre me hizo un regalo.

—Eres mi hija más grande, la mayor y más contigua, la luna más cercana a cualquier planeta del sistema solar. A partir de hoy estipularé que nuestros cuerpos celestes se acerquen aún más, cada cierta distancia por cada cierto periodo de tiempo, así que como obsequio ante este sentimiento que has descubierto te absorberé, finalmente seremos uno tú y yo (1).

Mi dicha no podía ser más extrema, me hallaba cósmicamente agradecida. Era lo que siempre había querido, anhelado. Yo, que era de Marte, sería Marte alguna vez.





Hoy es veintiséis de agosto y no están juntos.
Algo sucedió. Aún con toda la sabiduría que me otorga la supremacía y omnipotencia planetaria no logro descifrar a ciencia cierta qué ha ocurrido. Esperé poco paciente algunos tiempos, intentando comprender la ruptura. Sigue siendo para mí una desventura ilógica. Un rompimiento incoherente y sin base, puesto que la única base aceptable para mí es el desamor. Ninguna otra razón valida tal separación de la que pende mi infame tranquilidad.



Como un torbellino propulsado por agujeros negros de megatónicas explosiones, lancé mi espada homicida a través de la vía láctea con destino terrenal, y como ángel exterminador en una sola mañana acabé con millones de vidas, todas menos la de ellos. Colérico, Marte, mi padre, se acercó al planeta de oxígeno para intentar prevenirlos, pero no logró demasiado con aquella conjunción, solo captar la atención de algunos curiosos (2). Siendo que ningún cuerpo celeste puede intervenir en las acciones de otro, y siendo que entre ellos solo media la voluntad de dejarse regir por sentimientos parecidos, en este caso, a la gratitud, Marte convocó un comité judicial con los otros planetas y sus lunas. Y me tienen ahora cercada para leer el veredicto.

—Tu condena será nunca más enamorarte. — sentenció mirándome a los ojos mientras el resto asentía de acuerdo y mi hermana Deimos bajaba el mentón. Yo levanté guerrera mi barbilla.

—Acepto esta sanción. Es más que un justo dictamen. Aún así sepan que para el próximo veintiséis del siguiente mes de septiembre, borraré de la faz de la Tierra a veintiséis millones de terrestres más. En un lapso de doscientos treinta y dos meses habré exterminado a todos. Estoy dispuesta a afrontar cualquier nuevo castigo que sobrevenga. — anuncié mientras admitía este fallo en resolución.

Marte asintió insatisfecho, yo sabía que gestando en su mente un sucesivo y todavía más espeluznante castigo de próximo mes para su luna predilecta, su hija, que no daba ni daría marcha atrás.



Hoy es veintiséis como cada mes, lo mismo que el anterior y el anterior. Y esos veintiséis seguirán llegando mensual y limitadamente, con la precisión de un reloj… hasta dentro de diecinueve años y un tercio. Ese es el plazo que posee la única pareja de la que irremediablemente me enamoré para volver a estar juntos. Si no sucede así, aniquilación masiva extendida a toda la raza humana acaecerá. De ello me encargaré. Como que me llamo Fobos.


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Notas:
(1)Fobos, principal satélite de Marte, se acerca a él a una velocidad de nueve metros por siglo lo que significa que terminará colisionando con el planeta dentro de 50 millones de años, cuando finalmente será absorbida.
(2)Marte no ha estado tan cerca de la Tierra desde el año 5753 antes de nuestra era y esto no volverá a ocurrir hasta el año 2287. La llamada conjunción que será visible, comenzará el 26 y se extenderá hasta el 28 de agosto del presente año 2003. Se dice que Cancún en el estado de Quintana Roo, México será uno de los mejores lugares del mundo para disfrutar de tal espectáculo.

martes, agosto 15, 2006

Visita a un país maravilloso


lunes, agosto 14, 2006

De vuelta...

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Regreso al país con un peso menos. He dejado el saco en otra tierra. Estaba lleno hasta el tope de tus sentimientos y del remolino arenoso que formaba con los míos. Ahora vacío. Las circunstancias. La vida de allá y la de acá. Soledades que aún no están listas para dejar de estar separadas, la costumbre que arropa el flujo de obligaciones, la bienvenida de las costumbres y la rutina. Regreso sin ti. Con sorpresa me doy cuenta que ni siquiera me había ido contigo.

jueves, agosto 10, 2006

Desde mi ventana en Panamá



Invento que me das la mano y miras conmigo el horizonte desde el cuarto piso. Habitación 406. Puertas de cristales cerradas con hermetismo. ¿Será que ellas saben? Te llevo a la tina del baño, como si no me rodeara tu ausencia. Dialogas conmigo, como si pudiera escucharte. Permito que me enjabones y me acaricies el cabello humedecido. El país se cubre de neblina en las mañanas y tardes. Puedo verte entre la bruma. Nunca hay bruma si te pienso, y te pienso demasiado.

Tardes de Tertulia : Mario Vargas Llosas

Les invito a escuchar mañana viernes, 11 de agosto a las 5:00 p.m. Tardes de Tertulia. Se discutirá la vida y literatura de Mario Vargas Llosas.
Junto a Awilda Caéz, estarán José Ignacio Valenzuela y Nieves González Abreu. La compañera Maira Barbará está de vacaciones y regresa la próxima semana.

Tardes de Tertulia se emite a través de 11Q Radio (1140 a.m.)

Canal




lunes, agosto 07, 2006

Panamá

Panamá sólo existe para extrañarte
Sólo existe para anhelarte
Sólo existe para añorarte.

Dormiré con tu rostro en mis párpados.
Imaginaré que descanso en la cuenca de tu cuello; contaré las palpitaciones de esa vena que te cruza la nuca. Voy a besarla. Voy a lamerla.

Panamá sabe tanto a ti.

domingo, julio 23, 2006

Rompeolas



Cuando vivías
fuiste mi rompeolas,
mi escondite del marullo,
madriguera de la amenaza picos de roca.
Fuiste mi guardacostas,
mi andén contra el dolor del abandono,
mi soporte apaciguante
contra la mujer que puja y renuncia
que me mata
que me suicida.

Eres promontorio
construido para contener el oleaje;
de ese Mar, del Viento, del Huracán.

Eres faro,
la linterna que alumbra la calzada en el recuerdo,
llena de escollos y de arena y de dunas y humedad.
Tú, mi apoyo,
la entrada y salida de barcos mal dirigidos,
un andamio en ese puerto malherido
por la tormenta que se desata aún.

Dique fehaciente,
guarida y salvaguarda.
Estás sin vida;
una rompiente tan segura como el ya no estar.

Fue raro sentirse sin tu auxilio
cerca del escollo; lejos del resguardo
abrazada a la costa donde se acortaba mi corriente,
olas que no dejaron de golpearme.
Mar que levantó el agua y tú tan protectora, y tan estoica y tan maternal.

Mi litoral casi destruido
y tú hecha un Muro de contención para aguas salvajes;
un espacio situado justo en donde buscaría yo el abrigo
los buques entran a ti para llorar…

Carena en seco,
me reparas los párpados y las pestañas.
Obstáculo contra ventoleras,
opones tu cuerpo al progreso de fantasmales ideas.
Me amparas en tus brazos;
intentas prevenirme de mí.

Un rompeolas innombrable.
Una mujer sin sonido.
Una heroína sin ruido.
Mi voz salpica repleta de te-extraños-vuelve-a-mí.

jueves, julio 20, 2006

Biopsia

Recordar que hoy amaneció la almohada llena de sus pestañas.
Añorar ir a ver a Guillermo Dávila en concierto.
Distraerme al leer el billboard de Señora Leonela
y su lectura del tarot;
observar sus ojos violetas,
cuestionar si en serio es ella o una doble de Angelina Jolie.
Mover los brazos al conducir,
arquear la espalda apretando el guía,
sentir el espasmo causado ayer por la fuerza hecha sobre la burra.
Odiar las biopsias.
Maldecir los fibromas.
Sentir una pena inmensa al saber que mi mejor amiga
sufre de una alteración de la tiroides.
Sufrir por el tumor cerebral
que le descubrieron a la mamá de una mujer entrañable.
Reír porque mi compañera de trabajo se enteró de su preñez.
Saborear la nostalgia de saber lejos a un gran amor,
de saberlo triste, perdido, desesperanzado,
de saberlo deprimido.
Jugar con la idea de poder hacer algo
aunque no pueda hacer nada.
Fantasear con el hombre que a veces
me hace el amor platónicamente.
Acariciar a mi hija de siete años
que llora conmovida por una balada dedicada
al hombre de las pestañas.
Llorar con ella.

jueves, julio 13, 2006

Entrevista a Yolanda Arroyo Pizarro en Cadena 11Q (1140 AM)
















En la foto se encuentran, de izquierda a derecha, las panelistas del programa Tardes de Tertulia Maira Barbará y Awilda Cáez. A su lado la escritora Yolanda Arroyo Pizarro y la periodista Nieves González Abreu.

jueves, julio 06, 2006

Arde


Recuerdo haber leído lo de Indonesia, y no necesariamente lo del tsunami. Sucedió antes, en el 1997. Aquel año, el país fue arrasado por incendios forestales que causaron inmenso daño a la tierra, la salud de la gente y la economía. El humo se esparció a naciones cercanas —ocho en total—, afectando a unos 75 millones de habitantes. Hubo que atender a multitudes por afecciones como asma, enfisema y problemas del sistema cardiovascular, por condiciones de los ojos y de la piel. Lo ocurrido en Indonesia en 1997 constituye un ejemplo de la voraz furia que el fuego es capaz de desatar.

Salinas se me presentó también casi devorada. No fue un incendio forestal exagerado, pero vi cómo familias corrían cerro abajo cuando el fuego, que comenzó de manera incidental, intentó tragarse sus hogares. El humo quiso entrarles al cuerpo, quiso dominarles la epidermis, quiso arroparlos indiscriminadamente. ¡Salinas se veía tan indefensa desde el borde del camino! Estacioné mi auto en el paseo. Observé la llegada de ambulancias, carros bombas y vecinos dispuestos a colaborar aunque fuera echando un candunguito de agua sobre alguna lengua de llama azarosa. Los pulmones se me llenaron de aire pesado, el aire a mi alrededor se impregnó de hollín y el cabello se me embadurnó de cenizas. Observé el tizne que se me apareció en el pedacito de muñeca con cicatriz y se me aguaron los ojos.


miércoles, julio 05, 2006

Ruinas


Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego.
Jorge Luis Borges en Las ruinas circulares.



La Corco en el sur de mi Isla. Ruinas perfectas para mostrar
las ruinas del fondo de mi cavidad pectoral. Ruinas.

“we fall on our knees, crushed, humble, in despair because we realize that the pain will never leave...”

martes, julio 04, 2006

Presentando a Neftalí Cruz Negrón en Café Berlín


El escritor puertorriqueño Neftalí Cruz Negrón es sin duda una promesa de letras. El pasado viernes 30 de junio nos leyó una de sus creaciones en Café Berlín de Viejo San Juan. Con gusto exponemos aquí el relato que nos leyera.

Marta, la levantadora de cuerpos
Por Neftalí Cruz Negrón

Buscando la manera de cómo se ganaría la vida, a la pobre Marta se le ocurrió un día: ‘Seré una levantadora de cuerpos’. Al principio fue tildada de loca; mas, poco a poco, se fue ganando la admiración de todos, excepto de uno: el político representante. El trabajo de Marta consistía en levantar el cuerpo muerto de todo tipo de animales.

Lo que maravillaba a la gente del pueblo era cómo ella realizaba su labor. Se la veía llegar orgullosa, bien peinada y maquillada en su motorita, a la que tenía conectada un pequeño vagón. Se bajaba y saludaba con mucha cortesía. Se vestía de guantes, mascarilla y bata, todos de color azul menta. Al terminar, Marta chocaba las manos y decía ‘¡Lista! Por favor, que alguien me diga dónde se encuentra el cuerpo’.

Era un espectáculo ver con qué destreza, delicadeza y amor levantaba el cuerpo del piso, y lo cargaba a paso lastimero hasta el vagón de la motorita. Luego, Marta se llevaba el mortecino animal para su casa con el fin de bañarlo, perfumarlo y ponerlo en el más adecuado féretro.

Sólo el político representante detestaba a Marta. Entendía que su presencia afeaba y ridiculizaba a todos (especialmente a él). La noticia corrió y de inmediato el pueblo supo que el descarado representante buscaba la forma de obstruir el sustento y el noble oficio de la pobre mujer. Hasta llegó a circular un documento, cuyo recogido de firmas adelantaría su intención de ingresar a Marta en el Hospital de Salud Mental.

Poco tiempo después, inesperadamente, durante un discurso público, el político representante se desplomó en el piso. Cuando se constató su muerte, por instinto, el pueblo sugirió gritando: ‘¡No lo toquen! Déjenlo ahí y llamen a Marta, la levantadora de cuerpos’.

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Para ver una foto en detalle, hacer clic en la misma.

viernes, junio 23, 2006

Mayra Santos-Febres nos enamoró en el Museo


La escritora carolinense Mayra Santos-Febres convirtió el atrio del Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) en el “Elizabeth's Dancing Place”, ese lugar, donde la madama ponceña Isabel La Negra erigió el imperio que retrata la autora en su más reciente novela Nuestra Señora de la Noche.

El miércoles pasado, el público recibió oficialmente la obra. Los presentes no iban en busca de placeres de la carne -como los que asistían al bar de Isabel La Negra- sino para “celebrar que Mayra Santos haya sido finalista del Premio Primavera de Novela 2006 que organiza la Editorial Espasa Calpe”, según explicó la maestra de ceremonias, Melanie Pérez.

Fragmento de cobertura por Pablo Arroyo León en Endi.com






jueves, junio 22, 2006

Me hiciste el amor con las manos

El evento es multitudinario y allí estamos. Encontrados; rodeados de gente. Mientras dialogo con los seres que habitan el salón, aparece tu mano que roza mi brazo y lo reclama. Reclama mi atención, pero el decoro y las reglas que dictan ser mujer interesante me impiden saludarte de momento. Acuesto mi mano sobre la hamaca de tus dedos y tenso la espalda. Debo terminar de hablar con el resto de la gente, debo, si fuera posible, intentar tratarte con serenidad. Te miro. Te sonrío. La serenidad se va de paseo y desde las pulsativas entrañas se me va formando una percusión que amenaza con secarme la garganta para pedirte que me la humedezcas. Sístole, y recorro sin mapa, una vez más, la curvatura de tu barba canosa. Diástole, y prometo esta noche masturbarme en tu nombre. Saludo tus ojos con mis ojos; sonrío mi boca tragando con la mirada tu boca. Labios finitos, blancos, curvos, justo como me encantan. Me encantas. Aún con mi brazo en tu cautiverio regreso a mi conversación trivial con los otros, mientras la piel que se muere por adoptarte, empieza a dar muestras de sucumbir a tus atenciones. Los dedos besan tus dedos, contestan tus caricias, se dejan provocar por las rotaciones de tu dedo corazón, las uñas raspan suavecito la piel de tu muñeca. Sigo de espaldas y las venas del envés de la palma de tu mano laten aceleradas junto a las mías. Palpitan juntas, unas contra otras. La yema de tu índice acaricia la cicatriz que tengo cerca del pulgar. La habitación nos ve hacernos el amor con las manos, aplaude el evento de nuestros latidos incoloros y cobija los deseos que se quedan a flor de piel y que se provocan a flor de piel, y que desean e intentan traspasarnos la piel.

sábado, junio 17, 2006

Deliciosa velada de letras
con Luis López Nieves

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Deliciosa. Así fue la velada que diseñó para nosotros el Director de la Maestría en Creación Literaria, Luis López Nieves y su colaboradora, la Profesora Consuelo Martínez Justiniano la pasada noche del 15 de junio de 2006 en La Tertulia del Viejo San Juan. La lectura de los cuentos comenzó a las ocho y se extendió hacia cerca de las diez. La maestra de ceremonias del evento lo fue Awilda Cáez, una escritora en ciernes con muchísimo talento que se ha caracterizado en los últimos tiempos por su gesta cultural en programas radiales y en eventos de envergadura literaria como Proyecto Barrigas.

Entre los asistentes que siempre dicen presente en estas actividades tan medulares se encontraban la activista cultural Bárbara Forestier y el profesor y escritor Mario R. Cancel.

Los cuentos que nos leyeron los talentosos escribientes se gestaron a raíz de el nuevo Programa de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. Este programa es el único de su tipo en la historia de la educación puertorriqueña. Su objetivo es formar escritores bajo la dirección de prominentes autores y profesores.

La página de Internet de la universidad nos dice: “Por primera vez se ofrece en Puerto Rico un grado universitario que otorga crédito académico por el trabajo creativo literario. El estudio de la literatura se realiza como disciplina artística, como oficio, y no como un mero objeto de análisis histórico. Los egresados serán escritores. Asimismo, estarán capacitados para trabajar como profesores universitarios. Se podrán desempeñar, además, como maestros preuniversitarios o en cualquier otra profesión que requiera escritura original y atractiva, como la redacción para los medios y la publicidad, entre otros.”

Los cursos de maestría son nocturnos. Se reúnen una vez a la semana durante tres horas, de 6PM a 9PM, en el campus de la Universidad del Sagrado Corazón, en Santurce, Puerto Rico.

Para solicitudes, información sobre ayuda económica o cualquier otra pregunta, se pude comunicar con la propia Prof. Consuelo Martínez Justiniano, en cmartinez@sagrado.edu o en el teléfono 787-728-1515, extensiones 2333, 2314 y 2150. Para información adicional puede visitar http://graduado.sagrado.edu/secuencial_CLT.htm.htm

Disfruten del vídeo que resume la actividad en donde un grupo de primigenios escritores compartieron sus lecturas con el público. Entre ellos se encontraban Maribel Ortíz, Irma Rivera, Maximiliano Charriez, José Rabelo, Myriam García, Maribel Rivera, Jaime Marzan, Damarys Reyes, Rubis Camacho y Eduardo Vera. Además, Emilio del Carril nos leyó el cuento erótico “El misterio de la cruz”, Maira Barbará leyó “Envidia”, José Borges leyó “El contrato” (blog http://elblogdeborges.blogspot.com), Jorge Valentine leyó “A dónde vamos” (blog http://ernestodarien.blogspot.com), y Neftalí Cruz Negrón leyó “Dedico un poco de tiempo para aplastar tu rostro” (blog http://thetalios.blogspot.com) entre otros.

jueves, junio 15, 2006

Nuestro árbol




Me enseñaste a recorrer la Isla recostada de tu hombro, frotándote los muslos y acunando la palma de la mano completa entre ellos. A veces el juego de mis dedos, que iba de tu ombligo a las aureolas de tus pechos, nos desconcentraba y el vehículo de al lado saludaba curioso, indagador, cuestionando nuestros jadeos y rostros de gemidos, de mordidas de labios propios y compartidos, tuyos y míos, a sesenta millas por hora. Después de Salinas, las curvas no nos mareaban aunque por ocasiones, nos dejaban en blanco los ojos, quizás por alguna otra cosa. El cerro que nos tragaba cómplice con el secreto de nuestros amoríos, poseía un arbolito en el tope que era tuyo, o al menos eso me habías dicho siempre. Ése es mi árbol—decías—, es muy mío, me saluda, me entiende, me sonríe desde que estás en mi vida, será nuestro algún día. Haremos allí una casita, o al menos cerca, nos tiraremos por la loma y nos quitaremos la ropa sobre el pasto, seco o mojado. Ya lo verás.

Catorce años más tarde nuestro árbol se ha robustecido, ha florecido, ha engordado por el capricho de los vientos alisios y las tormentas de temporada. No estás conmigo. Haces tu vida en otro lugar, en otro país. Yo igual te extraño y te pienso. Ahora es a mí a quien saluda tu árbol, me entiende, me sonríe y me ha prometido esta mañana que en el futuro nos tiraremos por la loma y nos quitaremos la ropa sobre el pasto, seco o mojado. Se ha vuelto un soñador nuestro árbol.

lunes, junio 12, 2006

Una verdad nada conveniente

Fui el sábado a ver el documental An Inconvenient Thruth y quedé de una pieza. Tanto así que decidí hacer algo. Quizás no es mucho, pero al menos deseo pedirle a todos mis amigos y conocidos que vayan a verlo. La están dando en Fine Arts, en Santurce. Este documental presenta los efectos devastadores del cambio climático. El ex-vicepresidente norteamericano Al Gore muestra un contundente y preocupante retrato de la situación de nuestro planeta, amenazado por el calentamiento global provocado por las ingentes emisiones de CO2 por parte de la acción del hombre.

En el site de Univisión comentan: “Con criticas excelentes y un primer fin de semana muy impresionante (recaudó casi $2 millones en menos de 100 salas), AN INCONVENIENT TRUTH se ha colocado como el "must see documentary" del verano. Intentará lograr lo que FAHRENHEIT 9/11 y MARCH OF THE PENGUINS lograron en 2004 y 2005 respectivamente: colocarse como opción para los que se cansan de tantos blockbusters veraniegos. Los expertos especializados ya la nombran como una de las candidatas en la terna de mejor documental y si logra el crossover con audiencias más mainstream, también puede llegar a la terna de mejor película.”

Por otro lado, Luis Trelles escribió en estos días el artículo “Denuncia fílmica de crisis ambiental” para el periódico El Nuevo Día. Puedes leerlo aquí.





Para ver el trailer ir www.climatecrisis.net

viernes, junio 09, 2006

Primer Capítulo: Nuestra Señora De La Noche
De Mayra Santos-Febres


Revelación

El cadillac del licenciado Caggiano paró en la rotonda del casino. Un botones abrió la puerta y ofreció la mano para ayudar a la elegante dama que de seguro se bajaría de aquel carruaje lujoso. No se esperaba la mano enguantada que en su muñeca llevaba un semanario de oro maciso al que le colgaba una medallita de la Virgen de la Caridad. Tampoco se esperaba que aquel guante dejara ver, ya a la altura del codo, un brazo duro, negro, que brillaba contra la noche cerrada, los reflectores del baile, el traje en seda cruda. Una gargantilla de brillantes adornaba el cuello de la dama, también negro. Una cascada de bucles caía a ras de aquel cuello. Los ojos del botones se posaron en el mentón y en la cara. Del cadillac se bajó Isabel Luberza Oppenheimer. La Negra Luberza. La Madama de Maragüez. El botones no pudo hacer otra cosa sino tragar.

En esos mismo momentos el representante de Distrito Pedro Nevárez entraba al baile de la Cruz Roja. También entraba el magistrado Hernández, el senador Villanueva y esposa. El obispo MacManus.

Todos la miraron espantados. Espantados vieron cómo el licenciado Caggiano le brindaba el brazo y la convidaba a pasar por la puerta ancha del casino. En la entrada, un mozo confundido tomó de manos de La Negra la invitación impresa en papel dorado con la insignia de la cruz. Cotejaba listas de invitados y encontraba su nombre entre ellos. Paso firme a la entrada del casino. Mano firme sobre el brazo de Caggiano. Sólo él notaba un el leve temblor de sus dedos, el pulso que le brincaba.

—No se apure Doña Isabel. Ya pasó lo peor.
—No esté tan seguro, Caggiano.

A la derecha, el representante Nevárez y esposa la miran de reojo. Hace una semana hablaba con ella. «Paso el sábado Isabelita, para que hablemos de la donación a la campaña.» Ella ya le tiene su carne preparada. Lisandra, la niña. Se la trajo de Colombia. «No llores niña, no te asustes. No llores más. Si todo sale bien ésta es la última vez que tienes que acostarte con el representante.» Unos pasos más adelante el secretario de Obras Públicas hablaba con el ingeniero Valenzuela. «Doña Isabel, pero qué elegancia. Me gustaría ir a visitarla para hablarle de un asunto que quizás pudiera interesarle.» Que fueran a verla a su mansión del Barrio Bélgica la semana entrante. «Yo siempre ando muy interesada en oir propuestas.» Al fondo del pasillo de entradas tertuliaban los tres hermanos Ferráns, Juan Isidro, Valentín, Esteban. Le regalaron una sonrisa lisonjera. Sus mujeres permanecieron calladas e inasibles agarrándolos fuertemente del antebrazo. La felicitaron por tan gran corazón. Por darse tanto a los necesitados.

—Cómo no voy a ayudar, si en carne propia sé lo que es la necesidad.

Caggiano le servía de Lazarillo. Los Colomé, los Tommei, los Valle. Allí estaban las familias más selectas del pueblo. En cada estación se paraba con el licenciado, quien conducía las introducciones como si ella nunca los hubiera visto, como si el día anterior, la semana pasada, no tuviera a muchos de esos hombres en su bar. Pero hacía su debut en el casino, al otro lado del río, vestida de seda y brillantes. Entraba por la puerta grande. Nadie osó detenerla. Casi paraba de temblar.

Entonces lo vio, al peor de todos. Esmoquin, barbilla cerrada, ojos verdes contra una piel pecosa, blanca, enmarcada en el negrísimo de su pelo engominado hacia atrás.
Tenía un brazo acodado contra la barra, un trago en una mano, probablemente un whisky. Fumaba. Su mujer lo acompañaba, nívea, parloteando sin parar en una tertulia que la llevaba a posar la mano sobre el hombro del Amado «¿Verdad querido?», intentando atraer su aprobación. Allí estaba el licenciado Fornarís con su esposa legítima del brazo. Las miradas hasta entonces lisonjeras se le hicieron inversas, revelaron su mueca escarnecida. «Aunque te vistas de seda…» Los ojos del licenciado la traspasaron, sin más, sin anunciarse, como si una fuerza extraña los hiciera gravitar hasta donde estaba ella, del otro lado del salón. Fernando se le quedó mirando y las conversaciones se evaporaron en el aire. Isabel tuvo que detenerse, fingir. Apretó duro el antebrazo de Caggiano, quien se detuvo en seco.

Contuvo la respiración, uno… dos… tres …cuatro… cinco, pero no caía de nuevo en ella misma. Fernando Fornarís hizo ademán de caminar pero también se contuvo. Cristina siguió el gesto con su vista hasta la misma dirección. Los dos la vieron, aparición detenida. «Asísteme en la zozobra, protégeme, Madre.» Isabel, con sus dedos enguantados, restregó la medalla de la Cachita, para siempre colgada de su muñeca. Su cara se deshizo queriendo sostenerse del aire.

El licenciado Caggiano la supo leer. «Con su permiso caballeros, que aún no he bailado ni una sola pieza con la señora.» Hizo una venia ante sus comensales y condujo suavemente a Isabel hasta la pista. De espaldas aún quemaban las miradas de Fernando Fornarís y esposa, aunque menos. Así de espaldas ya comenzaba a sobrevivir a aquella aparición.

—Ahora sí está pasando lo peor, Caggiano.
—Si no se siente bien me avisa y nos vamos ahora mismo.
—No me puedo dar ese lujo, me sienta como me sienta. Usted sujéteme fuerte, hasta que se vayan ellos.

Fuente: El Sitio de los libros
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Novela Finalista Premio Primavera Espasa Calpe 2006
Doña Isabel Luberza Oppenheimer es una de las mujeres más poderosas, respetadas y temidas de su ciudad. Pero no siempre ha sido así, Isabel La Negra, Isabelita, fue una niña abandonada por su madre, que trabajaba de lavandera, y a los ocho años ya servía como criada en una casa noble de la ciudad hasta que, en su pubertad, el señor quiso meterse en su cama y se vio obligada a trabajar como costurera primero y vendedora de licor ilegal después. La historia de Isabel es la historia de una lucha descarnada por ascender socialmente, sobreponerse a la desgracia y obtener el respeto de los suyos y la independencia y libertad que da el dinero. Pero

Nuestra Señora de la Noche, ambientada en el Puerto Rico de los años 40, es también la historia de su renuncia al amor de un hombre de ojos verdes de muy diferente clase social a la suya.

Con su prosa sensual, plástica, llena de color y poesía, Mayra Santos-Febres narra la crónica del ascenso social de una mujer en una novela que nos habla de pasión y ambición pero, también, de la desigualdad entre una burguesía acomodada y la pobreza de los desfavorecidos, del choque de culturas entre la sensorialidad tropical y el muy pragmático american way of life, de lucha social, de hipocresía y doble moral y, sobre todo, de la necesidad esencial de todo ser humano: el amor. Un amor que no puede suplir el dinero ni el poder y que, contra lo que se pudiera pensar a veces, nos hace, siempre, mucho más fuertes.

Mayra Santos-Febres nació en Carolina, Puerto Rico en 1966. Poeta, narradora y crítica, ha publicado tres libros de poemas, Anamú y manigua, seleccionado como uno de los diez mejores del año por la crítica puertorriqueña; El orden escapado, ganador del primer premio para poesía de la revista Tríptico (ambos publicados en 1991), y Tercer Mundo (2000). Como cuentista, su colección de relatos Pez de vidrio (EE.UU, 1994) obtuvo el Premio Letras de Oro y su siguiente volumen de relatos, Oso blanco (París, 1996), resultó ganador del Premio Juan Rulfo de cuento. Como novelista ha publicado Sirena Selena vestida de pena (2000), finalista del Premio Rómulo Gallegos de Novela en 2001) y Cualquier miércoles soy tuya (2002). Recientemente ha publicado un volumen compilatorio de ensayos cortos, conferencias y artículos titulado Sobre piel y papel (2005). Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán e italiano.

sábado, junio 03, 2006

Seda


Crítica literaria por Yolanda Arroyo Pizarro

¿Será cierto que la literatura termina regalándonos momentos de vida que nunca tendremos, aunque rocemos de a poco esos momentos mientras se nos escurren de las manos? Alessandro Baricco ha creado a Hervé Joncour, uno de esos hombres que regala momentos, que los aprisiona y los comparte mientras asiste a un estadio o dimensión de existencia allá en el 1861, año en que Flaubert escribía Salambó, y época en que el comercio de huevos del gusano de seda se ve amenazado por una epidemia. Hervé Joncour, que especula sobre Louis Pasteur y viaja a Japón buscando huevos sanos para su seda, se encuentra en esa expedición arrebatado de pronto por un amor sin palabras, apenas sostenido de una mirada y algunos ideogramas incomprensibles escritos en tinta negra.

Es un amor que no es exclusivo, un amor que comparte la misma dimensión de sangre, latidos y respiraciones con otros amores declarados y dedicados en cuerpo y alma. Otra vez las dimensiones. ¿Se ama en dimensiones? ¿Se ama en vidas paralelas con la ferviente intención de no alterar el orden establecido ni las expectativas fijadas? ¿Se ama todo cuanto se puede amar sin dañar todo cuanto se puede amar?

Alessandro Baricco, autor de la Seda que no solo envuelve a Hervé Joncour, sino a todo aquel que se viste de su existencia, es uno de los mejores escritores contemporáneos que puede hacer con las palabras lo que le da la gana. Y lo logra conciso, y lo logra enfático, que no es lo mismo que repetitivo. Y lo logra con sencillez y brevedad.

Seda es un libro que ha vendido ya más de 700 mil ejemplares y que puede leerse en un día. Su lección nos durará un buen rato; su lección nos transformará. Leerlo es como “morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca”.



Seda (fragmento)
59.
"Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin."

-Alessandro Baricco

miércoles, mayo 31, 2006

Fatigarse
Por Yolanda Arroyo Pizarro




8:10 am
El vapor le hace pestañear. Algunas gotas se le caen por entre los grandes ojos verdes. Se fatiga. La dificultad de respirar le hace querer moverse, pero no sabe cómo. Ve a través de los cristales. Tantos cristales. El rostro de su madre acostumbraba hacerle muecas a través de unos cristales. Reconocía siempre el rostro y el olor de su madre. Su padre, por otro lado, acostumbraba también sonreírle y hacerlo sonreír a través de unos cristales. Ahora está tan solo que no sabe. No lo entiende. El calor le hace pestañear.

9:45 am
Tiene hambre. Se ha cansado de las excusas de la gente, de las promesas incumplidas, de los trabajos que nunca llegaron. Se rasca las venas del antebrazo y sin querer, la uña le arranca una llaga mal cicatrizada. Se rasca la cabeza. No pueden ser piojos otra vez. Es el calor. Mira hacia arriba y su mirada gris divisa las esferas transparentes que nacen de los rayos del sol. Traga el polvo del desierto del Sahara que llega a la Isla. Está a punto de desfallecer si no hace algo. Quiere dejar la droga. Quiere dejarla pero también quiere meterse más. Su mujer no lo volverá a aceptar en la casa y sus hijos continuarán sin mirarlo a la cara. El sudor le baja en gotas por la espalda. Necesita algo de comer. Camina hasta el centro comercial.

10:20 am
Todos los días su mamá lo lleva al cuido. Hoy no lo ha llevado nadie. Su papá condujo, pero luego se detuvo y se bajó. Nunca antes los cristales se habían empañado de aquel modo, ni el calor le daba tantas ganas de llorar. Cree que de tanto llorar la respiración se le ha acabado. La garganta la siente reseca y dolorosa. Quiere teta y no hay. Quiere que su mamá le juegue con sus ojos esmeralda. Pestañea y las esmeraldas se le llenan de agua. Desea más agua, pero no encuentra y sus manos y piernas están atrapados en el asiento. El sudor lo hace fatigarse. Sigue llorando.

11:36 am
Recuerda que su padre le decía que coger lo ajeno era malo. Recuerda las bofetadas y los puñetazos que le daba el padre. Recuerda también las bofetadas y los puñetazos de los padrastros. Las peleas de borrachos, las apuestas de caballos, el andar con gentuza, el robar en las casas. Le gustaban las casas abiertas, con los portones de par en par y las puertas de escrines sin el pestillo. Odiaba tener que forzar hogares. Nunca abría una puerta cerrada con seguro. Lo que sí le gustaba forzar eran autos. Los forzaba con la pandilla luego de trasladarse a Brooklyn. Cómo disfrutaba portarse mal. Cómo le gustaba usar drogas. Usarlas lo hacía sentir poderoso. Lo malo era lo caro que le costaban. Cuando regresó a la isla como parte de un acuerdo con Fiscalía, intentó dejar las drogas. Su mujer lo había tratado de ayudar. Pero claro, se había cansado en el intento número mil. El calor lo hizo volver a sudar y para evitar una gota que se le resbalaba por la frente, se llevó la mano a ésta. Al hacerlo, el sol de mediodía se tapó con la visera improvisada de sus dedos. La sombra le permitió a sus ojos grises enfocarse en un auto en el parking que no tenía puesto el seguro en una de las puertas. La puerta era la del asiento del frente del pasajero.

12:15 pm
Se mueve poco. Las manos ya no se levantan y el pecho tampoco. Toda su ropa está empapada. Le parece que ha vivido escaso tiempo, demasiado escaso. Ya no le duele la cabeza, los latidos de sus extremidades ya no le arden, y ha dejado de soñar con sus padres. Ya no quiere la teta. Ya no vuelve a abrir las esmeraldas. Todo se ha convertido en fuego.

12:40 pm
Sigue caminando en el parking del centro comercial, dando vueltas. Esperando a que no lo vean acercarse. La gente le pasa alrededor y lo esquiva, y él, emocionado porque ya pronto robará y venderá su botín, y tendrá dinero para comprar sustancias, sonríe y olvida el maldito calor isleño. Cuando se da cuenta que no hay nadie cerca, se aproxima al vehículo y abre la puerta de un solo movimiento. Un imbécil olvidadizo le ha hecho el trabajo fácil. El vaporizo le da en la cara y juraría que un humentín inicial no lo deja ver bien. Mira el dash y se encuentra con un maravilloso radio digital con CD. Está seguro que puede arrancarlo en un abrir y cerrar de ojos. Está a punto de hacerlo cuando siente una tenue tos. Estira el cuello. Sus ojos estudian el cuerpecito ahogado en sudores que apenas se mueve en la parte de atrás. No respira, o eso parece. La mente se le nubla. De pronto el bebé abre los ojos. Aquella mirada esmeralda se le clava en las esferas grises como pidiendo que lo carguen.

jueves, mayo 18, 2006

Otro Sitio
por Joel Feliciano
con motivo de la presentación Los Documentados

Prólogo

Antes de llegar a Nueva York, el avión se cayó.

Fotografía Ancil Nance



Antes

Ayer metí las cajas en la parte de atrás del carro. Ya me iba. Bueno, me voy hoy.


A todas les había puesto la nueva dirección, las había empaquetado con masking tape, solamente necesitaban el sello del shipping y pa fuera. Mandarlas era lo único que faltaba por hacer. Ya había pagado el primer mes de la renta allá, así que no había necesidad de quedarse. Y pues... puse las cajas en la parte de atrás del carro. No las quise poner el baúl. No. O sea, ¿cómo poner la vida entera en un lugar tan oscuro y tan caliente?


No tengo mucho; sólo una pequeña colección de juguetes invaluables. Action figures de esos. Que si Ninja Turtles, Batman o Thundercats. No creo que vaya a engancharlos en ninguna parte del apartamento nuevo,; creo que se quedarán metidos en las cajas, adentro del clóset. Pero, aún así, son míos y, por alguna razón, no puedo partir de ellos.


También me llevo una vajilla de mi mamá. Siempre le dije que la botaría. ¡Pues si nunca la usaba! Pero entonces, cuando se murió, no pude. No pude. Esa noche comí arroz con habichuelas en la vajilla, y comí una ensalada con repollo, zanahoria y brócoli. La podía escuchar preguntándome si eso na más iba a comer; que si nada de carne. Y yo le hubiese contestado: "yo puedo vivir sin la carne". Entonces ella me hubiese dicho, o se hubiese dicho a sí misma: "lo que es la vagancia, todo por no cocinarla". Y hubiese sido verdad, la carne siempre es una chavienda para cocinar. Hay que adobarla. Cortarla. Sacarla le grasa. Hay que cocinarla a fuego lento para que quede blandita. A veces hay que virarla en el sartén y velarla. Mucho trabajo. No.


En las cajas también empaqué las gorras de mi papá. Son tres o cuatro. Él tampoco las usaba. Nunca le pregunté por qué las tenía. Pero las mantenía enganchadas en el borde del espejo del gavetero. Ochentoso él. Yo tampoco las uso. Pero las guardé. Las metí en una caja y las guardé.


Y puse las cajas en la parte de atrás del carro. No me quiero ir. O sí, sí quiero. Pero no quiero. Pero ya me gradué y ando pajareando y trabajando para pagar la condená hipoteca de mis padres, que ya saldé.


Me va a doler dejar a mis pocos amigos. Me despidieron antier por la noche. Salimos a comer y me desearon lo mejor. No pueden venir al aeropuerto porque trabajan. Y no los culpo, porque tienen unos trabajos brutales, mejores que yo. Pero me hubiese gustado que estuvieran aquí conmigo hasta que el avión me llevara. Hubiese sido chévere.


Llevé las cajas al correo. Me cobraron un dineral por el envío. Le pusieron los sellos. Las poncharon. Me dijeron que les pusiera tape del USPS para que fuesen más seguras. Hice todo. La muchacha que me atendió era jovencita. Cuando le di la última caja se quedó quieta, mirándome con la cabeza un poquito de lado. No me quitó los ojos de encima y yo no la quería mirar. Estuvo un rato largo. Entonces como que apretó los labios y haló la caja. Me preguntó si quería asegurar los paquetes, yo le dije que sí, sin preguntar cuánto costaba. Me cobró y cuando me vino a dar el cambio se recostó del counter pa decirme:


-Mudarse siempre duele un poquito.

¿Como sabía que me estaba mudando?

Tuve que apretar los dientes para no llorarle allí mismo.

El cuarto donde viví casi toda mi vida estaba vacío. Mis cosas estaban de camino en un avión sobre el mar. Jamás había visto el clóset así de libre y desocupado. Nunca había visto la pared de atrás tan... plain.

¡Qué cosas! Lo que uno descubre. Lo que uno descubre que siempre estuvo allí. En la pared del fondo del clóset no había nada. Pero en una esquina, una esquina que nunca recordé, había escondido un corazón pintado con magic marker negro, un corazón bien descuadrao, bien de nene chiquito, que al lado decía: "Carina", con C. Me acuerdo de Karina. Su nombre era con K, creo, y yo estaba enamorao de ella como en tercer grado. Ya ni me acuerdo de su cara, solamente de su idea, de su nombre y del corazón que le dibujé.


Las paredes desnudas. La computadora en el avión. El escritorio baldío. Ni televisor. Solamente el abanico. Y el gavetero destripado de la ropa. Nunca estuve tan solo, pensé, y la tristeza me durmió.




Durante

Mi tía me trajo al aeropuerto. Me abrazó y me dijo con miedo que el otro día se había caído un avión en Japón y otro en España. Entonces me entró un miedo enorme.

Pero olvidé el miedo inmediatamente, cuando vi a mi amiga. Vino a despedirme. Dijo que me iba a visitar. Que le consiguiera un matress de los de aire que ella se tiraba en el en el piso. Que me iba a extrañar un montón. Agrandé los ojos para que el aire entrara y los secara antes de que se vieran llorosos. Pero no funcionó. Me abrazó fuerte. Y no le pude decir nada. Cada vez que traté de hablar las palabras se me atragantaban. La miré. Le dije adiós con la mano. Me alejé. Y me monté en el avión.




Es la segunda vez que me monto en un avión. Bueno, la tercera, si contamos el viaje de regreso del primero. Igual que la primera vez, las nubes me dan una alegría que no puedo explicar. Más que ello es el hecho de estar más arriba que ellas. Ellas que son tan inalcanzables.


El vuelo salió como a las 5, y resulta que pude ver el amanecer. La primera vez vi al atardecer y ahora el amanecer. Por encima de las nubes. Ya no me falta nada más qué ver, pensé, (estuve equivocado, claro). La diferencia es enorme. Cuando amanece esperas el sol. Lo vez llegar poco a poco, y uno se asombra de ver que el mundo de verdad se mueve. Allá arriba vi a la tierra moverse. Las nubes tenían una formación gigantesca, era una llanura blanca, una pradera acogedora, un desierto de algodón, y al fondo un destello dorado fue surgiendo, pintando el algodón del color del sol, pero también de un púrpura leve, que por alguna razón me hace pensar en yogur.


Desde el avión vi la ciudad. los edificios apiñados en un cantito de tierra, bañada por el mar, y rodeados de una seca neblina que gravitaba entre ellos (de contaminación, debe ser). Mi nueva casa me espera, me dije. Lo único malo es que me acordé que antes de que mi tía me diera un beso, me dijo con miedo:


-Cuídate, mira que cuando se cae un avión, se caen tres

La señora con la que estaba hablando me miró de una forma... Y no me habló más. Y mucho menos cuando el avión empezó a temblar descontroladamente. La señora comenzó a gemir agarrándose de la silla. Yo también, claro, más cobarde no hay nadie. El capitán del avión habló por las bocinas diciendo que aquello era sólo unas fuertes turbulencias que atravesarían en unos minutos, que el aeropuerto JFK estaba a la vista. Pero el avión se quedaba sin sostén en el aire y caía como caen los trenes en las montañas rusas. Algunas personas gritaron, otros lloraron de lo horrible que era soportar turbulencias. Algunos nenes chiquitos se rieron de aquellas cosquillas que daban en el estómago. Si tan solo hubiesen sabido lo que les esperaba. Lo peor era que nuestro destino estaba a la vista.




Después

El avión se cayó. Justo antes de llegar a Nueva York. De punta. Por lo menos nos salvamos de la maldición de "cuando cae uno, caen tres"...


El avión que se cayó fue el del correo. Con mis cajas, Con la mitad de mi ropa. Con mis recuerdos. Y con mi vida.


De alguna forma el apartamento nuevo se sentía aún más vacío que mi cuarto en Puerto Rico. Pero, ¿qué le iba a hacer? No había forma de rescatar mis cosas. El mar se las está tragando entre las olas. No me acordé para nada del seguro que les puse. Miré por las ventanas. Un montón de ruidos, un montón de gente. Me tiré en el piso. Ahora sí que tenía que empezar desde cero. Ahora sí que me chavé.


Me quedé dormido. Dormí como por dos días. En el piso. Al tercer día me levanté con la decisión de montarme en el próximo avión de regreso. No sin antes comer algo. La barriga me mataba.


Compré bistec. Lo cociné en la veintiúnica olla que había en el apartamento; alguien aparentemente la había dejado, y con razón, si parece que la usaban para martillar.


Antes de subir al apartamento a cocinar, cogí unas cartas. Todas eran recordatorios para activar el teléfono, el gas, el cable y el agua... Todas menos una. Era una postal con la bahía de San Juan iluminada en la noche. Decía:



Mudarse siempre duele un poquito, pero vas a salir ganando.

Att.: La muchacha del correo

¿Te acuerdas de mi? Espero que hallas ido al correo a cobrar el seguro que le pusiste a tus cosas. Sé que se perdieron, pero ahora vas a empezar una nueva vida. Será como nacer de nuevo. Lo sé, porque yo lo hice, hice mi bachillerato allá y volví.


Espero que estés bien, y que te acuerdes del tercer grado.

Con cariño:

Carina






Lo primero que dije al leer la carta fue: "¿quién rayos será...?", un segundo después dije: "¡diaaaaatre!" La muchacha del correo era Carina. ¡Y Carina con C!


El bistec estaba malo. Soooso. Pero me lo comí y me dio fuerza. Me fui por ahí a caminar, entre el tumulto de gente. Cobré el seguro del correo. Pasé por los kioscos turísticos de Times Square y compré postales. Entonces fue que empezaron los nuevos recuerdos a acumularse. Postales de aquí para allá, de allá para acá. Le pregunté si su nombre era de verdad con C, (todavía no lo creía), nunca me contestó. Le conté de la turbulencia, de la vajilla, de las gorras, de los juguetes, de que seguramente todos murieron en el acto cuando se cayó el avión. Le conté de la señora que me miró mal. Carina solamente me contestaba con un montón de "jajajas".


Después de unos meses sin saber de ella, me llegaron dos postales. La primera era una foto tomada de un avión, donde aparecía un prado de nubes, y por atrás decía: "Sí, Carina es con C", aunque ya lo sabía, pues todas sus firmas eran con C. En la segunda postal, había una foto de Nueva York con las Torres Gemelas dibujadas a mano, ella le escribió por atrás: "La vida empieza muchas veces". Me frisé en la calle. La gente chocó conmigo y me miraron mal. Me congelé allí, porque estas eran las primeras postales que no eran de Puerto Rico, ni del faro de Rincón, ni de la playa Flamenco, eran de un viaje sobre las nubes, y de un Nueva York diferente... Carina estaba cerca. Carina con C estaba muy cerca. Me puse mi gorra ochentosa y fui al supermercado a comprar bistec, dispuesto a empezar más que en otro sitio, a empezar otro momento.

sábado, mayo 13, 2006

Taller para guionistas y cineastas


Anoche, 12 de mayo de 2006, se llevó a cabo un evento para aspirantes a guionistas y cineastas en la Universidad del Sagrado Corazón. La Asociación Puertorriqueña de Guionistas y Dramaturgos (APGD) auspició la actividad que se realizó en el Salón BN-323 del edificio Barat. El taller estuvo a cargo del experimentado guionista hispanoamericano Miguel Tejada-Flores, conocido por sus guiones de comedia como Revenge of the Nerds, y por los de terror como Screamers.

Acudieron grandes figuras de las tablas y las letras del patio, entre ellas, Von Marie Méndez, que presidió el acto, y los actores Walter Rodríguez y Johanna Rosaly.

Miguel Tejada-Flores también ha escrito películas y series televisivas para Showtime, USA Networks y el Sci-Fi Channel. Además, ha trabajado en el análisis, desarrollo y producción de guiones para los estudios Paramount, MGM y Fox.

Ciudad de las Gárgolas
ESPECIAL PARA EN ROJO
Periódico Claridad


















Por Yolanda Arroyo Pizarro
Literatura Urbana
Fuente: Periódico Claridad Publicado el 11 de mayo de 2006


Los he visto correteando por mis edificios, deambulando entre mis calles. Se toman de la mano o se abrazan, y a veces se detienen a encender algún farol. Se iluminan todas mis lumbreras, aún sin que sea la hora para ello. Se siente todo el calor de la urbe, justo en el centro de lo que acontece, justo como el calentamiento de pieles, entre un sol y un planeta, entre unos troncos y la chimenea. Mi diócesis abandona todo frío, aun cuando es tiempo de tempestad o invierno, y se calienta por sus bríos, por sus ahogos, por sus gemidos. Desde arriba, muy arriba, la galaxia observa todas mis edificaciones; acaloradas, calcinadas.

Tras casi dos mil años, el hombre más odiado de la historia ha regresado y el planeta convulsa. El traidor por excelencia ha dejado en la perpetuidad de las letras un testimonio. Los códices no lo callaron, los papiros no desaparecieron, el moho no desintegró su lengua ahorcada. El mundo duele, el mundo no calla y gime. La ciudad que mira el mundo igual palpita, igual late, igual se derrama. Yo soy la ciudad y soy verbo, y mientras se desatan pertinencias mayores, los amantes corretean.

Irrumpen abrazados a un parque. Se sientan en un banquillo y comienza un ritual conocido. Sus besos vuelven a encender la madrugada, aun ya prendida, aun ya nublada por la aurora boreal, aun ya iluminada por el alba como ave fénix. Besos que logran levantar las astas de mis banderas colocadas en las construcciones. Besos que logran elevar con tornasoles mis pararrayos, las antenas radiales, los satélites de canales de televisión. Todas mis parabólicas erectas, erectas por ellos, por su embrujo, por el jugo que derraman en mis callejas, en los adoquines de mis esquinas, en el fluvial de los alcantarillados.

Ella roza su espalda sobre una de las paredes de algún callejón y yo transpiro, y comienza a lloviznar. Él moldea su torso para embestirla pegado a alguna vitrina y entonces comienza a nevar. Yo suspiro. Suspiro hervida, suspiro inflamada, a veces convertida en un pedestal delirante y febril, o en busto sudado por tantas emociones, o en basílica gimiente. En gárgola.

Soy famosa. Jóvenes sicarios y un elevado índice de homicidios se vuelven mi ombligo con pruebas de carbono. También me ha dado a conocer algún cartel. Austeras y anodinas, mis localidades se han convertido en lugares desagradables para vivir, que aún destilan esperanza entre maderas y cementos. Las residencias que predominan han sido construidas con poca o ninguna consideración. Desbordo robos callejeros, desbordo éxodo y migración, plétora de crisis fiscales. Reboso pobreza, miseria, hambre. Derramo promesas, abundancia, sueños. El desempleo galopante, el creciente índice de delincuencia y la animosidad étnica me hacen sede del progreso. El delito ha desmoralizado a mis vecinos. ¿Cómo preocuparme por un nuevo testamento? ¿Cómo interesarme en Dios? No hay quien murmure Judas.

El verdadero evangelio se encuentra entre mis personajes de piedra y respira sobre cada centímetro de la metrópoli: en los escaparates, en el tren urbano, en los postes alambrados, en los artículos que se venden en las calles, en los semáforos, los carritos de hot dog. Los apóstoles de la urbe son los mercenarios de mis avenidas. Se cruzan los crímenes y sus caricias; se cruzan los hallazgos de arqueología que iluminan a la humanidad y sus jadeos, en especial porque ella se coloca a horcajadas sobre sus piernas, mientras él evita mirar el tráfico y se concentra, y vuelve a experimentar un fuego infinitesimal que lo carcome. Le jura estarla amando como nunca, como a nadie. Ella devuelve el mantra vez tras vez. Yo me derramo, salpico, enciendo nuevamente los faroles y se llenan de vapor las aceras. El vapor es de cigarrillos, es de mate humeando. El humo sabe a aguamiel, sabe a pulque de poblado artesanal, sabe a maví.

Se ven a escondidas; ella huye de una mujer con la que comparte su cama hace decenios, y él escapa de un matrimonio con dos hijos que hace mucho dejó de llamar su razón de ser. “Superarás a todos, sacrificarás la sangre que me cubre”, le dice el Maestro a su mejor Amigo, y lo descubren siglos después en un pergamino egipcio. La ciudad está supuesta a desmoronarse. Está supuesta a hundirse, a ocultarse bajo un moderno Vesubio dosmilenario. A ellos les importa poco. Pasean atrapados durante lapsos enteros con el tapón vehicular, la contaminación del aire y el excremento de perro. Se adentran en alguna zona de recreo, cobijados en los desérticos cajones de arena para los niños, y dentro de ellos, sobre la arenisca que les sirve de almohada, otra vez copulan. Se encienden las bombillas, las lámparas, los candiles, y todos los postes de luz. Se calienta la urbe. Vuelvo a ser gárgola y permanezco erecta en la cúspide de la catedral, vistosamente adornada, prendida del caño por donde se vierte el agua de los tejados. Asida del canal de la fuente que me ata a voluntad convulso. Casi nunca me despego del cemento, pero cuando es necesario vuelo por las inmediaciones.

Vibro, y ocasiono un movimiento telúrico que puede ser medido en varias escalas. No dejo ruinas, pero sí resacas. Soy ciudad. No hay Egipto. Soy un Kremlin que hoy se eriza ante el dúo de amantes bandidos. Lloro con ellos cada despedida. Odio cuando se alejan así. Regreso al pináculo de la cumbre ortodoxa, vuelvo a ser pedregal que ya no vuela, vuelvo a ser estampa de piedra que no se mueve. Una estatua de grafito dibujada en un papel gris. Dibujo murales en griego, en copto, en arcano. Llueve, tiembla, se enciende la cartografía, nieva de nuevo.

Tras casi dos mil años, el hombre más odiado de la historia ha regresado y ni a ellos, ni a mi ciudad les interesa.

viernes, mayo 05, 2006

Escribo...

Me ve escribir. Pasea. Las teclas son ahora mi dueño, pero él reclama atención y se pasea. Estira su mano y descubre un pezón. Alega que debo de escribir así siempre. Alega que es una perfecta pose, una perfecta imagen. Dejo el pezón a la vista. De vez en cuando lo pellizco. De vez en cuando lo aprieto. Le sigo dando a las teclas. Creo que no estaré escribiendo por mucho rato. Me parece que la musa no bastará para mantenerme al margen de su piel.

Emilio en Área



El pasado martes 2 de mayo tuve el honor de asistir a la lectura de cuentos del talentoso Emilio del Carril en Área, lugar de Proyectos en Caguas. Escuché a un Emilio irreverente y apócrifo que despunta como una gran promesa de letras del patio. Sus temas visitan lo místico y herético de un modo novedoso. Su propuesta de reescribir la Biblia en sus propios términos promete. Al menos tiene el espíritu dispuesto y un gran entusiasmo. Esperamos poder volver a leerle pronto.

Acerca de mí

Mi foto
Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista y ensayista puertorriqueña. Fue elegida una de las escritoras latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39 convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro 2007. Acaba de recibir Residency Grant Award 2011 del National Hispanic Cultural Center en Nuevo México. Es autora de los libros de cuentos, ‘Avalancha’ (2011), ‘Historias para morderte los labios’ (Finalista PEN Club 2010), y ‘Ojos de Luna’ (Segundo Premio Nacional 2008, Instituto de Literatura Puertorriqueña; Libro del Año 2007 Periódico El Nuevo Día), además de los libros de poesía ‘Medialengua’ (2010) y Perseidas (2011). Ha publicado las novelas ‘Los documentados’ (Finalista Premio PEN Club 2006) y Caparazones (2010, publicada en Puerto Rico y España).

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